• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

Intelectualidad crítica

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Pienso en Rufino Blanco Fombona, uno de los presos más ilustres del general Gómez, borroneando en la cárcel las páginas de su diario. Pienso en Mario Briceño Iragorry, alertando en Mensaje sin destino la poca consistencia de la sociedad venezolana y el carácter endeble de su clase política. Pienso en Mariano Picón Salas, redactando las páginas de un libro esencial, Compresión de Venezuela, antes de exilarse en Chile. Pienso en don Rómulo Gallegos, nuestro primer presidente elegido democráticamente, expulsado al año por militares. Pienso en Andrés Eloy Blanco, orador de primer orden, apuntalando el civismo frente a las sombras antirrepublicanas que siempre nos han acosado. Pienso en el periodista José “Chepino” Gerbasi, hermano del poeta, torturado por los esbirros de Pérez Jiménez. Pienso en los tropiezos, los desmanes, las traiciones, los destierros, que han recibido o tenido los intelectuales venezolanos y todo remite a un sigiloso acompañamiento que enterró vidas ilustres. En el plano personal se enumeran enfermedades, suicidios, estados de abandono o pobreza, pero desde la trinchera de sus obras nos siguen hablando con una lucidez y consciencia que asombra. Siempre tuvieron una posición crítica frente al poder (frente a todo tipo de poder), sin ocupar los primeros asientos o llevar las riendas de la construcción nacional. Y quizás sin saberlo fueron depositarios de una novedosa tradición occidental, que es la de entender que el ejercicio intelectual no se debe a ideologías, sino más bien a la crítica. Así pues, más que seguidores o vasallos, los intelectuales venezolanos han sido críticos, sobre todo de los desmanes o excesos de nuestra clase política.

En los tiempos que corren, ha sido reconfortante reconocer que el grueso de nuestra intelectualidad se opone críticamente a la política doctrinaria que impone y discrimina. En artículos, escritos, investigaciones, posiciones públicas o libros están expuestos los juicios u opiniones de una intelectualidad valiente que no cesa en advertir sobre los aires absolutistas, dictatoriales o intolerantes que rodean a nuestros gobernantes. Los abusos sistemáticos, las amenazas, los insultos, los presidios forzados, la tortura, el acoso, quedan documentados para una futura historia venezolana de la infamia por los intelectuales que no se han dejado ganar por prebendas, sueldos o cargos oficiales. Son esos intelectuales, contra viento y marea, los que han ejercido su oficio con dignidad y corrección, sabiendo que en el espejo del pasado ésa ha sido la conducta de sus pares.

atica﷽﷽﷽﷽﷽bede saber que el ejercicio intelec cutual no se debe a la isdeologntosbanodo o pobrezactuales venezolanos y todo remi Del debate de posiciones entre el Sartre maoísta de sus últimos días y el Camus libertario, ya se sabe cuál es el balance que ha prevalecido. Afortunadamente en estas provincias, los intelectuales han optado por el lado de la vigilancia, que no del aplauso ciego, y cuando no públicamente, sí al menos en el reino secreto de sus obras, donde no han desmayado ni por un solo segundo. En medio de los desmanes, se escriben en la Venezuela de hoy cuentos, poemarios, novelas o ensayos que llevan al rojo vivo una interpretación, diáfana o sombría, explícita o íntima, de estos días sturu de estos modeos incibvilizadosuentos, poemarios, novelas o ensayos que llevan al rojo vivo ctuales venezolanos y todo remiaciagos, de esta rebaja del espíritu, de estos modelos incivilizados. A la vuelta de la esquina, cuando estos tiempos hayan cesado, esas obras serán nuestros mensajes sin destino, nuestra comprensión de Venezuela, el nuevo diario que un Blanco Fombona de nuevo cuño habrá escrito para dejarle a la memoria de la posteridad el retrato de una época tan insana como la que dio pie a los libros que en estos años nos han acompañado.