• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

Historia de un tubo

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Esto será una crónica o un relato cuyo lector ideal sería un funcionario de Hidrocapital. Un funcionario preferiblemente sensible, a quien el agua desperdiciada le toque alguna fibra, lo incite a reaccionar. Agua limpia, clara, que fluye por las tuberías para llegar a los hogares. Digo tuberías y pienso en sucesión de tubos conexos. Y pienso en tubos como los seres más anónimos de la ciudad: siempre subterráneos, ausentes, desconocidos; enterrados con vida que permiten nuestra limpieza o aseo. Pues hay un tubo que ahora se me antoja protagónico, con vida propia, con voluntad humana. Está en Caracas (¿o deberíamos decir que vive en Caracas?), en la urbanización Santa Paula, y más específicamente al comienzo de la calle Plutón, que es una de las últimas. Valga decir que este tubo bota agua limpia desde hace más de un año, sin pausa, con orgullo de agricultor preocupado o de bombero obsesivo. Agua, agua limpia que ya es riachuelo, lagunilla o estanque. Los vecinos admiran ese prodigio de cumplimiento, de transformación. Los perros vienen a beber, también los gatos en las noches, y no se diga los pájaros mañaneros, con su fiesta de plumas mojadas. Comienza a verse musgo en el lecho, o limo que crece en las fisuras del asfalto. Sobran, por supuesto, las larvas de precoces anófeles y hay quien admite haber visto los primeros renacuajos, impulsándose de orilla a orilla. Los paseantes bordean el estanque, y también los autos, porque esa vida creciente hay que preservarla, respetarla.

En asambleas dispersas los vecinos se preguntan por qué Hidrocapital no les ha revelado sus intenciones. Y algunos creen que se trata de un nuevo plan de responsabilidad social, en cuya progresión estaría este plan piloto de la calle Plutón. En verdad, se trata de hacer pequeños estanques en algunas zonas residenciales, donde haya vida marina, confraternidad animal y, en una última fase, también bañistas, sobre todo en tiempos de sequía. Ya Hidrocapital está asegurando la pureza del agua, su llegada puntual, la selección de suelos deprimidos para que el vital líquido se contenga. Toca ahora a los vecinos una mínima contribución con sombrillas, sillas de extensión y algo de arena artificial para asegurar sus playas lacustres. Los niños podrán venir con palas y tobos; los adolescentes con mascarillas para ver la metamorfosis de las larvas; las madres con meriendas y canastas con dulces caseros.

Dichosos los vecinos de la calle Plutón: están en el futuro y no lo saben; forman parte de los elegidos y no se lo anuncian. El esfuerzo de bombear agua continua y esparcirla en el estanque creciente no tiene precio. Es una acción desmedida, que no saben cómo agradecer, sobre todo a los seres anónimos de Hidrocaribe, a quienes invitan para condecorarlos y no asisten porque, dicen, ese es su deber: elevar la calidad de vida de las comunidades con un uso múltiple y variable del precioso líquido. Si en un solo año han hecho esta maravilla, ¿qué decir de lo que viene? Ya los habitantes de Plutón (porque ya no es calle sino espacio sideral) se ven viviendo en palafitos, elevados sobre el estanque que crecerá hasta convertirse en una realidad única. Hay un devenir acuático en Plutón, que llevará también a una nueva biología: niños con aletas en vez de pies y adultos con escamas en vez de piel. Y todo gracias a Hidrocapital, a esa visión portentosa. Al tubo se le reza todos los domingos, para que no decaiga, para que escupa y escupa agua bendita. Que Dios nos lo guarde.