• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

Genealogía del hambre

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Una revisión de la literatura folklórica que se descubre en los cantos y rituales venezolanos habla de una cultura muy austera, acostumbrada a vivir con poco, o a hacer mucho a partir de nada. Así como los signos de apego religioso son profundos, así como el sentido de participación colectiva es fuerte, así como la concepción de igualdad es tácita, asimismo los medios para llevar la vida son de una elementalidad admirable. Se diría que venimos de una cultura de la pobreza, pero muy digna, y además llena de valores. Me viene a la memoria la imagen de la pareja de campesinos que Uslar Pietri pone a esperar la llegada del invierno en el relato “La lluvia” y se me que hace que allí está el reflejo de una cultura que reduce la esperanza al mínimo, casi a la misma dimensión del milagro. Es decir, no se espera nada a cambio del esfuerzo humano. Es posible que el origen de esta cosmovisión esté en nuestras raíces campesinas, que durante siglos se confió a las bondades de la tierra. Si no, cómo entender que hayamos hecho del araguaney un símbolo nacional: florecer en medio de la más extrema sequía es nuestra visión del logro.

Es posible que el petróleo, traducido en dinero fácil, y además en ingresos que nosotros no producimos directamente, haya alterado este esquema de valores. El rentismo ocasiona que el esfuerzo por hacer algo salga de nuestras manos y vaya a depositarse en manos desconocidas. Y para mayor seña las del Estado, que de controlar el 20% de la economía a comienzos del siglo XX, pasa a controlar cerca del 80% en los años previos al Viernes Negro. Si en algún momento de nuestra historia republicana la distribución de esta colosal riqueza se tradujo en vías de comunicación, obras de infraestructura, planes de vivienda, creación de universidades y, sobre todo, crecimiento y consolidación de centros urbanos (el 80% de nuestra población vive en ciudades), la preocupación por que hayamos hecho más inversión social que gasto dispendioso siempre ha preocupado a las mejores mentes. Los planes de ahorro, de compensación de reservas fiscales, ideados para tiempos de vacas flacas, han fracasado en mayor o menor grado, y henos aquí en pleno albor del siglo XXI, en manos de los más dispendiosos y voraces agentes gubernamentales que hayamos tenido. Estos hiperrentistas, que han construido todo con petróleo (influencias políticas, votos en organismos multilaterales, financiamiento de campañas nacionales e internacionales, sostenimientos de gobiernos afines, promoción de grupos guerrilleros, fortunas personales, etc.) son los que ahora enarbolan la tesis de la guerra económica para expiar sus pecados. Expertos en mascaradas, por debajo de los discursos de redención social lo que opera es una pillería avasallante, sin límites ni vergüenza. 

Durante la dictadura de Gómez, antes del auge petrolero, Venezuela fue un país enfermo y también pobre. Diezmado por las guerras intestinas del siglo XIX, con una economía postrada, con una población mayoritariamente campesina. La prosperidad tardó en llegar, y lo hizo en forma de campañas sanitarias, centros educativos, viviendas con techos sin chipos, agua potable, carreteras para unir a los pueblos, universidades para formar, ciudades para vivir de forma civilizada. Fueron décadas de esfuerzo sostenido, que mejoraron notablemente nuestros indicadores sociales. Que hubiera habido descuidos, desmanes, nadie lo niega. La irrupción del flagelo de la corrupción fue condenable, pero nunca a los niveles de saqueo en los que lo hemos vivido en estos años.

Me temo que sin reservas (habiéndolo dilapidado todo), sin planes, sin capacidad, sin criterio, el país que tendremos se parece al de los tiempos de Gómez: enfermedades, pobreza y hambre, mucha hambre, como no la habíamos sentido en décadas. Ese es el panorama que nos ofrecen quienes se llenan la boca de palabrotas, esa es la ruina que nos muestran quienes nunca son culpables de nada.