• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

Elogio del lector

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Como hoy 21 de abril se inaugura en la plaza Francia de Altamira de Caracas el octavo Festival de la Lectura de Cultura Chacao, con más de setenta editoriales confirmadas, una nutrida programación cultural de lanzamientos y homenajes, España como país invitado y unos doce escritores internacionales, vale la pena reflexionar sobre el actor medular que hace posible este torbellino festivo de gente: precisamente el libro, esa criatura entre frágil y voluptuosa, tallador de civilizaciones, que en la Venezuela de hoy está sometido a escarnio. Y es que la primera contradicción sería preguntarse por qué en nuestro patio las ferias libreras crecen y la oferta editorial disminuye. Por un lado, tenemos a un público fervoroso, que se desvive por temas y autores, que reclama su legítimo derecho al conocimiento y al placer de los mundos imaginarios, pero por el otro, tenemos una situación de producción editorial deprimente, donde la falta de insumos (papel, tinta, repuestos de maquinarias) coarta cualquier plan de publicaciones. Aquel editor que, pese a todo, logra sortear los obstáculos, se encuentra con una imposibilidad final, casi demoníaca: el precio al que tiene que colocar el libro que edita. Porque, si en general, los bolsillos de los venezolanos ya no dan ni para comprar víveres, ¿qué decir de ese objeto precioso que cada vez se le pone más lejos? Terrible realidad la del lector de vitrina o mesones, que apenas lee las contratapas como si se lamiera los labios, hasta alcanzar la etiqueta del precio que lo regresa a la realidad más descarnada. Cualquier valor promedio de un libro de hoy supera el salario mínimo.

Hans Magnus Enzensberger recordaba que la diferencia entre, pongamos, una industria de zapatos y una industria cultural (y la del libro lo es) era que esta última trataba con contenidos. Y el asunto de los contenidos, léase bien, ya toca instancias mayores: la información, el conocimiento, el sentimiento, la emocionalidad, factores todos que nos hacen crecer en términos de ciudadanía, reforzando el sentido de la polis. La lenta muerte del libro, pues, tiene que ver con la lenta muerte de la ciudadanía. Somos seres cada vez más desposeídos, incapaces de anteponer nuestros juicios y creencias frente a la realidad aluvional que se lleva todo a su paso. Sobre esta situación de agonía que afecta al libro, y por ende, a todos los lectores del país, no ha habido de parte de las autoridades el más mínimo gesto de consideración, la más endeble frase de inquietud. Es como si esa realidad no existiera, pues mientras menos hablamos de ella, más la enterramos.