• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

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Desgracia

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El pasado lunes 11 de julio, entre tres y cuatro de la tarde, me robaron una computadora laptop marca Apple. El siniestro ocurrió en el Centro Comercial Rattan Plaza de Margarita, justo al frente de la agencia del Banco Venezolano de Crédito, donde estacioné mi vehículo para depositar un cheque. Se trata de un espacio cercado, que tiene varias torretas de vigilancia y por donde suelen hacer rondas cada cinco minutos unos vigilantes privados. Nada de esto bastó para frustrar la proeza de los malhechores: el mismo coordinador de seguridad, que se acercó después del hurto, me confesó que la nueva modalidad de robo consiste en usar mandos electrónicos maestros que desactivan cualquier alarma. Y de hecho, ni las puertas ni las ventanas del vehículo fueron forzadas. La alarma se mantuvo silente y, tras los vidrios oscuros, alguien adivinó un botín. Al regresar al vehículo y abrirlo, por acto de magia, la laptop había desaparecido. No me perdonaré nunca, por supuesto, no haberla bajado conmigo, que siempre lo hago, pero entre el apuro y la sensación de seguridad que me daba el centro comercial me confié quizás ingenuamente.

Es un poco pretencioso reseñar hurtos en un país donde la vara social sólo mide muertes violentas, secuestros, pacientes condenados por falta de medicinas o cuerpos que enferman y perecen al no poder alimentarse. En ese horizonte estamos y no hay más para dónde ver. Yo mismo formo parte de la estadística con dos secuestros express (1993 y 2002) y no debería citar ningún otro percance si tomo en cuenta que en aquellos sí estuve a punto de perder la vida. Pero me mueve a hacerlo, quizás en otro plano, un sentimiento difícil de describir porque tiene que ver con una socavación del alma. Y en efecto, la pérdida de textos, de citas, de cartas, de poemas, de imágenes, de trozos de memoria, de escritos entrañables, sí es verdad que siembra una herida que hasta cierto punto es incurable. La sensación es que los malhechores se han llevado parte de mi espíritu y no hay quién restañe ese vacío. Ese es el robo real, el del ánima que llevamos dentro, y no el del aparato sustraído.

En su gran novela Desgracia, el novelista surafricano J. M. Coetze, bajo el referente del apartheid, confronta dos mundos irreconciliables bajo el mismo cielo. Nadie imagina la violencia que ciertos actos pueden generar en un semejante, y mientras la podemos ejercer sin ningún atisbo de justicia estamos sembrando, a la calladita, el espectro de una guerra civil. Cómo perdonar va a ser entre nosotros una tarea titánica cuando nos toque emprenderla, porque son ya muchos los años en los que una mayoría de ciudadanos se ha mantenido paciente, silente, tolerante, ante una minoría abusiva y opresiva que se lleva todo por delante. El daño que el abuso genera a veces se olvida, pero en otros casos, cuando toca trasuntos del alma, enciende el mecanismo de una bomba de tiempo, cuyos efectos pueden llegar a ser inimaginables. De estos asuntos están llenos las grandes novelas, y Desgracia es buen ejemplo, sobre todo cuando uno recuerda que el mal causado por un profesor que somete a una alumna es equivalente al mal que asesina a su hija campesina en manos de sus propios sirvientes.         

Para mis malhechores de Margarita, siguiendo la huella de Coetze, he pensado en el término desgraciados, porque etimológicamente nos demuestra que quien no cuenta con gracia tampoco tiene vida. Pero como los tiempos invitan a la reconciliación, o a la noción de que a Venezuela le espera un futuro que debe labrarse en paz y armonía, me quedo a solas con mi dolor de alma socavada y tengo para mis ladrones estas consideraciones: primero darles las gracias por esta breve crónica, pues sin ellos no la hubiera escrito; y segundo recomendarles al menos tres lecturas en la biblioteca ambulante que se han llevado: el poema “Nupcias” de Octavio Paz, para entender que la realidad es una y dual; el poema “Si como es la sentencia” de Juan Sánchez Peláez, para que descubran que la buena poesía siempre va contra el buen juicio; y por último, el relato “Radicales libres” de la gran Alice Munro, que incluye un extenso diálogo entre un malhechor y una desvalida dama de provincia, pues allí podrán encontrar un buen autoretrato. Tienen, por supuesto, mucho más material, que en caso de ofrecer dudas puedo aclararlas por cualquiera de las vías que ustedes estimen conveniente.