• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

Democracia: una palabreja

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Una palabra que hasta hace muy poco fue norte, futuro, deseo o redención política –me refiero a “democracia”– yace hoy pisoteada en el fondo del pensamiento y las actitudes. Lo que fue piedra preciosa o aspiración de muchas naciones después de la posguerra se ha enchumbado de usos, desusos y desprecios. En los mejores foros, es casi un velo que los oradores se ponen para no aparecer como lo que son: descarnados representantes de intereses de todo tipo. Los barómetros que miden su crecimiento mostrarán zonas rojas de semáforo en la mayoría de los continentes. La hora no es la de gobernar según el dictamen del pueblo o de las mayorías, sino la de los autoritarismos crecientes, las dictaduras, los regímenes oprobiosos, los países forajidos o los Estados secuestrados por guerras o negocios ilegales. Si se mira más allá de Europa, de Norteamérica, de algunos país asiáticos como Japón o Corea del Sur, de otros países oceánicos como Australia o Nueva Zelanda, o de América Latina, con la excepción de Cuba y el riesgo creciente de Venezuela, el panorama mundial luce francamente decepcionante: Rusia y China son dos monstruos autoritarios, y ahora también invasores, como lo demuestra la toma de Crimea; el continente africano es la vergüenza de Occidente, pues tras siglos de despojos las repúblicas nacientes siguen siendo eso: nacientes, con avances y retrocesos; el mundo islámico se expande hacia África, Asia y Europa pero en su peor versión integrista y ahora también con degollinas televisadas; Asia se debate entre países con el más alto grado de desarrollo tecnológico al lado de dictadorzuelos, golpes de Estado, sultanes inmortales y espontáneos llegados a la política. Ni hablar de los foros que congregan alianzas, organizaciones, tratados o supranaciones, como la ONU, la OEA o la CE: son hoy lánguidas representaciones de lo que alguna vez fueron: impotentes, temerosas, ineficaces.

Un gran poeta venezolano, Eugenio Montejo, llegó a pronosticar que el siglo XXI, después del mortuorio siglo XX, podía representar una cierta vuelta a la religiosidad, a la condición espiritual, pero en lo que va de catorce años, la vuelta parece más bien hacia el pasado, con sus discursos regresivos y sus formas políticas anacrónicas. ¿Dónde están los aprendizajes que nos alejaron de las guerras, que nos demostraron que la paz era superior a la muerte, que nos hablaron de convivencias y respeto a las diferencias, que nos exaltaron las bondades del intercambio cultural? La vuelta hacia formas desintegrantes o corrosivas es lo que marca la hora, y también la muerte de la política, al menos tal como la conocíamos.

Venezuela no escapa de este concierto de voracidades. Después de siglo y medio de apuesta republicana, con sus ires y venires, desde 1998 hemos renegado de nuestro patrimonio histórico y cultural. Ahora se quiere imponer una relectura residual sobre todo, como si hubiéramos vivido por décadas en la equivocación. Nada de lo que antes nos dio sentido vale, como si lo hubiéramos soñado. Las viejas plagas del autoritarismo y del militarismo, que por años mantuvimos a raya, han regresado para enseñorearse con los bienes de la república, que se reparten entre pocos. En el fondo, es también la derrota de la política, a la que jugamos peligrosamente cuando nuestra democracia mostraba errores y signos de debilidad. Sólo que de las correcciones hemos saltado al fin del sistema, con la consecuente llegada de los demonios que hoy proclaman el igualitarismo mientras tras bambalinas se reparten el banquete de un fisco ya menguado. Los llamados salvadores de la patria, con armas de fuego al cinto, son los principales depredadores, herederos díscolos de los que otrora quisieron fundar una nación.

En mis años de secundaria, un profesor algo desgarbado nos insistía con lecciones de Formación Moral y Cívica. Su discurso nos parecía aburrido, por momentos incomprensible, y más cuando la clase precedía al esperado recreo. En ese claustro escuché por primera vez la palabra democracia y entendí su significado. Sólo que, como ya la teníamos y la disfrutábamos, todo lo que se nos dijera sobre ella nos parecía redundante. Se diría que no se reflexiona sobre lo que ya se tiene. Pero ahora entiendo el esfuerzo de aquel profesor cuyo rostro se me borra en la memoria: nos hablaba para tiempos futuros, nos prevenía para momentos en los que, como hoy, la palabreja pudiera verse amenazada y dejar de existir. e como hoy,empos, nmos hablkaba labreja pudiera vese amenazada y djar de existir. po: o habkaba para los tiempos, nmos hablkaba