• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

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Antonio López Ortega

Crónica subterránea

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Escucho dos noticias similares en menos de una hora. La primera me llega por vía telefónica de Mérida y habla de un estudiante en terapia intensiva; la segunda la leo en un diario matutino y reseña el estado de inconsciencia en el que ha recaído otro estudiante. A estos casos clínicos se suman informes de tortura, encarcelamientos, heridos sin rostro, desapariciones. Es nuestra nueva cosecha: la del exterminio. Sólo que ésta parece vivirse en un segundo plano, oculta a la realidad de la superficie. Es decir, echamos gasolina mientras alguien tortura; compramos lo poco que se consigue mientras alguien se ensaña con el cuerpo del otro; trotamos en un parque mientras alguien dispara a matar. Son dos círculos, que no se tocan: el de la normalidad, que cada vez lo es menos, y el de la anormalidad, que comenzamos a ver como un hábito más.

Pero no nos equivoquemos: no es un hábito más; es la negación misma de la vida, de la convivencia; es la muerte del mínimo requisito que se necesita para llamarnos país, porque con lo de república, digamos, ya caemos en honduras académicas.

En ese segundo círculo, que late mientras vamos a la panadería y no conseguimos leche, hay madres que lloran, hay familias en luto, hay llanto que no encuentra consuelo, hay víctimas sin asesinos. ¿Quién habla de esa crónica, quién la saca a superficie? ¿Quién lleva el conteo de los desmanes, quién reseña el puro dolor que no sabrá nunca de los desalmados que lo han provocado? Las madres dicen que deben estar muy cerca de sus hijos; los estudiantes dicen que no los dejen solos; los transeúntes dicen que nada pueden hacer. Y mientras tanto, el país se desangra, sobre todo el país joven, que es como imaginar el porvenir y tan sólo ver a un anciano ciego. Todo en Venezuela se convierte en paisaje, en cotidianidad, en conversación de pasillo. Nada trasciende; nada nos conmueve. Los asesinatos son como árboles: obstáculos en el camino; las muertes son como noticias viejas: repiten nuestro tedio. ¿Cómo puede alguien sonreír, cómo puede alguien ir a la peluquería, cómo puede alguien bañarse en el mar?

Por debajo de las apariencias, malogradas de por sí, hay una crónica subterránea (que nadie ve, que nadie quiere ver) que sólo comparten dolientes. Los relatos van de una trinchera a otra, como llevados por soldados anónimos: la noticia de una muerte, la búsqueda ansiosa de una medicina, la cura que no llega, los seres que no despiertan, las novias que ya no verán a sus novios, las madres que sufren como titanes, los padres que ya sólo tienen lágrimas de piedra. ¿En qué nos hemos convertido?, se preguntarán los más comprensivos. ¿A qué país de desmemoria hemos viajado?, se dirán los más escépticos.

Muerte del sentimiento, de la palabra, de la conciencia, de la razón de ser. Sólo somos impulsos, requiebros, inconsistencias. Sólo somos seres serviles, muertos en vida, que llevamos el corazón en una silla de ruedas.

Al menos la crónica subterránea nos trae partes de vida, noticias de gente que se conmueve, rastros de personas que tienen razones para sufrir, sospechas de impulsos que pudieran ser humanos. Para ellos vayan estas líneas, para ellos vayan estos impulsos huecos que quisieran estar más cerca de su muerte que de la propia.