• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

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Antonio López Ortega

Cortázar: un centenario

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Hay autores sobre los que se ha dicho tanto, que ya a partir de un momento dado conviene no decir nada más. Es el caso de Julio Cortázar, cuya alma, literalmente, está sepultada de palabras, que no las suyas propias, sino las que le han dedicado o mencionado o criticado o sencillamente vilipendiado. Apenas el año pasado se celebraba el cincuentenario de Rayuela, su gran novela, y en este mes de agosto de 2014 propiamente su centenario. De manera que un año se ha unido con el otro para que la celebración sea eterna. El gran cronopio está en manos de todos, pero de tan público y manoseado convendría rescatarlo más bien en un ámbito privado, en el de cada quien, que seguramente es el que más cuenta: el Cortázar personal, o mi Cortázar personal.

En la Venezuela de los años 70, cuando libros como Historia de Cronopios y Famas, Bestiario, Las armas secretas o la propia Rayuela se daban a conocer, era difícil encontrar una escritura más libre, más fresca, más novedosa, que la suya. Sencillamente, hablaba de nuestro tiempo, de nuestro espíritu, de nuestros corazones. Esa manera de sintonizar con una época, o más bien esa evidencia para sus lectores de que su obra revelaba como ninguna otra los signos de esa época, eran indicadores de que esa fuente era única y de que había que correr a beber de ella. Para el escritor emergente, admirado pero también abrumado por el boom, ya Carpentier o García Márquez olían a viejo, a déjá vu, pero no Cortázar. Cortázar era la renovación constante, la vanguardia que no se apagaba, el lenguaje que no se extinguía. Por fin la literatura dejaba de ser muro infranqueable, acceso prohibido, lengua de ancianos, sonetos repetidos de memoria. Por fin la literatura era tu mano extendida, la cicatriz del hombro, la amiga despeinada, el perro en la calle. Era algo próximo, abordable; era tu propio aliento y no lo sabías; era la amiga que te esperaba de tarde o de noche.

Sus cuentos son piezas perdurables, amuletos, revelaciones, espejos, alteridades. Contaban nuestras anécdotas, nuestros deseos, nuestros sueños, nuestros secretos. Algo de nosotros robaban, se llevaban, y luego ese pedazo de alma extraviada la reencontrábamos en la lectura. Es importante tratar de descubrir con precisión ese oficio: el de raptar, el de succionar, el de absorber. Secuestro tu corazón para devolvértelo luego, pido en préstamo tu alma para que luego la recuperes exhausta a la vera del camino. En sus cuentos, finalmente, el lector se encontraba consigo mismo. Cortázar no relataba una historia, sino que entraba en sintonía con la que tú llevabas, consciente o inconscientemente, por dentro. La escritura no era un acto de voluntad, sino una inmersión profunda en el otro, tu semejante. ¿Cómo, si no, se podían sentir estas historias tan cercanas, tan soñadas, tan deseadas? Una antena que recibe señales, un torbellino que concentra sentido, un pálpito que suma todos los otros pálpitos.

Esa frescura no acaba, no envejece, porque finalmente no depende de épocas, sino de estadios de alma. Hay un modo Cortázar, un señuelo, una hendidura. No es estilo, no es técnica, no es raciocinio. Es más bien una disposición, una entrega, un abandono. Escritura sin resistencia, escritura asociativa, escritura que divaga. Optar por ese modo de humildad, de sintonía, de rapto, que siempre revela el revés de las cosas. Por eso el tiempo no la sepulta, sino que la traslada. Organismo no vivo, sino en resurrección permanente. Por eso, quizás, muy a lo Cortázar, no haya que celebrar centenarios. Así le hubiera gustado al maestro: que no le celebráramos nada, o que más bien nos celebráramos a nosotros mismos.