• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

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Antonio López Ortega

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Me hubiera gustado recorrer la vida con 86 años a cuestas, y sobre todo el discurrir de mi país. Haber nacido en 1927, si es que el siglo XX comenzó según muchos en 1936, me hubiera convertido en un ciudadano cabal de la historia contemporánea de Venezuela. He podido ver la muerte de Gómez; los esfuerzos de López Contreras por adecentar el país; el golpe contra Medina por aquello de las urgencias democráticas. Estar al lado de Rómulo Gallegos, tomando café, ha podido ser una experiencia inenarrable. Hay un escrito del novelista que deberíamos enmarcar: aquél que le dedica al estamento militar conspirativo en ocasión de su salida forzada del poder. ¿Gendarmes a la vista? Más bien las hoscas alimañas que siempre nos han querido llevar al pasado. ¿Qué es eso de la clandestinidad que se lleva por defender unas ideas? ¿Cuál es la dimensión exacta de la sombra que nos aparta de mis connacionales, convertidos de pronto en verdugos? Hubiera querido llorar ante el cadáver ensangrentado de Leonardo Ruiz Pineda, por quien ningún venezolano de hoy daría un bolívar. Los esbirros harán preso a José “Chepino” Gerbasi, quien saldrá de la cárcel con marcas indelebles en la piel: nada que, en todo caso, puedan ver sus hijos, porque el odio nunca debe sembrarse en un semejante.

Podría celebrar con la poblada que festeja la caída de Pérez Jiménez, pero no sé por qué prefiero quedarme viendo desde una esquina las sonrisas de mujeres que cautivan. Reconozco mi talante reflexivo, mi reserva, mis maneras. Podrían ser de Santa Cruz de Mora, y hasta allí volveré, más cerca de la muerte que de la infancia, para consolar a los que se han salvado del deslave originado por lluvias incesantes. Pero no llueve ahora en la plaza O’Leary, si admitimos que el llanto no llega a temporal. ¿Qué fastos de celebración son estos? ¿Podremos hablar de civilidad: de periódicos, de libres debates, de partidos políticos, de cátedras universitarias? Un libro será mi debilidad mayor: rozar esas hojas, palpar esas páginas. Los grandes pensadores, que en definitiva construyen sentido y se alejan de la barbarie cotidiana. Democracia… esa partícula desteñida, pisoteada, escamoteada, bajo nuestra desmemoria: de ella retenemos siempre lo malo, pero nunca las bondades que nos han convertido en otros seres. Ciudadanía, sí… ese espejismo que se evapora al final de la carretera.

Me reservaré en un rincón la creación del Inciba, la magna idea que significó Monte Ávila Editores, para recoger a los tránsfugas republicanos o a los intelectuales sureños que huyen de sus propias plagas. ¿Quién recuerda hoy nuestra proverbial anfitrionía: el arte de recibir y cobijar a cambio de nada? Las artes de la diplomacia, del periodismo, de la historia, de la lengua, podrán ser mis debilidades, y espero que no se me condene por ello en tiempos de insultos. He perseguido la discordia para volverla polvo bajo nuestros pasos, pero debo confesar que muchos de los míos la alimentan con tasajos de carne podrida. Al final, creo que una cuartilla en blanco, preferiblemente bajo una lámpara, puede ser mi única morada, por no decir mortaja, por no decir mantel sobre el que discurrimos como convivios.

Quisiera escoger el año 2013 como mi señal de término. Ya he visto demasiado, aunque quisiera ver más. No me voy; más bien permanezco, siempre a mi manera. Confieso que un dolor me alcanza, en una zona impalpable del pecho. No puedo reconocerme en el país que transito; no hallo su pasado; no distingo su porvenir. Estoy extraviado, a pesar de mucho conocer. Por las noches tiemblo, quizás porque muy lejos de mí alguien más tiembla, presa del pánico o de la desdicha. Estos ojos vidriosos aquí quedan, con ustedes. Permítanles flotar, para que me lleven las imágenes que necesito al otro lado. Eso será lo que mi alimente, de ahora en adelante. No me dejen sin noticias de esta desventura, porque en el silencio sólo viven los muertos. Y yo ni lo soy ni lo quiero ser.