• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

Ciudad de sombras

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Caracas de noche se ha convertido en una gran cueva. Las calles se vuelven trochas; los postes, luciérnagas; las aceras, trincheras vacías. Por supuesto que no hay transeúntes, pero es que ya ni siquiera circulan autos. No se sabe para quién trabajan los semáforos, con sus ojos insomnes. Como muy tarde, los restaurantes escupen a sus pocos comensales a las 10:00, y los parqueros buscan a los dueños de los vehículos en las propias mesas para decirles que el servicio llega a término. Ni hablar de patrullas o de rondas policiales: eso ya sería fábula contada entre esperanzados. Puedes deambular durante cuadras enteras, incluso en sectores que supones populosos, para solo encontrar rastros de sombras. ¿Adónde se han ido los habitantes? Pues, cada quien a su refugio hogareño, confiando en que el hampa no traspase el zaguán. Hay un código secreto, implícito, que obliga a recogerse a la hora de la cena. Los bautizos de libros se prefieren para horas matutinas, igual las exposiciones de arte. Quien pensaba en una cena para celebrar con los amigos, ahora prefiere los almuerzos. Las madres duermen tranquilas si sus hijos adolescentes se quedan en casa de los amigos. Nada más triste que los serenos o vigilantes de calles ciegas o edificios: son carne de cañón, son seres que ya dialogan con la muerte.

No deja de ser sorprendente que toda una ciudad pierda la esencia de lo público, de lo que la define como tal. Porque si ya la noche se la entregamos al hampa, o al vacío, el día lucha para no volverse también noche. Estamos pendientes de por dónde circular, de qué sector frecuentar, de dónde estacionarnos, de a quién entregarle el carro, de a quién frecuentan nuestros hijos. Estado de sospecha generalizado. O sensación de que no somos dueños del espacio que recorremos. Los dueños son otros, invisibles, y su personificación va más allá de imaginar a maleantes: está en nosotros mismos y puede llamarse miedo, temor, impotencia, pérdida o derrota. Hace ya tiempo que dejamos de ser sujetos de la polis; es la polis enajenante y despiadada la que nos vuelve objetos de su patología. Somos claramente víctimas, y los victimarios están en todas partes, comenzando por nuestra conciencia desmembrada.

¿Imaginar que la ciudad de un mañana no muy remoto sea territorio de todos? Es a lo que aspiramos desde nuestra pequeñez y encierro. Pero mientras tanto, a la espera de políticas públicas adecuadas, seguiremos en las sombras, paralizados por el miedo, y viendo también que la luz matinal no asegura refugio para nadie. Asombra corroborar que la informalidad, el crimen o la inseguridad reinen como grandes barones. Finalmente, es la muerte de la civilidad, es la constancia de que los postulados de convivencia son huecos. En verdad, la ciudad es presa de todo lo que la rebaja, la disminuye, la deshace, la destroza. Llevamos esa noción de la civitas en nuestra cabeza, en nuestros deseos, o acaso en nuestros sueños, porque lo que más bien reina es un impulso inconsciente que todo lo muele.

Hace ya mucho tiempo que Caracas dejó de ser centro de algo para aparecer hoy agónica, presa de sus márgenes, que de tanto crecer ya son el centro mismo, deformado e irreconocible. Se camina por aceras rotas, se compra esencialmente a los buhoneros, se vive en ranchos que no tienen cloacas, se mata impunemente para llenar las morgues. Es el infierno vivo, helado, que quema por dentro para dejar tan solo un cúmulo de apariencias. El pacto de convivencia es en verdad un pacto de autodestrucción y se cuentan con los dedos de la mano aquellos que van a contracorriente, soñadores ciegos que nadie escucha. Los perros abandonados y las ratas saben que la noche les pertenece.