• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

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Centenario Liscano

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El Salón del Libro de Chacao ha hecho un avance de lo que será una celebración anual: conmemorar los cien años (1915-2015) de Juan Liscano. Poeta, ensayista, articulista, editor, estudioso de las tradiciones culturales, gestor cultural avant la lettre, Liscano fue un intelectual orgánico, curioso, apasionado, que vivió a fondo el mundo de las ideas y fue testigo fiel de su tiempo. En su fuero interno, si de reducciones se tratara, hubiese querido ser solo poeta: su ejemplar libro Cármenes jugaba con un erotismo subido de tono, pero su postrero Myesis se hundía en las relaciones entre espiritualidad y literatura, que es precisamente el título de uno de sus mejores libros de ensayo. En un siglo en el que se decretó la muerte de la literatura, como también de la historia o de la filosofía, Liscano veía el campo de las letras como una tabla de salvación: su función tenía que ver con llenar el vacío que habían dejado las religiones. Menuda tarea para esos seres frágiles y ninguneados que son los poetas, que hasta ponen en duda lo que escriben. Liscano, sin embargo, abrazaba a esos nuevos redentores, viejos y jóvenes, con publicaciones diversas, premios, becas o reconocimientos. Desde el “Papel Literario”, desde Monte Ávila Editores, desde su legendaria revista Zona Franca, desde su postrera empresa editorial Mandorla, no hizo sino crear espacios de difusión y proyección, apostando firmemente por la literatura venezolana y universal.

No es menos valioso su trabajo en el campo de las culturas tradicionales. Recién llegado muy joven de Europa, adonde su familia lo había enviado a estudiar, recorrió el país con un grabador a cuestas y fijó la primera sonoridad que tuvo la música venezolana, para entonces recogida en un larga duración producido por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Esa experticia lo llevó a idear un espectáculo llamado la “Fiesta de la Tradición”, que en 1948 inauguró la presidencia de Rómulo Gallegos como señal de civilidad creciente y de afirmación cultural. Lo que los caraqueños vieron en el Nuevo Circo durante tres días consecutivos se grabó en el inconsciente colectivo, pues a partir de allí modos, giros, vestuarios o máscaras se fueron replicando durante el resto del siglo hasta hoy. Las grabaciones de Liscano se constituyeron en la primera colección del naciente Servicio de Folklore de Venezuela que, cambiando innumerables veces de nombre (como le gusta hacer a todo gobierno entrante), ha llegado a ser hoy el Centro de la Diversidad Cultural.

 jugaba con un erotimos subido de tonoo, si de educciones se tratara, hubiera querido ser sttreLIscano  Liscano fue La creación del Inciba en 1963, primera institución autónoma creada por el Estado venezolano para desarrollar políticas culturales, tuvo en Liscano a uno de sus animadores, pero más específicamente en 1975, con la creación del Conac, concebido por el poeta junto con un grupo de intelectuales de primera línea, le tocó a Liscano iniciarse como presidente. Las siglas respondían a Consejo Nacional de la Cultura y el término consejo no era gratuito, pues allí estaban representadas importantes instituciones del país: las universidades, los periodistas, los trabajadores, la iglesia, los artistas, hasta llegar a catorce miembros. Para su época, al menos en América Latina, era una institución de diseño avanzados: las universidadesciones del paes allto a un grupo de intelectuales de prim,era lno entreante), que acogió las mejores prácticas en boga.

Como editor, sobre todo durante las tres etapas que duró la revista Zona Franca, Liscano fue un hombre generoso y atento al acontecer cultural. Los antagonismos políticos nunca fueron su guía, y publicaba colaboraciones de propios y extraños, con la sola exigencia de que fueran de calidad. Mención aparte merece su apoyo a los jóvenes escritores, en quienes veía un fuego que siempre extrañó para sí. Dueño de un temperamento joven, renovado, su última visión del país no fue la mejor: lo veía decadente, sin brújula, y este pesar lo acompañó hasta el día de su muerte. Quizás en el rostro de los jóvenes veía el ápice de renovación que no terminaba de llegar y que aún no llega.