• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

Antonio López Ortega

Cavilaciones

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Cada vez que en mi casa se va la luz, pienso en el gobierno. Es así de simple. Pienso en su incapacidad para trazar un mínimo plan de generación eléctrica. O también en lo que han anunciado como remedio, que es la compra de plantas termoeléctricas, que al final se han convertido en grandes negociados, en algunos casos para los chinos y en otros para lo que han llamado los círculos boliburgueses, que no han respetado ni los apellidos del valle. Cada vez que veo una cola interminable alrededor de un mercado, esperando el turno para retirar cuatro paquetes de harina PAN o cuatro pañales, pienso en el gobierno, por haber destruido nuestro aparato productivo nacional y haber convertido nuestra economía en una economía de puertos, donde también los desaguisados enriquecen a burócratas o militares cuando algún contenedor aparece podrido o su mercancía se entierra en terrenos baldíos. Cada vez que una vida es suprimida por la delincuencia, o que un venezolano es asesinado por otro venezolano, pienso en el gobierno, por permitir que la desidia o quizás el voluntarismo político haya permitido que las cifras rojas crezcan como una marea incontenible. Cada vez que quiero meter una carta en el correo, pienso en el gobierno, por anunciar a los cuatro vientos que los destinos internacionales no existen, o que quizás el mundo se detiene en Tucupita. Cada vez que un joven venezolano o una familia migra para Canadá o Australia, por forzar o quizás maquinar esa diáspora secreta que nos convierte en un país que expulsa talento o ya no lo retiene, pienso en el gobierno. Cada vez que un venezolano enferma o no encuentra los medicamentos que le permiten seguir su tratamiento, pienso en el gobierno, por permitir o provocar que la infraestructura sanitaria sea hoy una ruina soberana donde solo se oyen alaridos y los médicos resisten como zombies. Cada vez que un alto militar habla, creyéndose un prócer redivivo, para decir cualquier insensatez, pienso en el gobierno, por permitir que el estamento civil sea hoy una mueca o por convertir a los que se creen héroes de la patria en sus más eximios ladrones. Cada vez que la vida de un recién nacido se convierte en una muerte prematura, pienso en el gobierno, por permitir que la existencia se convierta hoy en un camposanto, sin esperanza alguna, donde nunca habrá cambio social real y la cotidianidad se reduce a pocos mendrugos. Cada vez que un hueco de autopista o una pedrada arrojada desde un puente se cobra la vida de un venezolano, pienso en el gobierno, por haber enterrado el último ápice de ciudadanía a cambio de este estado de ignominia o de salvajismo. Cada vez que una nueva proclama o programa o anuncio o declaración de funcionario afirma que se hará algo nuevo después de quince inútiles años de proclamas, pienso en el gobierno, por edificar el más fantasioso edificio de mentiras del que se tenga cuenta en nuestra ¿historia republicana? Cada vez que un joven poeta piensa en publicar su opera prima, pienso en el gobierno, por ser un enemigo acérrimo de esa noble o ancestral materia llamada papel: llámese de imprenta, de periódico o simplemente sanitario. Cada vez que un robo se acomete, pienso en el gobierno, en sus robos mayúsculos, planificados, distorsionados, que hoy se convierten en una gama barroca que va desde empresas de maletín, pasando por aseguradoras, hasta terminar en complejas y siempre anónimas compras de grandes medios.

Pero cada vez que escucho a algún vocero oficial, milagrosamente, ya no pienso en el gobierno, sino en don Andrés Bello, por haber dedicado parte de su vida a la docencia y al estudio del idioma. No pensó el creador de gramáticas y de versos que se referían a la zona tórrida, que tórridos serían sus congéneres de un milenio lejano, hablando un idioma de peste y pisoteando palabras con la misma soltura con la que arrojan basura desde las ventanillas de sus vehículos último modelo. La decencia yace bajo tierra, y en ese cadáver también pienso cuando me da por pensar en el gobierno.