• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

Al instante

Carta de una madre

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Quizás escribo estas líneas para aliviar un cierto peso. Me digo que es la mejor manera de darme ánimo (de dármelo a mí y a los demás). He pensado en cómo decirlo, o en cómo contarlo, pero no encuentro manera. No quisiera alarmar, pero tampoco puedo dejar de decir la verdad. Me anima la idea de que le escribo a gente que me entenderá, que compartirá mi causa. ¿Pero cuál causa? Me digo a mí misma que la del país, la que nos reúne como sociedad y nos da sentido.

Alicia, mi hija menor, tiene una lesión neurológica. Se trata de una parálisis cerebral, comúnmente llamada hemiparesia. Y esta afección, o esta realidad, ha sido el mejor aprendizaje de mi vida. Gracias a ella (a la afección, quiero decir), siento que soy mejor persona, al punto de no quejarme de nada. Desde entonces, siento que no hay situaciones graves, sino solucionables. Muchas cosas ya me resultan prescindibles. Me concentro en lo esencial, como si la vida ya me lo hubiera dado todo.

Alicia recibe terapias todos los días, todas las semanas. Es una niña con una fortaleza excepcional. Siento que lo tiene todo (y que también mi marido y yo se lo hemos dado). Es bella, despierta, risueña. Siento que cuando estemos viejos, ella nos sobrevivirá. La escucharemos, la veremos, la admiraremos, mientas nosotros nos vamos desdibujando.

Una de las terapistas de Alicia tenía una secretaria que se hizo querer mucho de todos los niños pacientes. Pero recientemente hemos recibido la noticia de que tuvo que abandonar el cargo para volverse bachaquera. Fue una decisión forzada, de supervivencia económica, según nos dijeron. La secretaria no regresó más y los niños pacientes, entre ellos mi hija, sintieron un abandono. En espera de un reemplazo, la terapista reaccionó rápidamente: abrió un grupo en la aplicación what’s up para poner orden en los horarios, informar sobre los días de turno, confirmar citas y demás servicios. 

Y ahora me ha dado por estar muy pendiente del grupo en what’s up, leyendo todos los mensajes de una comunidad que tiene un punto en común: niños enfermos. Los primeros días fueron de expectación, los siguientes de zozobra; me costaba tragar, me esforzaba en respirar. Carencias y urgencias. Llamados de emergencia. Madres desesperadas.

Una madre pide una medicina para evitar las convulsiones de su hijo, otra pide químicos para aliviar el dolor de su niña. Píldoras para que duerman, polímeros para inyectarles. De golpe he leído esta frase: “Vendo todas las joyas de la familia. Debo tratar a mi hijo en el exterior”.

A Dios gracias, Alicia lo ha tenido todo, y yo asisto a las conversaciones guardando silencio. Hasta ahora no me ha tocado transitar esa rudeza, esos caminos torcidos, esa desesperación, pero la hago mía porque la entiendo, porque me habla de un universo que conozco. ¿Puedo solidarizarme desde el silencio, desde el corazón? Siento que es poco lo que puedo hacer. Quizás por eso escribo, para ayudar en algo, para alertar, para que se sepa que este dolor colectivo es diario, sin tregua y ni alivio.

Siento que no tengo derecho a amargarme, siento que no puedo preocuparme por pequeñeces. Me quedo en silencio, por largo rato, y trato de hacer mía la desgracia, la injusticia, el sinsentido. Todo es inexplicable: los niños sin amparo, las madres desconsoladas. 

Todas las madres se conocen, por supuesto, porque todas acuden a la misma terapista. Coinciden en las sesiones, en las citas, en las terapias. Y no falta quien comparta la mitad de un frasco de jarabe. Pesco esta frase: “Yo vivo en los Valles del Tuy. Mañana podemos encontrarnos en el metro de Los Cortijos y allí te lo entrego”. Pesco otra: “Un hermano mío que vive en Puerto Ordaz consiguió la medicina que estabas buscando”. Y otra: “Yo puedo comprarte la medicina y luego tú me la pagas cuando nos veamos con la terapista”.

De pronto veo la foto de un varoncito sonreído en la grama, bajo un sol radiante, con un texto al pie que dice: “Hoy mi Sebas cumple siete años”. Y pienso en Sebas, o me pregunto qué podrá tener, o le deseo salud sin saber si la tiene. ¿Quién será su madre? ¿Quién sobrevivirá a quién?

Dejo de leer y abrazo a Alicia. La abrazo como si de Sebas se tratara.