• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

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Antonio López Ortega

Carlos Pacheco

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Desde los tiempos de su doctorado en el King’s College de Londres, hasta su reentrada reciente en la bogotana Universidad Javeriana, que fue su alma mater, el profesor, investigador, crítico, ensayista, editor y académico Carlos Pacheco (1948-2015), dibujó un arco existencial de virtud, pasión y responsabilidad. ¿Su especialidad, su pasión secreta? La literatura latinoamericana contemporánea; por no hablar propiamente de la literatura venezolana, a la que le dedicó sus últimos años con la vocación de quien ausculta en una mina de sombras o de quien recorre un cuerpo tendido a la intemperie. Amó las letras, los relatos, las novelas, la poesía, como quien bebe de una fuente inagotable y siempre renovada. Afable, cauto, reservado, recto, en la escena pública, para sus más íntimos fue más bien un amigo desvelado, solidario, atento, sensible. Toda esa corporeidad, que coronaban sus lentes y su bigote, por no decir su parsimonia, siempre me pareció un muro de contención de sentimientos arremolinados, de un corazón recrecido, de una deuda emocional. Habitaba allí, bajo la piel, un alma cambiante, devota, que se desvelaba por encontrar armonía en los otros, por reconocerse entre pares, por recibir del semejante señales de estatura moral y nunca desfachatez, hipocresía o mediocridad. Lo hería la bajeza humana, tan propia de estos tiempos, y de alguna manera lo paralizaba, porque sus luces no llegaban hasta allí.

Quienes lo vieron llegar en los lejanos años setenta como profesor del Departamento de Lengua y Literatura de la Universidad Simón Bolívar quizás ignoraban, por ejemplo, que el recién llegado era una de las grandes autoridades continentales en la obra de Augusto Roa Bastos. Pronto ese departamento crecería hasta crear una maestría y luego un doctorado en Literatura Latinoamericana Contemporánea, que hoy se encuentran entre los mejores del país. En esa hechura, junto a otros importantes colegas, se encuentra la rúbrica de Pacheco. No obstante, después de abrazar por tantos años la senda académica, la pasión librera se fue colando por sus venas hasta cristalizar en Equinoccio, la legendaria editorial de Sartenejas que Pacheco  retomaba para redefinirla y relanzarla con un éxito que todavía perdura. Son apenas escalas significativas de una trayectoria abarcante y compleja, signada siempre por la necesidad de hacer más, cada vez más, en el campo de la cultura venezolana. Apartarse del borrón y la desmemoria que las políticas oficiales izaban como banderas era precisamente lo que alimentaba su fuero de atesorar, sumar y revelar.  

Desde el proyecto Nación y literatura, que editamos desde la Fundación Bigott, y más recientemente desde La vasta brevedad, una compilación antológica de cuento venezolano que hicimos junto a Miguel Gomes, la amistad se volvía fraternidad y hasta complicidad. Discutíamos y valorábamos proyectos, ediciones, seminarios, homenajes y cuanta empresa cultural se nos permitiera desarrollar en esta asfixiante realidad. Sus últimos años lo llevaron a Bogotá y la comunicación se hacía más digital que presencial. Estoy tratando de recordar nuestro último encuentro y lo asocio con el sábado 15 de noviembre de 2014. Nos citamos para desayunar en un café de Altamira, cerca del Obelisco, y al llegar descubrimos que lo estaban remodelando. Entre el polvo y los ladrillos, los mesoneros nos veían con mala cara. Nos trajeron un café frío y un jugo de naranja desabrido. Éramos los únicos comensales de esa mañana y no nos dábamos cuenta. Estoy viendo a Carlos a los ojos cuando me dice que ha organizado su obra crítica en tres tomos y que me quiere mandar el archivo digital. Unos días después lo recibo y todavía lo tengo. Recorro esas páginas virtuales para advertir títulos, capítulos, temas tratados, autores abordados. Es un compendio de nuestros tiempos, de nuestra creación, del desvelo de los escritores por alargar la vida en la letra antes de que la muerte los sorprenda. También a Carlos creyó sorprenderlo, pero antes nos pudo dejar su tabla de navegación. Para honrarlo deberíamos navegar a su lado. El corazón que lo resguarda, que no pudo ser el propio, quizás sea el de los amigos que aún reman con él.