• Caracas (Venezuela)

Antonio López Ortega

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Antonio López Ortega

Adiós a la Reina

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En sus últimos años, Reina Herrera (1923-2014) llegó a tener una casa en El Marqués. La casa se fue llenando de hijos, nietos y hasta biznietos, y entonces Reina se fue buscando otra casa dentro de su casa. La visualizó en un extremo del jardín trasero, encima de lo que parecía un montículo, porque había que subir unas escalinatas para llegar a nivel. Esa casa fue su única casa, la de los inicios y la de los finales, porque allí pudo estar al fin sola, con la visita de sus propias hijas y de los amigos cercanos. Las hijas de Reina, sí, ese tributo a la reciedumbre. Los amigos de Reina, sí, ese desfile parco de presencias que fueron pocas. Alrededor de la casa había vegetación tupida, que se metía por techos y paredes, haciendo de la casa una extensión del bosquecillo que ella alimentaba con sólo mirarlo. La mirada de Reina, sí, un manantial que horadaba las almas más pétreas, un escalpelo para dejar a los vanidosos al desnudo.

La casa tenía todo lo que ella necesitaba para vivir: un horno para quemar sus piezas únicas, unas poltronas para hundirse y desaparecer, una cocina amplia y generosa, y no por el tamaño sino por lo que de allí salía: manjares con los que ella mostraba su cultura ancestral. Y ahora me detengo en su sonrisa leve, apenas pincelada que flota en medio del hogar. Esa sonrisa aún hoy me penetra, porque siempre buscaba sintonía, reflejo en su interlocutor. Mirada sabia, de quien viene de retorno, de quien ya ha traspasado la vida porque todo lo demás son sobras. Se fue silenciando con los años, como les ocurre a los sabios, porque ya los aprendizajes son mayores y los afanes humanos comienzan a verse desde las alturas.

Decir que fue una de las grandes ceramistas del país me sabe a poco. Decir que estuvo casada con Carlos Herrera, uno de los grandes pioneros de la fotografía del país, podría ser un dato aislado. Decir que fue la madre de Marujita Herrera, otra gran ceramista de generaciones más recientes, sería una excusa leve. Decir que fue la abuela de Mariana Monteagudo, una artista de talento y proyección, podría ser un accidente. Reina fue eso y más, mucho más. Fue un tratado de humanidad, fue la bonhomía reencarnada, fue la amistad que sólo se mide a fuerza de honestidad. No existen ya seres de esa estirpe: se van porque el mundo de hoy no los entiende, se van porque esta vida boba de hoy no les sabe a vida, sino a miedo e intrascendencia.

Estuve en esa casa, muchas veces; buscaba estar en esa casa. Quería ir sobre todo de noche, porque la humedad purificaba los cuerpos y porque a nuestro alrededor reinaban cigarras y sapitos. No importaba si Reina hablaba o no, si se sentaba o caminaba, si me atendía o si seguía en sus oficios. Descubro ahora, un poco tarde, que lo me gustaba era verla, disfrutarla, admirarla. Un ser especial, un alma recóndita, un espíritu superior. Estoy viendo su caminar, un poco encorvado; estoy viendo sus manos, que posaba en los respaldos de las poltronas; estoy viendo sus ojos de miel y mostaza, que miraban penetrantes. Sentí siempre a su lado una comunión, un pacto indescifrable, como si nos conociéramos de antes, como si viniéramos a arreglar cuentas, como si a través de los tiempos nos hubiéramos buscado sin suerte hasta coincidir en los años de El Marqués, en su casa de muñecas, de lozas, de caras que eran medialunas, todas las criaturas que salían de sus dedos, de sus manos prodigiosas, que podían ser garras o guantes, gárgolas o ángeles.

Sigo hundido en la poltrona de su casa, sigo viendo sus libros, sigo detallando toda la minucia de objetos que escondían su vida, sus pasos, sus sinsabores. Quiero seguir allí, imperturbable, sólo para verla. Que no me hable; que tan sólo respire, sonría, camine, levite. He venido a despedir a la Reina, he venido a decirle adiós.