• Caracas (Venezuela)

Antonio Ledezma

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El maleficio golpista

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La impunidad es una abominación. Engendra ese maleficio que se apodera del espíritu de gobernantes que se creen estar en capacidad de disponer de la vida de los demás. Sienten que ostentan un poder ilimitado, y que nada ni nadie puede osar pedirles que rindan cuentas. Dios no existe, porque ellos ven a través de sus ombligos a su propio dios. Las leyes no son más que parapetos descuadernados para manotearnos en nuestras propias caras que la palabra que cuenta es la del que manda y punto.

El hechizo se extiende a algunos sectores del pueblo, cuando en medio de la desesperación exclaman que “un clavo saca otro clavo” y no dejan de echar un vistazo hacia la embestida cuartelaria como expresión salvacionista con sus mentores mesiánicos a la cabeza. Por eso es fundamental mantener la lucha cívica colocando por delante los valores. Porque no se trata de llegar a como dé lugar y a costa de lo que sea. Avanzar así sería retroceder mucho más del terreno que se pierde cuando los regímenes autoritarios parcelan el país con su visión caporal, propia de los que pastorean un rebaño que se deja arrear, igual que los ciudadanos que se dejan medir por un precio y no por los valores que tienen.

Cuando en un país se ve como normal lo que más bien es frecuente, como eso de usar los medios para calumniar, difamar, injuriar, descalificar, etc., es porque la impunidad va esterilizando la conciencia ciudadana que, callándose, desentendiendo o dejando de participar para denunciar esas insensateces, avala que unos gobernantes se apropien, ya no de un terreno, de un galpón o de una carnicería, sino de nuestra libertad de opinar. Y eso ya es lo último. Lo verdaderamente grave.

Eso es rendición, como el que baja su bandera en señal de que se le cayó lo que le quedaba de moral; porque se puede transigir en muchas cosas, pero jamás en la transacción de la dignidad. El honor no se negocia. La legión de decoro de un pueblo tiene como pendón la vergüenza. Las circunstancias nos dan la idea de cuáles son los líderes que la unidad necesita o los que se merece, porque son dos condiciones distintas.

En estos tiempos difíciles se precisa de gente decente, valiente, dispuesta. Hay que tener fuerza anímica para avanzar, con tal perseverancia, para no deshacerse en el intento cuando pensamos que estamos comenzando a dar el mismo paso que ya dimos una y mil veces. No olvidemos que “no es la gota la que hoya la piedra sino la constancia con que cae”. No desalentarse ante nada ni por nada es el mejor antídoto contra el cinismo, la nostalgia y la melancolía. Llegamos al lindero de los temores. Thomas Jefferson dijo que “cuando la gente le teme al gobierno, hay tiranía; cuando el gobierno le teme a la gente hay libertad”.

 

@alcaldeledezma