• Caracas (Venezuela)

Antonio Ledezma

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Antonio Ledezma

Perdidos en el populismo

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Hay que impedir que acaben con el país, porque, si no actuamos para evitarlo, luchando unidos y cívicamente, esto se convertirá en “tierra arrasada”. Veamos cómo están de deplorables las instituciones, todas, porque ninguna funciona bien y, por lo tanto, el país marcha muy mal.

Podemos analizar caso por caso y detectaremos ejemplos de cómo se destruyen las entidades. Veamos el caso de las policías. Eliminaron la PM y sus instalaciones ya no sirven de módulos policiales, esos inmuebles hoy están convertidos en sedes de los llamados colectivos. ¿Qué ha pasado? Que cuando se juntan peras con manzanas las cosas tienen resultados relacionados con esa mezcla. Eso es lo que explica el amasijo que se ha hecho con las policías, milicias, colectivos y Fuerzas Armadas.

El Poder Judicial encabezado por magistrados que cantan estribillos en pro de la “revolución” pone en entredicho la imparcialidad que debe existir en la aplicación de la justicia. De allí que la impunidad le corrompió el cuerpo a ese sistema. No hay recato, no se guarda ni la forma, y el descaro hace que los actos más injustos sean presentados como naturales. Por esa triste situación hay venezolanos que se sienten libres en otro país, porque aquí, en su tierra natal se les persigue y acosa.

El BCV devino en una suerte de casino financiero donde los billetes se reparten como en la travesura de un monopolio. En la economía real esos bolívares nada valen, a diferencia de los bonos que se compraron en circuitos montados desde el entramado público para asegurarles suculentas ganancias a los afortunados apostadores de esa ruleta.

A Pdvsa la bajaron de categoría, le enchufaron una nómina gigantesca y la endeudan hasta más no poder, y después de haber convertido el precio de la gasolina en un “santuario”, ahora juegan esa carta con las mañas propias de los tahúres. La industria petrolera y las empresas básicas de Guayana, que deberían dar ganancias para que esos réditos se reinvirtieran en educación, salud y ciencia y tecnología, son una carga para las finanzas agotadas de un Estado mal dirigido. Por eso tenemos universidades con déficit presupuestario, sin recursos para investigar y sin posibilidades de innovar para hacernos sentir en un mundo más exigente a la hora de competir.

Desesperadamente montan “leyes” que no resolverán la crisis, porque lo menos que se respeta en este tipo de regímenes es la ley. Por eso han cerrado miles de fábricas que antes empleaban a ciudadanos que hoy están en la informalidad tratando de sobrevivir en medio de una feroz inflación.