• Caracas (Venezuela)

Antonio Ecarri Bolívar

Al instante

La clase obrera ya no irá al paraíso

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El filme de Elio Petri: La clase operaia va in paradiso, protagonizada por aquel genio de la actuación que fue Gian María Volonté, en 1971, fue un hito para quienes alguna vez creímos, ingenuamente, en la utopía del paraíso comunista. Ese filme denunciaba la alienación del obrero en la sociedad capitalista y lo tomamos como título de esta entrega a nuestros lectores, al ver que en esta “revolución” se aliena más al obrero que en aquella sociedad europea, de los años setenta, del siglo pasado. Veamos por qué.

Evidentemente no escribo estas líneas para los cuatro personajes que monopolizan el poder en la depauperada, por ellos, Venezuela actual; sino a los que aún creen, ingenuamente, que se puede salvar a los trabajadores de la alienación capitalista con este engaño que solo trajo peores desgracias a quienes dicen proteger.

Es que el tema es de fondo, porque durante décadas a la “revolución” se le asoció un misterio (como el de las tres divinas personas) y un significado, que justificaba todos los sacrificios –especialmente el de los demás– y cuanto más sangrientos muchísimo mejor, porque “el poder nace de la boca del fusil” según Mao, y Maduro quiere imitarlo con sus fanfarronadas. Esas que solo son música de violines a los oídos del “lumpen proletariat”, pero que en nada atrae a una clase obrera desengañada con ese futuro e incierto paraíso prometido, el que más bien se ha convertido en un infierno de carencias y desabastecimiento que pone a pasar hambre a los más desposeídos.

Claro que el proceso de desilusión de los verdaderos comunistas es muy antiguo y los defensores del régimen lo ignoran o se hacen los locos, para seguir disfrutando sus canonjías y privilegios mientras que la clase obrera puede irse muy largo al infierno. La generación de pensadores, de principios del siglo pasado, que rompieron con esa estafa comunista en América Latina fue encabezada por Rómulo Betancourt y, en Europa, por Arthur Koestler.

Luego vinieron los que rompieron cuando se conocieron los juicios amañados de Stalin a sus propios camaradas en 1936 y el famoso Pacto Molotov-Ribentropp en 1939 (alianza URSS-Alemania nazi). Ah, y después aparecieron los desilusionados con la invasión soviética a Hungría en 1956. Más adelante los que vieron, con horror, entrar los tanques rusos en la indefensa Checoeslovaquia, que llevaron a romper con el comunismo a pensadores como Roger Garaudi en Francia y Teodoro Petkoff en Venezuela. Finalmente, vinieron Walesa y los obreros de los astilleros de Dansk; sin olvidar a los trabajadores de la RDA, quienes demolieron el muro de la infamia, en Berlín, dando nacimiento a la soñada Alemania unificada.

Es que el paraíso de la revolución se iba perdiendo en la praxis del “comunismo real”, pero los entrampados seguían esperándolo como quien espera la llegada del Mesías, sin que este apareciera, pero persistían en continuar su búsqueda infructuosa. Ah, y en la dulce espera también se iba perdiendo la juventud de esos mismos ilusos. Claro que a todo ello contribuyó, en América Latina, la nueva ilusión fallida de la revolución cubana que hoy se ahoga, en las playas de Mariel, sin derramar una lágrima por el náufrago revolucionario.

En esta época, luego de todas esas ilusiones perdidas, la gente se siente más orgullosa en proclamar el haber dejado de ser comunista que seguir insistiendo en esa militancia, porque quienes persisten se dan cuenta de que han sido y continúan siendo los tontos útiles de unos vivos que han utilizado el marxismo como ropaje ético para cubrir todas sus fechorías a la sombra del poder. Yo quisiera que los muchachos de Aporrea o de Marea Socialista se sirvieran indicarme: ¿quién de ellos puede creer, con sinceridad, que entre la cúpula de enchufados del régimen haya algún marxista? La verdad es que como dice ese portentoso intelectual socialdemócrata inglés Tony Judt: “No se puede entender por completo el siglo XX si en algún momento no compartiste sus ilusiones, y la ilusión comunista en particular, aunque veinte años más tarde muchas de esas mismas personas lamentaran su elección”.

Lo que sí es inaceptable, en la Venezuela de hoy, es que después de ver en acción al “socialismo del siglo XXI”, enviando al sector informal y luego a “bachaquear” a nuestros  trabajadores, haya alguien en su sano juicio que defienda este “proceso” como representante de una clase obrera que, en vez de llevarla al paraíso, la envía a los tremedales del infierno del hambre y la desesperación. Falta menos, camaradas, para hablar del “socialismo del siglo XXI” como la primera y última estafa a la clase obrera en este nuevo siglo.