• Caracas (Venezuela)

Antonio Ecarri Bolívar

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¿Solo el gobierno es gatopardista?

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El “gatopardismo” o lo “lampedusiano” es en ciencias políticas el “cambiar todo para que nada cambie”. La cita original expresa la siguiente contradicción aparente: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.

El gatopardo es una novela escrita entre los años 1954 y 1957, por Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Trata de los cambios políticos en Sicilia, donde el oportunismo hacía de las suyas en unos supuestos cambios de régimen, que no cambiaban sino la denominación; y los pronunciamientos, de derecha o izquierda, mantenían el mismo sistema de cosas permitiendo seguir detentando el poder a los de siempre.

Este gobierno indolente e incapaz ha sumido al país en la crisis más terrible de su historia y, al no rectificar en las causas que trajeron este desastre, parece jugar la peligrosísima baza de la explosión social o del golpe de Estado, que permita justificar en el futuro su defenestración; y así, supuestamente, lograr el retorno al poder una vez que las masas añoren a Maduro, porque las cosas empeorarían al tener que tomar, el nuevo gobierno, las medidas impopulares que él hoy se niega criminalmente a asumir, por un cálculo político subalterno y deleznable. Las reformas que propone el gobierno son más de lo mismo. Por ello son, sin duda alguna, unos gatopardistas consumados.

En la oposición parece que anda rondando, afortunadamente en minoría, el cálculo de que es mejor que este gobierno continúe para que asuma todas las consecuencias de su modelo absurdo causante de la crisis. Sin embargo, nos luce irresponsable permitir la continuidad de este desastre por simple cálculo político subalterno. La gente que pasa hambre y los enfermos sin medicinas no nos lo perdonarían jamás.

Hay varias propuestas para salir de este gobierno, pero vemos algunas enredadísimas, como la del referéndum revocatorio para, supuestamente, sacar a Maduro de la presidencia, pero escogiendo el camino más engorroso que permita la ilusión de un cambio que es perfectamente posible que no se pueda producir. La idea pudo haber sido tomada de buena fe, pero sus proponentes deben reflexionar porque si el enredo nos lleva a producir la salida, solo de Maduro, después del 10 de enero del próximo año, continuaría el vicepresidente y, obviamente, el mismo gobierno por el resto del período. 

Con la enmienda el camino es más expedito, aparentemente, porque solo necesita que su solicitud sea tramitada por 30% de los diputados de la AN, que los tenemos y nos sobran, que se le notifique al CNE y este en un lapso improrrogable de 30 días debe convocar al soberano para que se pronuncie. Ah, pero tenemos pendiendo de un hilo sobre nuestras cabezas la espada de ese malhadado TSJ infame, con mayoría fabricada de manera “exprés” entre gallos y media noche, que haría nugatoria la enmienda.

Las otras propuestas sean reforma constitucional, Asamblea Nacional Constituyente o la tesis del gobierno de entendimiento social que proponen otros, pero con este TSJ y su mayoría madurista… ¡que Dios nos agarre confesados! ¿Gatopardismo opositor? 

Ojalá no sea así, porque si el pueblo llegara a esa conclusión podría plantearse aquella terrible consigna de los argentinos, en el pináculo de su crisis: ¡“Que se vayan todos”!

Si sabemos esto, se hace necesario, para no caer también nosotros en gatopardismo o lampedusianismo, entrarle de frente y sin más demora a la reforma de la Ley del Tribunal Supremo de Justicia, que modifique la correlación de fuerzas de ese máximo tribunal. Hay que tratarlo así, como lo que es: una seccional del partido de gobierno.  

Si a estas alturas, estimado lector, tiene dudas sobre la necesidad inminente de reformar el TSJ me va usted a disculpar, pero debo manifestarle que, en su entorno, comienzo a sentir un fuerte olor a gato… pardismo.