• Caracas (Venezuela)

Antonio Ecarri Bolívar

Al instante

Conciudadanos: ¡muchas gracias!

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Desde que el mundo es mundo el hombre trató de comunicarse con sus semejantes, pero solo a través de la escritura fue cuando se logró que los dichos de alguien se transmitieran a otros, por muy lejos que se encontraran. Lo que, obviamente, nunca imaginaron nuestros antecesores, del pergamino o de la máquina de escribir, es la aparición del chip, pues de las carretas y camiones cargados de libros pasamos a oprimir un click y, esté donde esté, el libro (digital) llegará a nuestra casa en cuestión de segundos después de haberlo seleccionado.

Sin embargo, es difícil explicar por qué es casi imposible, para lectores tradicionales, como nosotros, dejar de percibir la sensación, sensual y casi erótica, de manosear el libro en físico. Quizás se trata de una actitud aún conservadora, de la que se reirán nuestros nietos desde sus tablets, pero mientras tanto quienes escribimos un libro tenemos la obligación de agradecerle infinitamente a nuestros editores, sobre todo a  los venezolanos, que son una especie de monjes tibetanos, poseedores de una paciencia y mística infinita, para seguir luchando en medio de tanta adversidad.

Como la CA Editora El Nacional no pudo publicarme ahora, como lo hizo con mis dos libros anteriores, al no tener papel, por el chantaje que sobre sus editores mantiene el gobierno para tratar de cambiar la línea editorial de ese medio tan importante, me fui entonces a la provincia, a Valencia, buscando quien lo editara y allí me encontré con la agradabilísima sorpresa de conocer una empresa que debe ser la envidia de muchas, en otras latitudes, me refiero a la Editorial Signos dirigida por el profesor universitario Dr. Luis García Henríquez, a quien le debo manifestar mi agradecimiento por el esmero y el esfuerzo realizado, junto a Guillermo Cerceau, para poder imprimir este trabajo tan bien editado.          

Tampoco tengo cómo pagar la generosidad infinita de los editores de la revista Zeta, por la publicidad que hacen al libro, Conciudadano Betancourt, como si hubiesen sido ellos sus editores. Claro que no se escapa de mi conocimiento la admiración de Rafael Poleo por Rómulo, su vida y su obra, lo que abona a favor de su condición de demócrata integral y en beneficio del libro, al prestigiarlo un medio tan reconocido como la revista Zeta.

También debo agradecer al Instituto de Previsión Social de los profesores de la Universidad de Carabobo que es dirigido por ese campeón del estímulo a la escritura de los universitarios: el profesor Fermín Conde quien, junto a Claudia Barroeta y un gran equipo, realiza la encomiable labor de ayudar a la edición de nuestros trabajos.   

Permítanme dar gracias, así mismo, a las personas que más han hecho por preservar el legado intelectual de Betancourt: en primerísimo lugar su hija Virginia, quien heredó de su padre la constancia y la mística del trabajo, y su nieto Álvaro, quien ayuda fervientemente a su madre en ese propósito, quienes autorizaron este atrevimiento editorial; a mis compañeros de partido, Isabel Carmona de Serra, por el prólogo, escrito por quien es testimonio vivo de tantas luchas y desvelos por la democracia; y a Henry Ramos Allup quien, como digo en el libro, ha liderado en duras condiciones sin precedentes al partido AD y coadyuva a transmitir el pensamiento de Betancourt, en la teoría y en la praxis política cotidiana, a pesar de las defecciones del oportunismo.

Finalmente, agradezco a los miles de mujeres y hombres de Venezuela quienes, con firmeza en su militancia en AD y a pesar de las inmensas dificultades que han soportado, en más de veinte años de oposición, día tras día mantienen vivo el legado de Rómulo Betancourt y están comprando masivamente el libro. Mil gracias a todos.

 

aecarrib@gmail.com 

@EcarriB