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Antonio Ecarri Bolívar

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Antonio Ecarri Bolívar

Comunismo, patente de corso para mafiosos

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La expresión “patente de corso” nada tiene que ver con los originarios de Córcega, se refiere más bien a la carta o patente que alguien podía presentar (“hacer patente”) para demostrar que estaba autorizado a emprender una campaña naval para perseguir a los piratas o a embarcaciones enemigas, es decir, para hacer un corso del latín “cursus” = “carrera”. Mercenarios, en una palabra, pero protegidos por una autorización legítima.

El tema viene a cuento porque estoy convencido de que el “bolivarianismo” en Venezuela, el “sandinismo” en Nicaragua, así como también en tiempos ya lejanos, el paradigma “martiano”, en Cuba, fueron maneras de disfrazarse los dictadores para llegar al poder, pero una vez allí instalados utilizan, ya sin careta, la ideología que traían en sus alforjas de manera desembozada: el comunismo, pero ahora como ropaje ético o “patente de corso” para saltarse a la torera leyes e instituciones de los regímenes democráticos y así tratar de perpetuarse en el poder. A los hermanos Castro les ha ido de perla con esta añagaza. 

Es por esta última razón que hemos alertado públicamente, y en lo interno de Acción Democrática, sobre el peligro de seguir la tendencia obsoleta y periclitada (Rómulo dixit) del anticomunismo rabioso, pues con esas actitudes solo llevamos agua al molino del régimen venezolano. Entendamos que a pesar de su fracaso mundial, el comunismo, querámoslo o no, continúa siendo una referencia ética aunque demagógica, pero que se encuentra en la memoria histórica de los pueblos como sinónimo de justicia, de entrega heroica a la causa de los desheredados de la tierra.

Cuando decimos que el régimen venezolano es comunista, creyendo ingenuamente que lo estigmatizamos, lo que verdaderamente hacemos es ayudarlos en el enmascaramiento de la proa del barco donde navegan, con patente de corso, “corsarios”, “piratas” y “bucaneros” de toda laya, pero ¿comunistas? ni pensarlo. Comunista fue el Che Guevara, y en el ideario de las masas pobres latinoamericanas persiste la errónea creencia de que fue un mártir, una especie de apóstol número 13, y así lo vendió la publicidad comunista urbi et orbi.

Guevara fracasó en todas las aventuras que acometió y fue ostensiblemente traicionado por sus correligionarios debido a su descocada idea del “foquismo”, de los “uno, dos, tres Vietnam”, pero no hay dudas de que fue un hombre honesto. ¿Cómo podemos entonces seguirles el juego a los hermanitos Castro y a sus adláteres venezolanos, comparando aquel valiente iluso, quien abandonó un ministerio en Cuba y a sus seres queridos por irse a las montañas del Congo y Bolivia, con esta cáfila de perpetradores del mayor latrocinio de que se tenga memoria en la historia de los pueblos del mundo? Me refiero a quienes realmente se enriquecen a ojos vista, porque de que hay gente honesta y comunistas ingenuos, en este gobierno, también es innegable. Esos tienen que ayudar a la denuncia de los farsantes.

Si caracterizamos este régimen con la simpleza de llamarlo “comunista”, no solo estamos contribuyendo con la mentira más grande que hayan inventado, para perpetuarse en el poder, unos individuos desclasados que de comunistas solo tiene la franela roja, que se encasquetan para engañar incautos, quienes prometen la llegada “algún día” del hombre nuevo.

En una palabra prometen un “Jesucristo redivivo”, multiplicado por todos los seres humanos que serían “hombres nuevos”, pero eso sí… allá, bien lejos en el tiempo. Por supuesto, que ese día nunca vendrá, pero mientras tanto las mafias de la “boliburguesía” siguen llenando sus arcas insaciables ayudadas por sus ingenuos camaradas que los creen comunistas, en colaboración con algunos opositores que podrían, eventualmente, ser enterrados en urna blanca.

Arrebatémosle, entonces, la patente de corso del comunismo a los corruptos de este proceso y caractericémoslos con el verdadero estigma de “mafiosos del siglo XXI”. Los honestos y los verdaderos comunistas, aunque en minoría, lo agradecerán.