• Caracas (Venezuela)

Antonio Ecarri Angola

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Antonio Ecarri Angola

Uslar Pietri bajo fuego

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“Si usted quiere saber qué va a ocurrir en el futuro de Venezuela, vaya a un salón de clases. En la escuela de hoy se está haciendo la Venezuela del mañana”. Así pensaba Arturo Uslar Pietri, el más polifacético de los venezolanos del siglo XX. Su pluma en la literatura es todo un hito. Vargas Llosa lo recuerda como su escritor favorito y el Gabo, reciente en su fuga, también tuvo frases de honra hacia el creador del “realismo mágico”.

Qué manera de buscar, conocer, entender y de actuar sobre su país. Hasta la literatura fue una vía para buscar respuestas inquietantes sobre su patria. Un venezolano excepcional cuyo pensamiento está no solo en sus ensayos, editoriales o en su célebre columna “Pizarrón”, sino que también está presente en los más avanzados medios de comunicación de su época. Transformó la televisión y la radio en un salón de clases donde el país entero, desde el obrero, la vecina de Catia, el gran empresario, hasta el intelectual mejor cultivado, caían concentrados ante las enseñanzas de Valores Humanos. Podía hablar de la Biblia, del joropo, de Luis XIV, de la federación, de la Guerra Civil española o del Renacimiento, era, parafraseando a Miguel Otero Silva, la inteligencia mejor amueblada al servicio de su pueblo y de su país.

Sin decirlo, se sentía el heredero de una casta republicana que comenzó con Simón Rodríguez, aquél Samuel Robinson que, trajeado de ideas y pensamiento, advirtió al Libertador lo que sería la condena o, peor aún, la tarea siempre inconclusa de Venezuela: “No habrá república sin republicanos”. Se sentía cercano a Cecilio Acosta, ese otro héroe civil que, cargado de principios, enfrenta a Guzmán Blanco adversando la política triste del fusil frente a la razón. Era el continuador de una saga republicana de guiadores no entendidos, ni comprendidos ni mucho menos escuchados. Fue, como pocos, un hombre de Estado.

En la política marcó huella, sus detractores históricos y los gallinazos de vuelo bajo que lo juzgan en ausencia, olvidan su papel fundamental en la consolidación de la democracia civil. Su encuentro con Rómulo Betancourt, auspiciado por Miguel Otero Silva, en los preludios de la discusión constitucional de 1959, detuvo sus rivalidades históricas y apoyó con fuerza la construcción de bases sólidas en la naciente democracia. Olvidan también los miopes contemporáneos su apoyo al gobierno de Raúl Leoni y el papel del Frente Nacional Democrático –su partido– en darle soporte a tan difícil época. Impulsó en su actividad política la creación de frentes independientes que ocuparon un papel estelar y garantizaron épocas de pluralismo y discusión política, una etapa de oro en nuestra democracia en la cual la multipolaridad de fuerzas hacían lucir fuerte a un sistema político en construcción.

Confundir la crítica destructiva con la advertencia es irrisorio. Ahora las plumas de poco fondo, de análisis flojo, disparan sin piedad su fuego contra Uslar por su papel al frente del movimiento de notables. No fue Uslar quien promovió la decadencia de un sistema político que no se supo renovar. El sistema bipartidista entró en jaque no por la crítica uslariana, sino por su pésima conducción. Los líderes de las organizaciones políticas bajaron la santamaría de la renovación y se alejaron del país, cerrando el paso a toda una generación que venía preparándose para ocupar su papel histórico, y dando espacio a una costra corrompida que hacía bacanales con los dineros públicos. Su crítica fue válida. Un faro guía que nos advertía del camino equivocado, del precipicio que estaba por venir. Jamás podrá ser culpable quien diagnostica, sino por el contrario, fueron aquellos que de manera insólita y sin sentido, luego de dar profundos aportes a la construcción democrática, terminaron siendo los causantes del terrible cáncer que degeneró en esta pesadilla continua que mantiene asfixiado al país.

Uslar está de aniversario. Cumple 108 años. Como él mismo dijera, una fecha importante no es solo para desfiles y actos protocolares, sino para reflexionar sobre el futuro, sobre la Venezuela posible que nos dejó de tarea pendiente. Sembrar el petróleo es educar, es que cada venezolano esté dando con sus capacidades lo mejor de sí para enrumbar a su patria. Para que eso ocurra, necesitamos ocuparnos de la educación, de dejar a un lado la moda de ser malandro, de retomar la saga republicana. Por aquí estaremos, en su casa, trabajando para sacar del papel sus ideas y ponerlas en ejecución. Honrar su legado no es ver por el retrovisor de la historia, sino tomar la ruta correcta que nos conducirá al final de este oscuro túnel.

 

*Presidente de la Fundación Arturo Uslar Pietri