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Edgar López: “Cuando sienta que me las sé todas me voy del periodismo”

Edgar López | Manuel Sardá

Edgar López | Manuel Sardá

El periodista recibe el Premio Miguel Otero Silva

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En 1994 Edgar López estuvo presente en las sesiones del juicio al ex presidente Carlos Andrés Pérez por el caso de los 250 millones de bolívares de la partida secreta. De los 600 asientos del auditorio principal de la antigua Corte Suprema de Justicia, 150 estaban reservados para los periodistas nacionales y extranjeros, contaba el reportero en las reseñas de esos días.

En julio de 2014 López comenzó a asistir –sin libreta, grabador ni carnet de reportero– al juicio que se le sigue al dirigente opositor Leopoldo López. En enero de este año no pudo sortear más las alcabalas que ponen en el Palacio de Justicia para evitar el acceso de la prensa. Aunque los juicios deberían ser actos públicos, la justicia de ahora se ha vuelto más opaca.

“El juicio de CAP fue una escuela, un proceso transparente, al que todo el mundo tenía acceso. Pero el de Leopoldo López también lo es por las circunstancias en que ocurre, por todas las violaciones al debido proceso que evidencia, incluida el derecho de la gente a estar informada de lo que pasa en un caso como este”, reflexiona López.

En la primera cobertura era un periodista en formación: había sido pasante del antiguo Consejo de la Judicatura y corresponsal del periódico El Siglo de Aragua. Además, tuvo una breve temporada en el Diario de Caracas, lo que asume como el comienzo de su carrera. Para la segunda, cargaba con 25 años de experiencia en la fuente judicial y un posgrado en Derechos Humanos de la Universidad Central de Venezuela, del que ahora es profesor.

Ambas coberturas las hizo para El Nacional. La del juicio de CAP le valió el Premio Antonio Arráiz al reportero más destacado, que entrega el diario en su aniversario. La segunda lo puso nuevamente frente a un reconocimiento: el Premio Miguel Otero Silva al periodismo de investigación, que recibirá hoy.

López ve las distinciones con cierta desconfianza. “La validación que me dan los destinatarios del trabajo es más gratificante que los premios”. Es heredero de la escuela que hizo Víctor Manuel Reinoso. Repite las palabras que aprendió del legendario reportero de tribunales de El Nacional: “Ser periodista es la posibilidad de ser útil”. Y con ello admite, sin temor a caer en conflicto de intereses, que en la denuncia de violaciones de derechos humanos se enfila en la militancia, con los sinsabores que eso genera. “Mi compromiso es con la gente que necesita justicia. Llevo 25 años tratando de promover el valor de la justicia, pero la dinámica social y política del país ha convertido ese asunto en una exquisitez. La gente ve la justicia como el lugar al que no quiere llegar por temor a salir con las tablas en la cabeza, y eso es una mala noticia”.

En el día a día López también hace escuela, con autoridad vocal y judicial, en una redacción que se ha hecho demasiado joven y demasiado pequeña. Allí, sin embargo, asume un doble papel, de maestro y aprendiz. “Cuando sienta que me las sé todas me voy del periodismo”, dice.

Por eso disfruta estudiar, como le ha tocado hacerlo recientemente con el acercamiento a otras instancias de justicia como el Sistema Interamericano, a raíz del deterioro institucional del país. Y por eso también es capaz de salirse de los laberintos legales para buscar otra dimensión de su fuente. Otras dos coberturas también le han generado satisfacción este año: una crónica sobre la búsqueda de un parto humanizado, que lo obligó a adaptar la tarea a los tiempos de la vida y no del periodismo, y una serie de reportajes sobre el hospital J. M. de los Ríos, adonde van a padecer madres y niños que necesitan una cura.