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La causa de las pequeñas cosas

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Cuando la democracia peligra, se habla de ella con lengua principista y agónica. Con el deterioro de las libertades también se pierde una lengua: esa que no nos obligaba a estar invocando la democracia en cada conversación. A medida que la amenaza y la persecución avanzan sobre el conjunto de la sociedad, las libertades se vuelven el pan nuestro, la voz de cada día. Hablamos de la democracia para protegerla y lo hacemos de forma recurrente. Pero también la convertimos en oración. La transformamos en silencioso ruego, en deber, en horizonte. También en un lugar en el cielo cuando la angustia nos acecha.

Bajo la sensación de que la perdemos por goteo, la narramos con nostalgia. La Democracia se convierte en-aquellos-años-en-que. La invocamos como a un tiempo perdido. Sin darnos cuenta, la convertimos en un objeto de múltiple potencia narrativa: cada quien ofrece a los demás sus relatos de los días y años que fueron mejores. Otro tiempo. Cada historia constituye un acto de apropiación, una manera de inscribirnos, de restituir en nuestros pensamientos un modo de vivir. Cada relato da forma a una aspiración. Dota a la convivencia de una especie de aura: una dimensión que intuimos, que deseamos de forma persistente, pero que no siempre adquiere plena nitidez.

 

Apropiarse de la democracia es contarla. Poblarla de episodios, de referencias, de los ejemplos de cada quien. La nostalgia democrática bien podría ser un género literario: cándido, vivencial, compasivo. Ejercicios orales en primera persona del singular. Sucesión de actos de fe. Pedazos de buena voluntad que los ciudadanos intercambian los unos con los otros, como una manera de decir aquí estoy, sobrevivo, no he olvidado quién fui y sé cómo quiero vivir.

La paradoja, me parece, es que solo bajo la amenaza de perder ese modo de vivir que no pone en duda el deber de convivencia (que no recuperaremos nunca y que, de aquí en adelante, no podría ser el mismo que alguna vez conocimos) es que dejamos de pensar en nosotros mismos, para abrirle paso a ese complejo, escurridizo y abigarrado pensamiento que consiste en reconocernos como demócratas.

Asumirnos como demócratas: una responsabilidad que no se agota en las palabras y que debe adoptar formas concretas. El alma democrática se obliga a los demás. Sus verbos: dialogar, aceptar, conceder, limitar (limitarse a sí mismo), reconocer: reconocer las pequeñas cosas de cada día que hacen posible el bienestar de las personas. Porque de eso trata la democracia, en sus pliegues más profundos: es la causa de las pequeñas cosas. De los empeños diarios. De los deberes más que de los derechos. De la aceptación más que de la soberbia.

En las páginas que siguen, producto de los desvelos de Verónica Ríos y Alejandro Sebastián Verlezza, está presente una específica voluntad: la de recordar los aportes de un grupo de respetables venezolanos a la vida democrática. Sobra decir que hubiésemos querido incluir a más y más personas que han ejercido alguna forma de ciudadanía que ha sido provechosa para sí mismos y para el país.

 El lector que nos señale la ausencia de tal o cual persona en la selección, estará en lo cierto: por obvias limitaciones de espacio, no fue posible incluir a tantas como hubiésemos querido. Pero es menester reivindicar aquí la diversidad política –capítulo esencial de la convivencia democrática–, así como la multiplicidad de los oficios y vocaciones que aquí se ofrecen al lector.

Médicos, lingüistas, pensadores, científicos, pedagogos, escritores, estetas, reporteros, arquitectos, críticos, dramaturgos, editores, políticos, estudiosos de varia especialidad, abogados, universitarios y otras personas de bien hacer: pluralidad. No un pensamiento único sino lo contrario: ciudadanos que afirmaban y disentían. Especies humanas del difícil arte de convivir.

En su estructura, esta Constructores de la democracia es semejante a un fichero: textos breves que nos recuerdan las contribuciones de un puñado de hombres y mujeres a la Venezuela de nuestros padecimientos. Si alguna sugerencia contiene es esta: lograr la convivencia democrática es arduo: requiere de muchos. Lo mesiánico, la niega. Si se quiere sostenible, la convivencia debe estar fundamentada en una cierta humildad. Es una disposición a escuchar. De insistir a pesar de los obstáculos. Quizás lo único que las personas aquí reunidas tienen en común es una testarudez en los propósitos y en la faena, una necesidad de realización que, con el paso del tiempo, logró hacerse visible y reconocible por la sociedad.

Esa testarudez vertebradora es, además, un signo de esta casa: a pesar de todo, El Nacional ha seguido y sigue adelante. Insiste en cumplir con las promesas que ha formulado a sus lectores y al país, tanto a quienes comparten su línea editorial como a quienes difieren de ella. Persistir: tal el signo de esta organización. Salir a la calle cada día, ir a por el país, ofrecerlo a las personas en forma de periodismo. Hay en todo esto, se quiera o no reconocer, una entidad admirable. Una vocación que anuda todo lo que cabe entre los dos extremos: el diario hacer de las pequeñas cosas y la palabra firme para defender a la Democracia de sus poderosos enemigos.