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María Teresa Castillo (1908-2012)

María Teresa Castillo

María Teresa Castillo

La madre del presidente editor del diario El Nacional, Miguel Henrique Otero, fue una mujer adelantada a su tiempo.Se convirtió en herramienta de cambio en pro de la constante lucha por tener un país plural y democrático

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María Teresa Castillo, madre del presidente editor del diario El Nacional, Miguel Henrique Otero, fue una mujer adelantada a su tiempo. Nacida en los albores del siglo pasado, el mismo año en que el tirano Juan Vicente Gómez se hizo con el poder, no solo fue testigo de excepción del turbulento siglo XX venezolano, sino que se convirtió en herramienta de cambio en pro de la constante lucha por tener un país plural y democrático.

Conoció desde muy temprano la estrechez de recursos, y quizá por ello nunca le negó la ayuda a ningún artista o agrupación, incluido el proyecto del maestro José Antonio Abreu, a quien brindó un espacio para que el Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela que tenemos ahora diera sus primeros pasos.

Oriunda de Cúa, en el estado Miranda, la familia de Castillo se trasladó a Caracas a la muerte del padre, pues los acreedores les quitaron la casa. En la capital, sobrevivieron gracias a la venta de dulces y otros negocios menores. A pesar de los obstáculos, la niña no perdía la sonrisa –que siempre la caracterizó– ni la picardía, y se divertía junto con sus amigas encerando las aceras para que resbalaran los borrachos.

Convertida en una joven, menesteres más serios comenzaron a ocuparla, y se dedicó a ayudar de manera clandestina a muchos de la Generación del 28 que habían caído presos o tenían que huir del país.

En contra de los deseos de su familia, se mudó a Nueva York, donde trabajó en una fábrica como costurera. Allí tuvo un amor platónico que terminó el día en que discutieron por la política exterior que Estados Unidos mantenía para con América Latina. El hombre la abofeteó y Castillo le devolvió el golpe. De regreso en el país, se dedicó no solo a luchar contra el régimen sino también contra el machismo en la sociedad.

Los comienzos

En 2004, cuando aún faltaban cinco años para que el gobierno de Hugo Chávez desalojara de su sede al Ateneo de Caracas, Castillo, entonces de 96 años de edad, conversó con el periodista Alonso Moleiro acerca de los inicios de la que se convirtió en su gran obra. “A mí me llamó Anna Julia Rojas, que era la presidenta, y me dijo: ‘María Teresa, yo no puedo seguir en esto porque tengo que dedicarme a mis cosas, a mis haciendas. Te he candidateado a ti y han aceptado, así que tienes que ser la presidenta del Ateneo’. Yo le dije: ‘Pero si yo nunca he sido presidenta de nada, ¿cómo voy a ser yo la presidenta del Ateneo?’. Me dijo: ‘Te propuse, tú eres la persona, ya te aceptaron y tienes que decir que sí’. Ya yo estaba casada con Miguel Otero. Le pregunté y me dijo: ‘No, no, tú tienes que aceptar, claro que puedes ser la presidenta. Yo te ayudo”.  También se refirió a su experiencia en el periodismo: “Fue Kotepa Delgado el que me buscó. Fue un gran amigo. Me dijo: ‘Mira, acabamos de fundar un periódico que se llama Últimas Noticias. Vas a ser la que se va a poner en contacto con los intelectuales, con los artistas de este país para que hagamos las páginas culturales. No me puedes decir que no, ya te nombré’. Me agarró por una mano y me llevó al periódico, que entonces quedaba frente a la plaza Bolívar”.

Antes, Castillo había estado presa, en 1936. Sin embargo, no fue una experiencia demasiado traumática, como le contó al periodista: “Estaba relacionada con la fundación del Partido Comunista. Salimos a repartir propaganda, a repartir Tribuna Popular, y nos persiguió la policía, a mí y a dos amigos. Nos agarraron. A ellos los tuvieron un año presos en la cárcel de las Tres Torres de Barquisimeto y a mí me llevaron a la jefatura civil de La Pastora, la casa del jefe civil donde vivía con su señora y un hijito pequeño. Pasé un año presa, pero los fines de semana me dejaban recibir visitas”.

Castillo siempre habló muy bien de su esposo, el escritor y periodista Miguel Otero Silva –fundador de este diario–. Decía que lo que era se lo debía en parte a él. Fueron amores poco convencionales para la época. “Cuando conocí a Miguel era una adolescente, casi. Nosotros teníamos la misma edad. Él estuvo fuera del país, en el exilio, y nos volvimos a encontrar cuando murió Gómez, luego de muchos años. Le dije: ‘¿Y tú no te has casado, no tienes hijos, ni novia?’. Me respondió: ‘No, nada’. Nos casamos pasados los años cuarenta. Cuando Miguel Henrique nació yo tenía 40 años, y cuando nació Mariana, 41”, le contó a Moleiro.

El año de su muerte, el intelectual Tulio Hernández publicó en este diario un resumen de la significación de Castillo para el país: “A partir del derrocamiento del dictador Pérez Jiménez y el inicio de la difícil construcción de la democracia, la vemos conduciendo frenéticamente el proceso de conformar una institución cultural de vanguardia en el contexto latinoamericano, el Ateneo de Caracas, de donde surgen, entre tantas otras cosas, el teatro profesional venezolano y el primer festival nacional de teatro, la primera escuela de cine, una revista de alto vuelo literario y mirada continental llamada Papeles, dirigida por el gran poeta y filósofo Ludovico Silva, y su obra mayor, el Festival Internacional de Teatro de Caracas. Pero lo más importante que se conforma en el Ateneo no son obras y agrupaciones sino, por primera vez en Venezuela, la conciencia de que el pluralismo debe ser correlato cultural de la democracia, la idea consagrada en la Constitución de que la creación cultural es libre y el Estado debe apoyarla mas no controlarla”.

El autor Rubén Monasterios también la recordó luego de su fallecimiento: “Ella fue una creadora en un sentido muy especial: creó las condiciones para que otros realizaran sus propias obras; es una forma de creación discreta, pero también quizá la menos egoísta que pueda concebirse. María Teresa fue el pilar emocional, por así decirlo, del Ateneo de Caracas, y gracias a su tesón y habilidad política pudo mantener este foco del pensamiento libre a lo largo de décadas, en las que se alternaron gobiernos de diferentes tendencias”.

Con ocho décadas

En 1989 María Teresa Castillo fue nombrada diputada al Congreso Nacional, donde entonces se creó la Comisión de Cultura, la cual –de nuevo en condición pionera– presidió. Tulio Hernández, quien asesoró al equipo técnico de la comisión, se refirió a la experiencia en 2012, en las páginas de este diario: “Se tomó el cargo a plena responsabilidad. Promovió nuevas leyes, como la de artesanía, y la reforma de otras, como la de cinematografía. Viajaba por el país a inspeccionar la situación de edificaciones patrimoniales. Visitaba cárceles de alta peligrosidad para conocer de cerca la situación de programas como el de Teatro Penitenciario. Hacía intervenciones en Cámara solicitando el incremento del presupuesto de cultura. No descansaba. Fue cuando entendí las razones profundas del enamoramiento colectivo. Hay quienes creen que el enamoramiento provenía solo de sus dones personales, su calidad humana, bondad inmensa, generosidad sin límites y trato por igual a todos. Hay también quienes creen que viene de cierta ingenuidad o inocencia de su parte, que la llevaba a tolerarlo todo. Que por esa razón se relacionaba muy bien, igual con Fidel Castro que con Rómulo Betancourt (…) Con Carlos Giménez, escandalizando al poder cuando desnudaba a actores en escena, que con Rafael Caldera, quien prefería que fuesen vestidos. Creo que se equivocan. María Teresa hacía política pero no era lo que se conoce en Venezuela como un político profesional. Tenía opiniones muy bien formadas y las daba, pero no era en sentido estricto –tampoco presumía de ello– una crítico de arte ni una intelectual pública. Fue una protectora y promotora de las artes, pero su rol no puede limitarse al de una coleccionista, una mecenas, ni siquiera lo que hoy se conoce como una gerente o una gestora cultural. Cualquier intento de calificar su actividad corre el riesgo de simplificarla”.