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Henrique Otero Vizcarrondo (1884-1952)

Henrique Otero Vizcarrondo

Henrique Otero Vizcarrondo

Quien más tarde sería conocido como “el viejo Otero” perdió a su padre en 1900

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Con el nombre San Vicente bautizó Henrique Otero Vizcarrondo, fundador de este diario junto con su hijo Miguel Otero Silva y el poeta Antonio Arráiz, la embarcación con la que comerciaba de cabotaje entre Cumaná –donde nació–, Barcelona, Guanta y La Guaira, mucho antes de siquiera soñar con tener un periódico de circulación nacional.   

“Navegando en ese tres puños –bote propulsado por el viento gracias a una vela de tres vértices– fue que aprendí a hablar solo y a cocinar”, solía decir.

Quien más tarde sería conocido como “el viejo Otero” perdió a su padre en 1900, por lo que a los 16 años de edad debió abandonar los estudios y convertirse en sustento de la familia. Así, desempeñó los más variados oficios: no solo comerció a bordo del San Vicente sino que también tuvo una bodega en Guanta y otra en Puerto La Cruz.

En aquellos días se inspiró Otero Silva para escribir unos versos incluidos en el poema “Umbral”: “Mi padre era todavía un tendero pobre/ (vendía sombreros y anzuelos a los pescadores)/ pero mi padre había leído a Renan y a Flammarion/ Ninguno sino él los había leído/ en muchas leguas a la redonda./ Le preguntaban si era cierto que se acababa el mundo/ Sonreía muy seguro de sus libros/ y contestaba:/ La tierra será esta misma tierra/ y el hombre será este mismo hombre/ dentro de millones y millones de años/ Entonces Marcolina se echaba a reír”.

Otero Vizcarrondo también tuvo un negocio de alpargatas y capelladas (suerte de remiendo para reparar los zapatos rotos) entre las esquinas de Mercaderes y La Gorda, en Caracas; una fábrica de velas y jabón cerca de Barcelona y una botica en Santa Capilla, la Farmacia Francesa, de la que era copropietario junto con Clemente Leoni, padre del futuro presidente de la República. Compró haciendas de café, hatos y fincas madereras, que recorría él mismo en mula, así como parte de las acciones del acueducto de Barcelona –que modernizó con maquinaria que trajo desde Cuba– y dos royalties petroleros –con el primero perdió, pero con el segundo sí ganó­–. En su misma ciudad natal impulsó la creación de la luz eléctrica y un aserradero, carpintería y mueblería, para el cual contrató un técnico, HerrLoretz, que él personalmente se encargó de ir a buscar a Alemania.

A la par de tanta actividad comercial, nunca dejó de cultivar su intelecto. Leía a los clásicos y llegó a tener una biblioteca que fue famosa en Barcelona. Aunque no pudo graduarse de bachiller, obtuvo una sólida formación de su colegio, el Aveledo, dirigido por el doctor Páez Pumar, y más tarde incluso solía ser invitado por las autoridades educativas para que hiciera las veces de examinador de alumnos de secundaria.

“¡Qué intensa, qué fecunda vida! ¿Qué fue lo que no hizo, lo que no emprendió? –escribíaArráiz a un año de su muerte–. Tuvo fracasos y caídas, e incendios y liquidaciones, y comenzaba de nuevo con redoblada energía. Se diría que su placer no consistía en ganar o triunfar, sino, por el contrario, en arriesgar y en perder, para darse el gusto de volver a empezar. ‘Dicen que soy sortario –comentaba–. Yo lo que soy es porfiado”.

Tradición de libertad

Hijo de un general revolucionario, Miguel Otero Vigas, y casado con Mercedes Silva Pérez, hija a su vez de Magín Silva Rojas, otro luchador contra las dictaduras –Cipriano castro solo permitió su salida del Castillo de Puerto Cabello para que muriera en su casa–, Otero Vizcarrondo fue amigo cercano del héroe civil oriental Pedro Elías Aristiguieta, así como mantuvo una relación estrecha con los Ducharne–caudillos antigomecistas también del oriente del país–. Incluso, participó hasta cierto punto en la invasión de Román Delgado Chalbaud a bordo del Falke

“Allá por 1940 –contaba  el primer director de El Nacional en la misma nota–, hallándose en Nueva York en un banquete de accionistas petroleros yanquis, el viejo Otero aludió a una prisión de que había sido objeto. ‘¿Pero usted ha estado alguna vez preso?’, le preguntó asombrado un abogado norteamericano. Y el viejo Otero le respondió: ‘Cuando un venezolano mayor de 30 años le diga que nunca ha estado preso, dude de su dignidad”.