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Henrique Benaim Pinto (1922-1979)

Enrique Benaim Pinto

Henrique Benaim Pinto

Para él, todo hombre o mujer que consultaba era un enfermo, aún si sus síntomas tuvieran –como es el caso de un gran porcentaje de los casos– una naturaleza psicológica

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En 1970 Arístides Bastidas entrevistó al doctor Henrique Benaim Pinto para El Nacional sin ocultar su admiración por el fundador de la medicina interna en el país: “Tiene el aspecto de un monje antiguo y su voz es baja y clara, como de un rezo, pero en pocos instantes el periodista se da cuenta del dinamismo que hay en su pensamiento y de que está ante un espíritu ampliamente receptivo, voraz con el conocimiento, universalmente informado. Es un prisionero voluntario de su disciplina y un cultivador impenitente de la perseverancia”.

Ciertamente, quien creó los cursos de posgrado de medicina interna acompañado de los doctores José Ignacio Baldó, Otto Lima Gómez y Agustín León era un sabio a cabalidad, que amaba la ciencia y profesaba el humanismo sin hacer mayor alarde de ello.

El médico Marcel Roche compartió labores con Benaim Pinto y, a un año de su fallecimiento, recordó su quehacer en las páginas de este diario: “Su discusión diagnóstica tenía la elegancia de un experimento científico bien concebido o de una demostración matemática bien razonada. Pero –más importante aún– combinaba una gran compasión por el sufrimiento humano con conocimiento de los íntimos mecanismos de la psicología. Para él, todo hombre o mujer que consultaba era, por esa misma razón, un enfermo, aún si sus síntomas tuvieran –como es el caso de un gran porcentaje de los casos– una naturaleza psicológica. Desarrolló persistentemente y hasta grados increíbles de fineza el arte de interrogar al paciente y de derivar del interrogatorio una gran parte de su información con fines de diagnóstico y de tratamiento”.

No es de extrañar que el trabajo con el que ingresó como individuo de número a la Academia Nacional de Medicina –su última obra– haya sido Significado de la queja en la relación del médico con el paciente y del paciente con el médico, que publicó la Universidad Central de Venezuela poco después de su muerte en homenaje a un hombre que dedicó 27 años a la formación de profesionales en los hospitales Vargas y Universitario y que en tan malos términos abandonó la institución.

A quien el país tenía tanto qué agradecer lo sacó de la universidad –a principios de los años setenta– el odio y la ignorancia, pues Benaim Pinto renunció a la Cátedra Clínica y Terapéutica Médica y a su cargo de jefe del Servicio de Medicina I del Hospital Universitario cuando un grupo de estudiantes que protestaban lo acusó de judío. Posteriormente, los asistentes al Primer Congreso de Medicina Interna, encabezados por Blas Bruni Celli –entonces ministro de Sanidad y Asistencia Social–, le pidieron que volviera a la institución y a la docencia. Nunca lo hizo.

Poco menos de una década atrás Benaim Pinto había publicado una larga carta en El Nacional, refiriéndose a los ataques en contra de la Embajada de Israel en Caracas y de los colegios Moral y Luces y Hebraica, que recibieron ráfagas de metralla, así como niples y bombas, en distintas noches de octubre de 1964: “La falacia racial ha sido destruida por la ciencia moderna y es inaceptable por la Moral y la Religión. No existen superioridades que puedan basarse en ella; todos los hombres son respetables y tienen similares potenciales de desarrollo. Cada hombre es una circunstancia única, no reproducible en el tiempo y a la vez función de todo lo que los otros hombres han sido y son. Cada hombre encierra en sí el misterio de la vida y encarna lo que constituyen los valores supremos de la Humanidad”.