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Francia Natera (1923-2012)

Francia Natera

Francia Natera

En 1945 Natera se trasladó a Caracas, para trabajar de manera directa con El Nacional

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Un par de caimanes propiciaron uno de los primeros contactos de Francia Natera con El Nacional, contaba en su blog su amiga y colega –también fallecida– Isa Dobles.

Natera, nacida en El Callao, estado Bolívar, contaba 20 años de edad en 1943, cuando el entonces director del diario, Antonio Arráiz, visitó Ciudad Bolívar, en busca de periodistas de provincia, y la invitó a colaborar con el periódico.

Una de las primeras notas que envió –le contó una de sus hermanas a Dobles– fue una que refería la historia de una familia del lugar que empezó a cobrar un medio a quienes quisieran ver a la pareja de caimanes que había encontrado refugio en su casa, para la época inundada, producto de las repetidas crecidas que experimentó ese año el río Orinoco.

En 1945 Natera se trasladó a Caracas, para trabajar de manera directa con El Nacional. Una de las precursoras del periodismo de calle, formó parte de la primera promoción de egresados de la Escuela de Comunicación Social de la UCV, junto con María Teresa Castillo y Miguel Otero Silva, con quien compartía la columna “Entérese usted”. Los integrantes de la Promoción Leoncio Martínez obtuvieron sus títulos como “periodistas titulares” el 28 de julio de 1949, después de culminar estudios de dos años, y antes de que Pérez Jiménez clausurara la Escuela de Periodismo, que continuó cerrada hasta la caída del régimen.

Natera escribió para muchas fuentes y se convirtió en una de las cronistas más célebres del rotativo. El 10 de mayo de 1956 publicó en El Nacional un reportaje por el 25º aniversario del Ateneo de Caracas, en el que contaba que la institución nació gracias a una mascarilla de Beethoven que le trajeron de Alemania a María Luisa Escobar, quien con un grupo de amigos músicos con los que solía organizar veladas en su casa –entre los que se contaba Pedro Antonio Ríos Reyna–  decidió que necesitaba un sitio para rendirle homenaje al precioso objeto, que durante muchos años presidió la reuniones de la institución.

“Fundado en la época de Gómez, el Ateneo siempre fue respetado a pesar de que nunca –como repite hoy María Luisa Escobar– se le dieron allí homenajes a Gómez.

–Sí salieron algunos personajes presos del Ateneo, pero jamás se metieron con la institución.

En 1936, muerto el Dictador, el Ateneo preparaba una exposición de pintura. La casa de Marrón colindaba con la de Eustoquio Gómez, que fue incendiada a medianoche.

A María Luisa Escobar fueron a llamarla para decirle que el Ateneo se quemaba. Cuando llegó al sitio, la compositora lloró de emoción:

–El pueblo había derribado una pared para aislar el Ateneo de la casa de Eustoquio. ¡Los cuadros que allí se encontraban estaban salvados!”, contaba la reportera en la nota.

Anos más tarde Natera fue nombrada jefa de prensa de La Casona, durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez. Entonces visitó Venezuela –por primera y única vez– la princesa Margarita de Inglaterra, a quien la periodista había tenido la oportunidad de conocer 20 años atrás, cuando fue enviada por la Casa Real en un viaje oficial para otorgar la libertad a las colonias del Caribe. En las crónicas que Natera escribió de la experiencia describía a la princesa como hermosa, elegante y simpática. Mientras estuvo en Caracas, sin embargo, dejó otra impresión a quienes tuvieron la oportunidad de compartir con ella. “Yo me maté, con la jefa de banquetes de La Casona –contó después la periodista–, para organizar un almuerzo regio, que incluía lo más refinado de la cocina criolla… pero la princesa despreció todo: en vez de probar bocado, se limitó a tomar, uno tras otro y sin parar, un mar de gin tonic. Cada vez que le pasaban una bandeja, decía: ‘No. Thank you, gin and tonic, please’. Hasta los tequeños los rechazó sin mirarlos. Y no dejaba de fumar. No se parecía en nada a aquella aparición que yo había visto, dos décadas antes, bajar de un avión en Puerto Príncipe. Tenía grandes bolsas debajo de los ojos, estaba hinchada y ensimismada, ni siquiera conversó con nadie. Afrentada, publiqué una crónica en El Nacional que titulé ‘Gin and tonic”.