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Alberto Ravell (desconocida-1960)

Alberto Ravell

Alberto Ravell

Tuvo que trabajar desde niño, apremiado por las necesidades económicas que tenía su padre, quien adversaba al gomecismo

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Ni los familiares de Alberto Ravell conocen a ciencia cierta la fecha de su nacimiento, que suele ubicarse en 1901 o 1905. “Eso no se lo digo a nadie –respondía cuando le preguntaban–, porque la humanidad va a pensar en la vejez y yo nunca estaré viejo, ni para el amor ni para la revolución”.

Tuvo que trabajar desde niño, apremiado por las necesidades económicas que tenía su padre, quien adversaba al gomecismo. Empleado de un almacén en Nirgua, el yaracuyano ofreció un discurso un 5 de Julio que lo obligó a huir a Puerto Cabello, donde publicó un periódico de manuscritos que luego se transformó en semanario, dio mítines y fundó la Asociación de Empleados.

A causa del semanario, el adolescente fue enviado al Castillo de Puerto Cabello. Su papá, Federico Ravell, lo acompañó a la barca que lo llevaría hasta el penal. “Muchacho –le dijo su padre–; resiste la cárcel con el mismo valor con que fundaste el periódico”.

El día en que llegó al castillo fue el mismo en que usó pantalones largos por primera vez. “Cuando lo mandaron a caminar con los grillos puestos –de casi 30 kilos–, se salió de ellos, porque tenía los pies muy pequeños. Tuvieron que remachárselos con fuego”, contaba uno de sus amigos. Allí pasó un año. Ravell, sin embargo, nunca “escarmentó”: siguió luchando contra la dictadura hasta que fue obligado a salir del país. Pasó una temporada en Colombia y luego viajó a Guatemala, donde en menos de 24 horas también se hizo incómodo para el régimen de José María Orellana y fue forzado a huir, con amenaza de fusilamiento si regresaba.

Retornó a Venezuela y empezó de nuevo a recorrerla, hasta que fue apresado. Pasó 14 años encerrado y con un par de grillos en el Castillo Libertador, hasta el fallecimiento del tirano. Cuando le confirmaron que saldría libre, se acostó en el suelo y rodó hasta las puertas del penal. “Quería ensuciarme con el barro de la libertad”, explicaba. En ese momento el cabello, rubio, le llegaba hasta las rodillas.

Durante el gobierno de Rómulo Gallegos fue nombrado director de Cultura, pero –según sus allegados– el sueldo no lo cobró nunca. Derrocado Gallegos, Ravell volvió a conocer la cárcel y el exilio y no fue sino hasta después del 23 de Enero de 1958 que reaparecieron su programa radial, Por los caminos de Venezuela, y su columna, “Espejo de ciudad”, que publicaba en El Nacional.

Entre sus libros se cuentan Humanidad, Bajo el signo de los bárbaros y Por los caminos de Venezuela. También fue uno de los fundadores del diario El País, así como del noticiero Radio Reloj Continente. Fue constituyente y senador en dos ocasiones.

Cuando murió, muchos asistieron a su velorio, la mayoría gente de bajos recursos a la que de una u otra forma ayudó, contaba en la crónica que escribió para el periódico Carlos Fraser. El día siguiente a su fallecimiento, se publicó un obituario que finalizaba así: “Se fue al encuentro de los descalzos, de los que no tienen mantel, ni camisa dominical, ni almohada blanda. Dio la mano a la prostituta, al niño abandonado, al pordiosero. Llevó la voz de los desposeídos al Congreso. Y combatió por ellos. En El Nacional asoleó los pañales justicieros cuando el diario nació. En la radio fustigó a los poderosos, hasta ayer. Era un eco patente de la conciencia venezolana. Por eso la colectividad lo hizo senador de los sin nada. Hablábamos de Alberto Ravell. Ayer hizo camino hacia la eternidad. El viejo León Tolstói, desde hace mucho tiempo, le esperaba para dialogar”.