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La libertad condicionada a una propina

Manuel Malpica, “Gran señor del tiempo” de Sabana Grande

Manuel Malpica, “Gran señor del tiempo” de Sabana Grande

De jueves a domingo, Manuel Malpica asume en el bulevar de Sábana Grande su papel del “Gran señor del tiempo”: una estatua viviente que, sin inmutarse, ve a la gente pasear esperando una colaboración para poder vivir. Este artista decidió hacer de la falta de libertad de movimientos su forma de sustento

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Son las 12:30 del mediodía y ya han pasado varias horas desde que tomé mi desayuno-almuerzo: un plato de lentejas y arroz a las nueve de la mañana. Luego de ir al baño en la pizzería de mi cuñado, con la ayuda de mi esposa, pongo un banquito y mi maleta frente a la estación del Metro de Sábana Grande. Bajo el inclemente sol de la capital comienzo a sacar los elementos del “Gran señor del tiempo”: el personaje en el que me inmovilizaré por las próximas cinco horas. 

Por ser hijo del actor cómico Manuel Malpica, “Semillita”, fundador de Radio Rochela, mis dotes artísticas salieron a relucir en Sábado Sensacional en los tiempos de Amador Bendayán, hacia 1976, cuando hice un doblaje de Pedro Fernández. Desde allí se me abrieron las puertas en el mundo actoral. En Venevisión hice una novela llamada “Eternamente tuya”, protagonizada por Alba Roversi y Eduardo Serrano. 

Recorrí Radio Rochela junto a mi papá con el personaje de Pillín, estuve en “Cheverísimo” e incluso visité TVES. Después de un gran debut, ya no quedaban puertas abiertas y los espacios infantiles en la televisión nacional se habían convertido en un montón de cintas grabadas.

Desde pequeño me divertía entrar a las tiendas, subirme a las vitrinas y quedarme quieto como un maniquí. Más de uno se llevaba un susto cuando me movía. Cuando crecí, y no hubo ninguna cámara que apuntara al carismático Pillín, los eventos privados comenzaron a ser los protagonistas de mi vida.

Saco mis utensilios de la maleta, el reloj y el traje. La gente que pasa caminando por el boulevard no me quita la vista de encima mientras yo dejo a Manuel Malpica debajo de una brillante pintura plateada. Mi esposa, Marlene Núñez, mientras come un arroz con pollo recién calentado, me acerca el agua de vez en cuando, porque después de que mi cara esté cubierta totalmente por el líquido brillante, no puedo abrir la boca de nuevo.

Estudié Turismo y me gradué en el año 1993, pero mis deseos e ilusiones de un país mejor con una visión futurista se quedaron en los pupitres que hice a un lado, para que el arte y el espectáculo fueran el Norte y el centro de mi vida. Cada mes debo pedir un permiso en el control urbano para poder pararme en Sábana Grande. Ojalá algún día el arte pueda ser libre y no se limite el espacio.

Luego de ponerme el llamativo pantalón plateado y la particular camisa del mismo tono, es difícil pasar desapercibido a las miradas curiosas. La libertad de moverme es relativa; depende de una colaboración o de una sonrisa. Quizás si a alguien le gusta el personaje puedo moverme con un gracioso silbido para corresponder el gesto. No tomo agua y muy pocas veces voy al baño; es difícil entrar a algún local vestido del “Gran señor del tiempo”.  

Mi esposa coloca religiosamente dos bancos rosados y una funda negra encima para simular una tarima, y ahí me quedo parado cinco horas en las que puedo conseguir alrededor de Bs 700, que no me alcanzan para una casa o un carro, pero con los que puedo vivir bien. Entonces de jueves a domingo la libertad de moverme dependerá de ti, de tu colaboración o de tu sonrisa.

Al final, la libertad es hacer lo que tú deseas de corazón respetando al otro. Aunque hayan críticas, debes ser tú mismo, siempre.