• Caracas (Venezuela)

Aníbal Romero

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La crisis ideológica de la izquierda occidental

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Marx y Engels cometieron palpables errores al formular sus tesis económicas y políticas. Sin embargo, resulta innegable que algunos aspectos de su análisis acerca de la dinámica evolutiva del capitalismo son incisivos y se caracterizan por su lucidez y visión. Quisiera especialmente destacar los planteamientos del Manifiesto comunista (1848), texto en el que sus autores expusieron el poder revolucionario de un modelo de organización socioeconómico que cubriría el planeta entero, generando un salto gigantesco en la productividad del capital y el trabajo y sembrando por doquier grandes tensiones, que convulsionarían el curso de la historia.

Sigue siendo de provecho leer las páginas en las que Marx y Engels enfatizan el rol de la burguesía en la transformación radical de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, así como el impulso de un sistema económico que se volcaba con inusitada fortaleza hacia el futuro. Ese famoso Manifiesto, brillantemente escrito, recorre en apretada síntesis la historia entera de la humanidad. Pero si bien el texto atina en su dibujo de las contradicciones creadas por el modo de producción capitalista, se equivoca en pronósticos clave. En particular, Marx y Engels fallaron en sus cálculos sobre la durabilidad y capacidad de adaptación del capitalismo,  así como en lo referente a su aptitud para atenuar las luchas entre clases y evitar una pauperización generalizada.

Por otra parte, el desarrollo de los eventos comprobó que la propuesta colectivista de Marx y Engels, así como la utopía final de una sociedad comunista, conducían a la opresión en vez de abrir perspectivas liberadoras. Marx y Engels partieron de una concepción equivocada de la naturaleza humana. Sus ideas eran herederas intelectuales de la Ilustración, repletas decontenidos idealistas a pesar de las reiteradas aseveraciones acerca del supuesto carácter científico de sus teorías económicas. No obstante, y como cualquier lector imparcial de las principales obras de Marx (sobre todo) puede atestiguarlo, se trató de un pensador profundamente aferrado al estudio de los hechos históricos y la sociedad de su tiempo, empeñado en preservar una filosofía materialista que en otra de sus obras resumió así:“El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino por el contrario el ser social es lo que determina su conciencia”.

La fórmula es discutible y Max Weber, entre otros, realizó al respecto densos cuestionamientos. Ahora bien, lo que sí es claro es que los sucesores intelectuales de Marx en un sentido amplio, que incluye a toda la izquierda tanto radical como moderada (socialdemócrata), mantuvieron por largo tiempo un estrecho vínculo con la crítica del capitalismo en diversos planos y ámbitos. Fueron el fin de los experimentos socialistas soviético y chino y la caída del muro de Berlín los acontecimientos que fracturaron ese lazo entre el pensamiento de izquierda y lo que Marx denominó “el ser social”, entendido como sustrato de la historia. A partir de esos hechos, el pensamiento que acá llamo genéricamente de izquierda empezó su deriva desde la realidad socioeconómica hasta la especulación puramente ideológica, sumada al compromiso con causas que hoy se denominan políticamente correctas, uno de cuyos rasgos esenciales es que no ponen en entredicho el capitalismo sino algunas manifestaciones del comportamiento cotidiano en sociedades de consumo avanzadas. La corrección política constituye una nueva ideología, el “progresismo”, que concentra de manera prioritaria la atención de la izquierda en temas referidos a las relaciones entre sexos y razas y a la conducta sexual, por ejemplo, y la separa –con raras excepciones, como el reciente libro de Thomas Piketty– de lo que Marx denominaba la crítica de la economía política.

Tres acotaciones. Primera, no estoy argumentando que los temas y causas mencionados carecen de legitimidad. Ese no es el debate que aquí sugiero. Estoy aseverando que tales temas y causas se colocan más bien en el plano de lo que Marx llamaba la superestructura ideológica. Sostengo a la vez que la izquierda de nuestro tiempo en Occidente no sólo se distancia cada vez más de la crítica al capitalismo, sino que empieza a cuestionar la democracia misma en tanto esta última expresa la reacción de vastos sectores sociales ante la globalización capitalista. En tercer lugar, intento realizar un análisis objetivo. Lo que me interesa es mostrar un fenómeno de relevancia teórica y práctica que tal vez no ha recibido toda la atención que merece.

Ya la izquierda occidental no es socialista sino “progresista”, que es algo diferente. En su deriva desde lo que Marx llamaba la crítica de la economía política al nuevo compromiso con las causas políticamente correctas, la izquierda en Estados Unidos y Europa padece de varios problemas: 1) La pérdida del sentido de las prioridades. Por ejemplo, Barack Obama –un típico representante de la izquierda estadounidense, de lo que en ese país llaman “liberals”– nos asegura que el principal problema de seguridad mundial es el cambio climático, otra de las causas favoritas del progresismo, al tiempo que su país se descose debido al empobrecimiento de las clases medias y de la clase obrera blanca. 2) La pérdida de identidad y la creciente alianza de la izquierda con los sectores tecnocráticos en las sociedades avanzadas. Esto se percibió en el proceso electoral del denominado Brexit. El partido Laborista británico hizo campaña unido en la práctica a los Conservadores de Cameron, y ambos sucumbieron ante la indignación de millones de electores que han sido dejados de lado por el desigual y tumultuoso desarrollo de las nuevas tecnologías. 3) La decadencia de la política y los políticos, que tanto en la izquierda socialdemócrata como en la centro-derecha se funden en un único partido, homogéneamente comprometido con lo que en Italia apodan “buenismo”, es decir, un sentimentalismo tan abstracto como vacío que habría hecho las delicias de ilusos como Rousseau y otros creyentes en la bondad natural del ser humano.

Uno se pregunta cómo puede ser tan miope una izquierda que todavía se sorprende con los resultados del brexit y el ascenso de un Donald Trump, para sólo mencionar dos instancias de las tormentas que ya nos alcanzan o se anuncian. Era inevitable que el abandono del espacio de la lucha propiamente política, la sustitución del análisis por al sentimentalismo, y la ausencia de propuestas ante un rumbo del proceso capitalista que está abriendo tan hondas heridas, condujese al surgimiento de otras fuerzas, ajenas a las banalidades de un progresismo que nada dice a vastos sectores sociales en los que se gesta una verdadera rebelión de las masas. El miedo ante la tempestad empieza a manifestarse en un creciente temor a la democracia, pues como enseñó el brexit, millones se niegan a continuar admitiendo el consenso de las élites globalizadas acerca de lo que presuntamente debería ser el camino hacia adelante. En ese orden de ideas, es de notable interés seguir la discusión posterior a la derrota de las élites británicas, europeas y globales en el brexit, pues la misma indica que en efecto la globalización capitalista y la democracia de masas están chocando cada día con mayor intensidad. En este terreno seguramente se definirán los grandes eventos que nos aguardan.