• Caracas (Venezuela)

Aníbal Romero

Al instante

Mad Max: posapocalipsis

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Seguramente a nadie se le escapa la importancia del cine en la formación de la cultura popular de nuestros días. Por cultura popular entiendo acá el conjunto de percepciones, imágenes y símbolos que en líneas generales y a nivel global dominan, en no poca medida, buena parte de lo que recibimos y vertimos de modo permanente a través de los medios de comunicación. En ese ámbito, desde luego muy amplio, el cine juega un papel relevante, en especial el cine producido en Hollywood y cuyo alcance internacional carece de rivales.

El tema me interesa por distintas razones, y una de ellas tiene que ver con la manera compleja como interactúan lo que, tal vez, son impresiones y convicciones que se van abriendo paso colectivamente, la forma en que tales impresiones y convicciones influyen sobre lo que el cine transmite, y al mismo tiempo el modo en que el cine de su lado impacta y alimenta nuevas imágenes y aspiraciones en el terreno de lo que Jung llamó el “inconsciente colectivo”. ¿Qué viene primero y qué ocurre después? ¿Lo que proyecta el cine o lo que nosotros elaboramos en nuestras mentes y acciones y que a su vez el cine recoge, transforma y nos retorna en sus imágenes?

El asunto tiene una expresión política, entre muchas otras, que puede servir como ejemplo de lo que deseo abordar. ¿Cuántas películas en las que aparece un presidente de color, o afroamericano, produjo y proyectó Hollywood antes de que, de hecho, Barack Obama alcanzase la Presidencia de Estados Unidos? Y en estos tiempos, ¿no hemos visto y seguimos viendo una sucesión de películas en las que una mujer es electa o actúa ya como presidente estadounidense? De hecho, toda una serie de TV abona el campo con una vicepresidenta que anuncia lo que, según parece, va a ocurrir o se quiere que ocurra.

Y este último punto es clave: ¿qué viene en primer término, la gallina o el huevo? ¿Es Hollywood el que nos hace tener la imaginación que tenemos, o es nuestra imaginación, nuestras percepciones, símbolos, prejuicios y convicciones ocultas los que llevan a Hollywood a decir lo que queremos que sea dicho?

Es sensato pensar que hablamos aquí de un proceso combinado, de una interacción de factores, de una influencia mutua entre el cine y la gente que al final confunde los límites y mezcla las vivencias y las ejecutorias.

Motivado en parte por estas reflexiones, y en parte por la sencilla búsqueda de distracción (que al fin y al cabo nos conduce con frecuencia al cine), fui a ver la nueva versión de la conocida saga Mad Max: Furia en la carretera. Había visto las anteriores tres entregas de esta extraña, sombría y en ocasiones desagradable serie de filmes, pero resulta obvio hasta para un mero aficionado al cine, como es mi caso, que en esta cuarta entrega nos enfrentamos a una producción muy avanzada técnicamente, que en medio de las inevitables concesiones a un público masivo presenta una visión de las cosas que no deja de sorprender y ocasionalmente a inquietar.

Lo que de modo más específico me llevó a ver la nueva Mad Max es mi interés por esta interrogante: ¿qué ha llevado y lleva a Hollywood, en particular y acentuadamente en tiempos relativamente recientes, a producir tan elevado número de películas cuyo tema central es fin del mundo tal y como le conocemos, su destrucción total o casi total bien sea por causas naturales o acción humana, a lo que se añaden otros filmes dedicados a vislumbrar un mundo posapocalíptico, en el que reducidos grupos de sobrevivientes luchan de diversas formas y con mayor o menor sensibilidad e inteligencia para preservarse dentro del caos?

Mad Max pertenece al segundo tipo de películas descrito; es decir, relata una historia que ha venido variando en ciertos aspectos a través de sus cuatro entregas, en la cual algunas bandas e individuos, unos “buenos”, otros “malos” y otros estrictamente oportunistas, se empeñan en sobrevivir en una tierra desolada  y casi calcinada, tierra que es el legado de desastres previos que han dejado a la especie humana al borde de la extinción.

¿A qué se debe la obsesión de Hollywood con referencia a estos temas? ¿Hasta qué punto este tipo de filmes ponen de manifiesto elementos cruciales de nuestro “inconsciente colectivo” y qué revelan de los mismos? ¿Es el cine el que se deleita con imaginar nuestra aniquilación o somos nosotros los que, en el fondo de nuestros espíritus, estamos persuadidos de que ese destino es casi inevitable para una especie humana crecientemente sumida en el desconcierto metafísico, y acosada por una tecnología con implicaciones destructivas que huye de nuestras manos?

Mad Max: Furia en la carretera regresa para pisar de nuevo este ya explorado territorio, pero lo hace con cierta originalidad y proponiendo, a diferencia de las anteriores versiones, una especie de puerta de salida, una cierta esperanza para esos restos difusos y abandonados de humanidad, extraviados en su desvalido planeta.

No voy a causar molestia a los lectores relatándoles la trama de un filme que les sugiero vean. Simplemente deseo enfatizar dos aspectos que me resultaron en extremo interesantes, y que podrían ser de utilidad a los espectadores. Por una parte, el modo en que esta película asume la narrativa de lo femenino como un recurso de regeneración y redención ante la anarquía y la desolación imperantes. Por otra parte la presencia, expuesta allí de modo deliberado o no, sin saberlo plenamente o no, de ingredientes de nuestra psique que se enlazan directamente con algunas discusiones de Freud en sus ensayos de metapsicología.

Lo femenino, la presencia de la mujer, de su papel reproductor, nutriente y sembrador de vida es clave en esta película. Se muestra también el debate que me parece existe ahora en el feminismo contemporáneo, en torno ala dirección de la lucha reivindicativa de lo femenino y sus opciones. ¿Se trata de emular la lucha por el poder, como ha tenido lugar usualmente en el universo masculino, o más bien de focalizarse en el papel de lo femenino como simiente de vida? Si vamos a salvarnos (es la pregunta que vi reflejada en la película), ¿lo haremos mediante el poder, que lleva a la muerte, o a través de la regeneración de la vida? Lo que el filme deja claro es que los guionistas, esta vez, pretendieron mirar un poco más allá de las técnicas cinematográficas traducidas a tramas más o menos simplistas.

En cuanto a Freud, confieso que se trata de uno de mis héroes intelectuales, por su suprema audacia como investigador, su coraje a toda prueba y apego a la verdad tal y como honestamente la descubría. Admitido esto, no creo equivocarme del todo al afirmar que en este filme se constatan huellas evidentes de ciertas discusiones de Freud en sus ensayos metapsicológicos, o, dicho más adecuadamente, en sus ensayos de interpretación cultural a través de los hallazgos del psicoanálisis. Me refiero a sus cuatro estudios: Más allá del principio del placer, Tótem y tabú, El porvenir de una ilusión y El malestar en la cultura.

De nuevo insisto: no soy crítico de cine ni psicólogo, sino un espectador que intenta cultivarse. En Mad Max 4 percibí el principio de vida freudiano estrictamente centrado en lo femenino, en tanto que Tánatos, lo tanático o instinto de muerte queda para los hombres, dedicados a matarse a alta velocidad.

De otro lado, la “horda original” de Tótem y tabú, esbozada por supuesto en otras circunstancias, aparece igualmente en Mad Max, con un padre que procura monopolizar a las mujeres de la “tribu” y que al final, como sugiere Freud, es también muerto y despedazado (y quizás devorado) por sus otrora seguidores. También el impulso hacia lo sobrenatural, hacia la plegaria, la tendencia a refugiarnos en alguna manifestación de lo religioso que Freud analiza en El porvenir de una ilusión surgen en esta película, que quizás algunos consideren demasiado pretenciosa pero que yo prefiero interpretar como una intrigante exposición de nuestros temores e intuiciones.

Finalmente, ningún observador agudo perderá de vista la simbología, expuesta con mayor o menor sofisticación en la película, de la leche materna, el agua, y la sumisión de las masas de la “tribu” al jefe, líder o caudillo que controla esos y otros recursos, imponiendo una escasa y frágil superficie de estabilidad y orden mediante la supresión de los instintos de quienes para él laboran, y para quienes la mujer reproductora resulta algo tan inaccesible como mágico.

En fin, ciertamente procuro de alguna forma, y con inocultables limitaciones, seguirle la pista a Hollywood, tarea que no es tan sencilla como luce en ocasiones.