• Caracas (Venezuela)

Aníbal Romero

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Homenaje a Ernesto Mayz Vallenilla

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Me propongo hacer un reconocimiento a Ernesto Mayz Vallenilla, destacado pensador venezolano y universal, fallecido en Caracas el pasado mes de diciembre de 2015. Realizaré el cometido rememorando mis vínculos con una persona a la que mucho estimé, y hacia quien tengo una especial deuda de gratitud, ya que el Dr. Mayz estimuló decisivamente mi interés por la filosofía. Ello sin menoscabo de otros importantes gestos de amistad que recibí de su parte a lo largo del tiempo.

Conocí a Ernesto Mayz Vallenilla a principios de 1969. Tenía 18 años de edad y me preparaba a comenzar, unos meses más tarde, estudios formales de filosofía en la Universidad Central de Venezuela. Un amigo común me llevó a la casa familiar del Dr. Mayz, ubicada en la urbanización Los Dos Caminos. Encontré ese día a un pequeño grupo de gente joven, al que de inmediato me incorporé. Nos reuníamos con nuestro anfitrión las tardes de los sábados para ir de paseo al Ávila, mientras conversábamos sobre diversos temas bajo la tutela intelectual de un hombre al que aprendimos a respetar y admirar. Las excursiones a la montaña terminaban con gratas meriendas, rodeados siempre de la cordialidad y gentileza de la familia.

Debido a mi inmadurez y recalentamiento cerebral en esa época de formación y rupturas, experimenté un desencuentro con el Dr. Mayz, originado por el tono inmoderado de un extenso documento que redacté, cuestionando aspectos de su obra. Estoy seguro de que no fue mi atrevimiento al remitirle un indigerible adefesio de 100 páginas, con seguridad pésimamente hilvanadas, lo que resultó con razón desagradable al Dr. Mayz, ni mucho menos el hecho de que expusiese una crítica a algunas de sus ideas. Fue mía la culpa del agravio, al no haber dejado suficiente espacio para el ejercicio de la mejor voluntad conciliadora de parte de un mentor y un amigo, del que había recibido amabilidad y apoyo.

Estas situaciones ocurren y uno se arrepiente de la torpeza propia. Me pregunto si tal vez estaba demasiado influido en esa etapa de búsquedas por mis lecturas de Herman Hesse, y su admonición según la cual “el que quiere nacer tiene que romper un mundo”. Lo cierto es que en octubre de 1970 el gobierno allanó la UCV, mis estudios de filosofía se vieron truncados, y en 1971, alentado y apoyado por mis padres, fui a estudiar a Inglaterra.

No fue sino al regreso de la Gran Bretaña en 1977 cuando recuperé la honrosa amistad de Ernesto Mayz Vallenilla, ya para esos momentos y por varios años actuando desde su cargo como rector y guía fundamental de la Universidad Simón Bolívar.

Fue un paso clave para mi carrera académica ingresar como profesor en dicha institución, que tantos aportes ha hecho y sigue haciendo, en muy difíciles circunstancias, a la educación superior de la juventud venezolana. Cuando vi el campus de la USB, luego de tan prolongada ausencia del país, quedé maravillado por la belleza del lugar. La impresión fue mayor ya que había tenido ocasión de acompañar numerosas veces al Dr. Mayz, durante extensas visitas a los espacios prácticamente vacíos de Sartenejas, cuando se aceleraban en 1969 los trabajos de acondicionamiento del sitio.

Fue de veras emocionante asistir como invitado del rector al acto inaugural de la institución, en enero de 1970. Tan solo existían para ese momento en Sartenejas unos sobrios galpones, aparte de la hermosísima casa rectoral, edificaciones que bajo la dirección del Dr. Mayz abrieron el camino a la espléndida realidad que hoy puede contemplarse en ese privilegiado valle, rodeado de los árboles y adornado con los magníficos jardines que el rector tanto hizo para sembrar y nutrir.

No conocí los motivos que llevaron al Dr. Mayz a renunciar al rectorado de la USB en 1979, y jamás le pregunté al respecto. Retorné a Inglaterra un par de años más tarde a hacer el doctorado, y mantuve comunicación con el amigo hasta mi segunda vuelta a Venezuela en 1985.

Cometí más adelante el desatino, común entre nuestra intelectualidad, de ingresar a la lucha política, ámbito poco propicio para el desarrollo del espíritu crítico. Lamenté finalmente de manera muy honda que las turbulencias venezolanas me colocasen en una posición distinta a la del Dr. Mayz, a raíz del curso de los eventos que condujeron a la victoria electoral de Hugo Chávez en 1998.

El rector Mayz Vallenilla tuvo la valentía y la dignidad de admitir que se había equivocado, con respecto al respaldo que en algún aciago momento otorgó a ese nefasto personaje, artista del engaño, que fue Hugo Chávez, y tempranamente en 2001 hizo públicos su autocrítica y su repudio al chavismo. Quien no haya cometido errores durante aquellos tiempos fatídicos, que lance la primera piedra.

El rector Mayz llevó a cabo, hasta que sus fuerzas físicas se lo permitieron, la tarea a la que dedicó toda una vida: pensar filosóficamente. De su labor queda el testimonio de un distinguido conjunto de publicaciones, que abarcan desde estudios sobre sus maestros Immanuel Kant, Edmund Husserl y Martin Heidegger, hasta profundas y originales reflexiones sobre el poder y la técnica, incluyendo también numerosos ensayos sobre la universidad, su esencia y su misión, y acerca de los retos y condiciones del filosofar en nuestro espacio y tiempo latinoamericanos.

El Dr. Mayz tuvo la gran oportunidad, que aprovechó con muy exitosos resultados, de llevar a la práctica las consideraciones que por años había dedicado al tema de la enseñanza universitaria, y no cabe duda que la Universidad Simón Bolívar es un legado que le enaltece. Me constan el empeño personal, la dedicación, el infinito amor que Ernesto Mayz Vallenilla entregó a esa obra estupenda que es la institución que hoy existe en el valle de Sartenejas. No olvido que más de una vez le encontré andando por los pasillos de los diversos edificios y en los jardines, revisando personalmente cada detalle, ocupándose de los grandes y pequeños problemas, alentando a todos y cada uno de los miembros de la comunidad a actuar según el ideal de excelencia, respeto y conquista académica que imprimió a la Universidad a la que tanto ofrendó.

A su obra filosófica y al logro inmenso que se llama la USB, es de justicia sumar los méritos del rector Mayz Vallenilla como impulsor de los estudios filosóficos en Venezuela, su decisión de incluir estos estudios a nivel de postgrado en la universidad que tenazmente construyó, y su aporte a la creación por parte de uno de sus más destacados discípulos, el Dr. Alberto Rosales, y de otros colegas, de un Departamento de Filosofía en la USB, así como de la excelente Revista Venezolana de Filosofía.

Somos muchos los que reconocemos con afecto y admiración las realizaciones de Ernesto Mayz Vallenilla, y que rendimos genuino y sentido tributo a su memoria. Fue una persona y un maestro que de verdad merece el calificativo de Venezolano Ilustre.