• Caracas (Venezuela)

Aníbal Romero

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Aníbal Romero

España: el olvido de la historia

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No siempre se aplica la admonición según la cual los pueblos que olvidan su historia se condenan a repetirla, mas hay mucho de cierto en ello. La historia es fuente de enseñanzas, pero, como no se cansa de señalarlo Henry Kissinger, la misma “enseña por analogía, no por identidad”. En modo alguno intento sostener acá que en la España actual se repiten con exactitud determinados procesos ya vistos en el pasado del país, pero ciertamente existen similitudes entre la situación que ahora se perfila y la que precedió el estallido de la guerra civil en 1936.

Indiquemos algunos rasgos de lo que hoy se percibe y que se asemejan a lo vivido en los tiempos inmediatamente anteriores a la guerra civil de 1936-1939: 1) La relativa decadencia de instituciones fundamentales como la monarquía, que se está viendo erosionada por los presuntos delitos de corrupción administrativa de una de las infantas reales y su esposo. 2) La radicalización de sectores de izquierda, que se congregan en el nuevo y vigoroso partido Podemos. 3) El giro hacia posiciones más estridentes por parte de la izquierda socialdemócrata (PSOE), empujada en este caso por la amenaza que representa Podemos. 4) El notorio desprestigio de partidos políticos tradicionales, como el PP y el PSOE, al que cabe sumar el de la élite política de siempre, acorralada por una galopante y turbia corrupción que pareciera envolverlo todo y a todos, con redes que día a día se hacen más espesas y enrevesadas. 5) La ya perceptible reacción de alarma de parte del sector militar, que por ahora reacciona con cautela ante un rumbo que parece amenazar la propia integridad de la nación. 6) El desafío inequívoco y temerario del separatismo, particularmente en Cataluña. 7) La generalizada sensación de que “algo” debe cambiar, de que existe una injusticia larvada en la sociedad que exige ser extirpada, pero que nadie en el fondo define con precisión.

Insisto: las realidades actuales no son exactamente iguales a las que en su momento empujaron a España a una espantosa guerra civil el siglo pasado, y hay que contar con significativas diferencias, entre las que caben destacar los cambios profundos en el contexto internacional. No tenemos en el presente a un Mussolini, un Hitler y un Stalin interviniendo abiertamente en España para apoyar a uno u otro de los diversos bandos que se ubican en la arena política; y esta es, desde luego, solo una de las características propias de nuestro tiempo que conforman un marco global y doméstico distinto al imperante en la Europa en que se desató la Segunda Guerra Mundial.

Habiendo admitido todo esto, me parece sin embargo importante insistir en las analogías históricas como una fuente de aprendizaje social. En tal sentido, considero que el aspecto más resaltante del actual panorama político español, un panorama aún confuso y lleno de nubarrones pero a través del cual pueden observarse algunas tendencias claras, es que por primera vez desde la caída de la dictadura franquista, de la transición a la segunda República y el establecimiento del vigente orden democrático, fuerzas políticas significativas están comenzando a poner en cuestión los pactos constitucionales básicos que han dado forma por más de tres décadas al orden de convivencia de la nación.

En otras palabras, el independentismo catalán y el avance de Podemos, entre otros aspectos, no son meras novedades que procuran innovar el sistema mediante reformas limitadas pero preservando el basamento fundacional del orden, sino desafíos revolucionarios en cuanto se trata de aspiraciones radicales, que van a la raíz y cuyo eventual éxito transformaría a fondo el entramado institucional del país. Y, para mencionar de nuevo a Kissinger, si bien pocas cosas son tan difíciles como identificar, a tiempo, a un verdadero revolucionario, pues por definición si ello fuese algo fácil las fuerzas del status le detendrían, nada es tan importante para la supervivencia de un orden político democrático. El caso de Hugo Chávez en Venezuela es un ejemplo muy revelador, aunque trágico para el país, de lo que puede significar para un orden político establecido equivocarse con respecto a la naturaleza de un enemigo mortal, que oculta así sea a medias su verdadera identidad de modo de llegar al poder sin obstáculos insalvables, para desde allí llevar a cabo sus genuinos propósitos.

En España ya se observa a empresarios, medios de comunicación, intelectuales y partidos como el PSOE que procuran de un modo u otro coquetear con Podemos y su líder, el habilidoso Pablo Iglesias, o que se sienten desconcertados ante el reto que estos encarnan, duplicando de ese modo lo ocurrido en Venezuela entre 1992 y 1998 cuando no pocos factores y miembros del status se convencieron de que Chávez era manipulable, que no representaba sino una “bocanada de aire fresco” para renovar un sistema en necesidad de oxígeno, y que el rumbo a seguir era cobijarle y ayudarle a conquistar el poder, para luego servirse del caudillo militar.

No cesan de impresionarme los puntos de contacto entre lo que empieza a percibirse en España y lo ocurrido en Venezuela con Chávez. Por desgracia, también en España los partidos políticos tradicionales y buen número de sus connotados dirigentes han experimentado un proceso de profundo deterioro en sus imágenes públicas. No me cabe duda de que en gran medida esa erosión se justifica, debido a la corrupción, incompetencia y arrogancia que han caracterizado la conducta de instituciones e individuos clave en años recientes. Como resultado de todo esto los medios de comunicación, aguijoneados por la palpable indignación de la ciudadanía, están haciendo lo suyo para resaltar el lado más oscuro de la política y los políticos. De hecho, la tarea de la política como tal y la imagen de los políticos en general son hoy blancos para el escarnio, el menosprecio y el abandono por parte de la gente y en particular de las generaciones jóvenes, que dejan así el terreno libre a los experimentos demagógicos de Podemos y el separatismo catalán.

Por desgracia, la actitud de influyentes políticos deja tanto que desear que uno a veces se ve tentado a esperar lo peor. No es solamente la cuestión de la corrupción la que suscita rabia, sino también la arrogancia de personas como –para citar un caso– Rodríguez Zapatero, uno de los principales culpables de la deriva populista en que se desliza España y quien, no obstante, aparece con frecuencia por allí mostrando su cínica y detestable sonrisita, como si lo que hoy ocurre nada tuviese que ver con él y estuviese pasando en otro planeta. Tampoco Rajoy, presidente del gobierno, ha respondido con la claridad, contundencia y firmeza que reclaman las abrumadoras evidencias de corrupción en su partido, el brutal desacato a la Constitución que a diario realizan los independentistas catalanes, y la absurda demagogia de Podemos. Una cierta pasividad, reacciones tardías e insuficientes, y un ánimo oscuro, manipulativo y desalentador emanan de Rajoy, como el aire desde un ventilador encendido.

En días recientes Podemos presentó en público el primer esbozo de su presunto programa económico, una típica mezcolanza de vaguedades y quimeras generadas por la mentalidad anticapitalista, el resentimiento y la vocación utópica de la izquierda radical (y de la no tan radical) en nuestros días. Es imposible saber, por los momentos, si un porcentaje mayoritario del electorado español se tragará el anzuelo que acabará por arruinarle, o quizás algo peor. Lo que sí cabe resaltar es que ya el PSOE, angustiado por el ascenso a su izquierda de Podemos, ha comenzado a moverse hacia posiciones más populistas e irresponsables, anunciando su intención de modificar el artículo constitucional 135 que estipula la necesidad de controlar los gastos, equilibrar las cuentas fiscales y moderar el endeudamiento, y contradiciéndose a diario sobre asuntos tan importantes como el separatismo. Vemos aquí, pienso, un síntoma patente de descomposición del sistema, y no meramente de un partido político.

Lo que se observa en España no es exclusivo de ese país. En general, las democracias avanzadas de Occidente están aquejadas por el virus de la creciente debilidad y paulatina claudicación de los políticos y organizaciones comprometidas con la libertad. La complacencia, la arrogancia y el olvido de la historia están haciendo estragos en muchas partes, pero en el caso específico de España la situación se complica debido a la deliberada y persistente distorsión de la historia reciente, de la historia que condujo a la guerra civil y a la dictadura franquista. La predominante “corrección política” transmite a los españoles una versión almibarada de la República anterior a Franco, sin recordar lo que hicieron entonces los anarquistas, los separatistas y los estalinistas, el quiebre institucional, el desorden y la violencia callejera que finalmente forzaron la intervención militar y la guerra civil. Es algo parecido a lo que ha pasado con la caída de Allende en Chile, que nos es mostrada como un hecho monstruoso conducido por ogros y maleantes, y no como la trágica consecuencia del calamitoso desgobierno de la Unidad Popular y su objetivo de transformar radicalmente los pactos de convivencia sociales e institucionales que entonces imperaban en Chile.

En España muchos quieren olvidar o distorsionar la historia, pero pareciera que esta desea repetirse para refrescarles la memoria. El pasado tiene un peso y ejerce una influencia sobre el presente, y la España de hoy no es solo su presente y futuro sino también su pasado de convulsiones, inestabilidad, autoritarismo y confrontaciones fratricidas. La tentación del abismo no ha sido conjurada y la irracionalidad no quedó atrás para siempre.