• Caracas (Venezuela)

Aníbal Romero

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Carlos Rangel y el socialismo arcaico

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Como casi siempre, Winston Churchill dio en el blanco al afirmar que “sólo existen dos lugares en los que el socialismo funciona, el cielo donde no es necesario y el infierno donde ya le conocen”. Sin embargo, la quimera de una sociedad ideal pareciera estar profundamente arraigada, y no hay manera de erradicarla de las mentes y sueños de muchos. No importa cuántos reveses históricos se produzcan en nombre de la fantasía, cuántas muertes, desencantos y frustraciones se acumulen a lo largo del rumbo de abyección y ruina que deja a su paso el socialismo; después la utopía renace y reencarna en nuevos tiempos y lugares, generando los mismos desastres y desilusiones.

Ahora bien, conviene distinguir dos versiones de la utopía socialista: de un lado el socialismo que acá llamaré arcaico, y del otro la utopía futurista que, por ejemplo, formularon a grandes trazos Carlos Marx y Federico Engels. El socialismo arcaico, en síntesis, vislumbra el retorno a un paraíso perdido, a una sociedad sencilla, igualitaria y dichosa que alguna vez existió en el pasado pero fue destruida o desviada de su feliz curso por fuerzas malignas.

El mito del socialismo arcaico fue analizado con particular lucidez por Carlos Rangel en su notable libro Del buen salvaje al buen revolucionario, cuya primera edición apareció en librerías hace exactamente cuarenta años. La vigencia de esa obra es quizá mayor ahora que nunca, en especial dentro de la propia Patria venezolana de Rangel, en vista de la renovada fase de socialismo arcaico representada por el régimen que inauguró Hugo Chávez.

Antes de abordar el tema del socialismo arcaico en su ropaje chavista conviene distinguirle de la versión futurista del socialismo, aclarando de paso que acá empleo el término “futurista” de modo puramente descriptivo y sin connotación positiva alguna.

Dada la confusión que rodea el tema del socialismo, se pierden con demasiada frecuencia de vista dos puntos esenciales de la concepción que al respecto sostuvieron Marx y Engels. Para estos autores el socialismo sería, en primer lugar, resultado de una transformación revolucionaria del capitalismo más avanzado. Sería también, en segundo lugar, un rumbo histórico caracterizado por la abundancia y no por la pobreza, por el avance en todos los órdenes de la vida humana y no por el retroceso hasta períodos anteriores del desarrollo colectivo.

De manera pues que lo que aquí denomino socialismo arcaico no es marxista, aunque es también una quimera engañosa y nefasta. Lo que me interesa explorar es la manifestación actual en Venezuela del socialismo arcaico. En tal sentido, tengo claro que la Revolución Bolivariana jamás fue un proyecto ideológico-político caracterizado por su nitidez conceptual. Me queda igualmente claro que el bautizado como “socialismo del siglo XXI” es una amalgama informe de lugares comunes y de basura intelectual, mal ensamblada y peor estructurada.

Por ello mismo no cabe sorprenderse de que su dinámica le haya conducido por las vías del retroceso a una presunta Edad de Oro, al enaltecimiento de la pobreza, al sentimentalismo indigenista, al repudio del legado colonial español, a la victimización anti-imperialista y al empeño por construir la utopía rousseauniana del buen salvaje, en nuestro caso tropical una utopía abanderada por el buen revolucionario latinoamericano.

Ambas figuras mitológicas se complementan. Por una parte el buen salvaje proporciona la imagen a la que se pretende reivindicar; la imagen de un ser humano noble y bueno, carente de egoísmos y entregado abnegadamente al cultivo de la tierra y al pastoreo de sus pequeños rebaños, en solidaridad con comunidades simples y autoabastecidas alejadas de la contaminación y corrupción del mundo moderno. Por otra parte el buen revolucionario aporta la imagen del caudillo heroico, que libera y guía a los pueblos a través del camino de la bondad y la sencilla adopción de un modo de existencia primitivo pero dichoso.

Si bien resulta obvio que el socialismo del siglo XXI ha acabado en un fiasco gigantesco y que nunca fue otra cosa que una pesadilla disfrazada de ideal, el descenso hasta las propuestas de la “agricultura urbana”, a la pretensión de levantar un “Estado comunal” y sustituir las instituciones del Estado moderno por el asambleísmo tumultuario y anárquico de las comunas, toda esa caída libre –repito— evidencia la abrumadora mediocridad e indigencia intelectual de un proceso que avergüenza a Venezuela y los venezolanos.  

Esos calificativos son los que, a mi parecer, mejor revelan la sustancia política e ideológica del sendero por el que Hugo Chávez y sus seguidores empujaron a Venezuela: mediocridad e indigencia intelectual. El hecho de que Chávez y sus secuaces hayan intentado otra vez llevar a cabo un cambio hacia el socialismo no es sorprendente, pues los fracasos del pasado no pesan ni un gramo sobre la vocación y voluntad utópicas de los autodenominados revolucionarios. Lo que tiene interés en el plano de la indagación sociológica y psicológica es que hayan tomado el rumbo del socialismo arcaico, lo cual es muy latinoamericano, en lugar de visualizar alguna senda futurista a la manera marxista tradicional. En esto repitieron la fórmula cubana, también ahogada en un pantano de fracaso.

En su accidentado deambular, dando traspiés y sembrando destrucción, la quimera chavista concluye hoy en hambre, enfermedad, escasez masiva, corrupción, decepción y miseria que asolan y saquean la tierra venezolana como jinetes del Apocalipsis, alentados por una mediocridad e indigencia intelectual que han sido incapaces de crear una sola idea original o de relevancia, a lo largo de estos estériles 17 años.

Karl Popper argumentaba que el sueño socialista renace pues se vincula a pulsiones muy antiguas, pertenecientes a nuestras épocas tribales, cuando las limitaciones de todo tipo llevaban a los seres humanos a congregarse en pequeñas aldeas para sobrevivir. Pero desde hace siglos los individuos hemos aprendido que esas comunidades de cazadores y recolectores, sembrando pequeñas parcelas, imposibilitan la producción a gran escala de bienes y servicios y el sostén material de grupos más amplios, cerrando el paso a cualquier progreso hacia la libertad de las personas así como al equilibrio del poder en sociedades complejas.

A todo esto se añade, como también lo destacó Carlos Rangel en diversos ensayos, el miedo a la libertad que aún pesa sobre nuestros hombros, pues la libertad exige responsabilidad, demanda encararnos con nuestros actos y sus consecuencias y tomar decisiones por nosotros mismos. Para muchos esta tarea es difícil y prefieren refugiarse en el sometimiento a una autoridad externa, que decida y actúe por ellos.

De un modo u otro estos fenómenos sociológicos y psicológicos, que están en la base del socialismo arcaico y también de las utopías del socialismo futurista, han estado y probablemente siguen presentes en el curso histórico labrado por una parte significativa del pueblo venezolano en los tiempos del chavismo. Y es legítimo preguntarse cómo reaccionará finalmente ese pueblo ante el trauma que se le avecina, ante el inocultable hundimiento de la quimera petrolera, y ante el imperativo de hacer frente a la cruda realidad de un doloroso fin de fiesta.