• Caracas (Venezuela)

Ángel Oropeza

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Las únicas tres cosas seguras

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A pesar de la incertidumbre del momento actual venezolano, hay tres cosas que son seguras: una, la situación económica y social se va a poner peor; dos, los venezolanos vamos a sufrir más; y tres, todo lo anterior no necesariamente tendrá consecuencias políticas, y mucho menos significará el fin del gobierno. Vayamos por partes:

1) Desde hace rato, los procesos económicos y sociales se le fueron de las manos al gobierno, y el país está literalmente a la deriva. No sólo somos el único país de la región que decrece económicamente, sino que lo hacemos con la inflación más alta del planeta, el desabastecimiento más severo del hemisferio, y en medio de un endeudamiento brutal que no soporta más alargues.

La insensibilidad y fanatismo de la clase gobernante le hace seguir insistiendo en un modelo demostradamente fracasado. No hay por ningún lado estrategias de crecimiento y productividad, sólo de restricción del consumo para que le quede más plata al gobierno –en el mejor estilo fondomonetarista salvaje– como es el caso de la inefable captahuellas para comprar comida.

El cáncer sin tratamiento no se cura, sólo empeora. La insistencia egoísta del gobierno en aplicar medidas que sólo representan mayor caja para él pero que al mismo tiempo aumentan nuestros graves desequilibrios económicos, lo único que provocará de manera indefectible e inevitable es el agravamiento de la crisis.

2) Lo que nos espera entonces son productos cada vez más caros y más escasos, más pacientes sin tratamiento, más suspensión de intervenciones quirúrgicas por falta de insumos, más empresas y comercios cerrados, más desempleo, menos vehículos y menos repuestos, más colas, menos capacidad adquisitiva del salario, y un aumento del número de familias que no pueden enfrentar sus necesidades más básicas. Lo peor está todavía por venir.

3) Todo lo anterior provocará una mengua progresiva y continuada de la calidad de vida de los venezolanos, y un aumento de sus niveles de molestia, indignación e irritabilidad, como un periodo psicológico previo a una etapa subsiguiente –salvo que logre evitarse– de acostumbramiento y resignación. Pero no necesariamente tendrá un impacto político. Históricamente, el deterioro de las condiciones económicas y sociales no tiene directa u obligatoriamente efectos políticos, salvo que ocurran dos cosas: que la gente asocie claramente sus penurias con los responsables que la generan, y que identifique una alternativa política, distinta a aquella que le explota, que sea creíble, la sienta como cercana y por tanto provoque migrar a ella.

Es por eso que no basta con criticar y denunciar los problemas. El pueblo los conoce porque los sufre a diario. Se trata es de hacernos solidarios con las luchas para superar esos problemas, no de quedarnos en la letanía quejosa de enumerarlos una y otra vez, sin ofrecer cuáles serían nuestras alternativas.

La tarea supone acercarse a quienes padecen la explotación del gobierno, aunque a veces no sean conscientes ni de su situación de expoliación ni de quienes sacan provecho de eso. Proponer soluciones. Explicarles qué y cómo se harían las cosas en caso de un cambio político. Convertir el cambio político en una alternativa seductora, atrayente, que mueva a seguirle.

Ser alternativa pasa por mostrarse como tal. Y eso implica destacar las diferencias de hacer política y de gobernar entre el modelo militarista y el democrático progresista.

A quienes preguntan qué hacer, me atrevo a sugerirles un simple consejo: no siga insultando a los hermanos oficialistas que sufren como usted. No juegue de tonto útil a reforzar la exclusión. No envíe mensajes de que usted sigue siendo el otro, el enemigo, y que el cambio político que usted desea es la peor amenaza para ellos. Porque lo único que va a lograr, más por autodefensa que por convicción, es reforzar sus lazos de identificación con la actual clase política gobernante. Y romper esos lazos es imprescindible para poder avanzar hacia el cambio por el cual luchamos.

@angeloropeza182