• Caracas (Venezuela)

Ángel Oropeza

Al instante

La trampa de las lealtades políticas

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A confesión de partes –dicen los abogados– relevo de pruebas. Y no ha habido confesión más palmaria y reveladora en los últimos días que la que viene realizando el madurocabellismo en actitud mendigante ante sus todavía seguidores, pidiéndoles desesperadamente “lealtad” para con ellos y su desastrosa administración. Este último fin de semana, y por enésima vez, el actual presidente volvió a rogar al pueblo oficialista “confundido” que “no lo abandonen”.

En las democracias populares modernas, los gobiernos existen –por encima de cualquier otra consideración– para manejar los recursos disponibles con miras a resolver las múltiples demandas y necesidades de la población, administrar sus diferencias, y garantizar la paz, la libertad y la justicia para todos. El gobierno está al servicio del pueblo, y nunca al revés. Por el contrario, en las concepciones fascistas de dominación, el Estado-gobierno ocupa la primacía de la pirámide social, y por tanto se sirve de las personas, antes que servirlas a ellas. En los primeros, la gente pide resultados y los gobiernos se esmeran en rendir cuentas. En los segundos, los burócratas les exigen “lealtad” a los ciudadanos, porque se sienten dueños y superiores a ellos.

La trampa de exigir “prelealtades” hacia el establishment gobernante es un intento de eludir la responsabilidad que  realmente importa, que es la de ser ellos leales a su deber de resolver los problemas concretos de la gente. Pero, además, busca alejar el debate político del terreno racional de exigencia de resultados y demanda de obras concretas, y migrarlo engañosamente al campo gaseoso de los afectos intangibles y de las lealtades etéreas. Así, la discusión se aparta de la evaluación y escrutinio del desempeño real del gobierno –tal como ocurre en los sistemas democráticos modernos– y se centra en la cuestión primitiva y típicamente bananera sobre las intenciones de quien gobierna, no importa si su desempeño es deplorable y ruin. 

Los pueblos inteligentes no caen en la trampa de las “lealtades” ciegas a burócratas de turno, porque entienden que la primera lealtad debe ser hacia ellos mismos y sus familias. Por eso la pregunta, de cara al próximo 6-D, no es a quién escojo entre las diferentes tarjetas electorales, sino a quién escojo entre Maduro y yo. Dicho de otra forma, la pregunta es si me conviene que siga el actual estado de caos: delincuencia siempre al acecho, alimentos caros y escasos, salud y educación en el suelo, colas humillantes para conseguir cualquier cosa, empleos de mala calidad, sueldos que no alcanzan, intranquilidad y angustia. No se trata de escoger desde afuera, como quien apuesta externamente en una contienda de boxeo, sino de entender que la decisión tiene implicaciones personales graves. Es escoger entre lo que le conviene más a Maduro y a Cabello, o lo que le conviene más a mi familia.

Una última palabra a los hermanos seguidores del poschavismo, a quienes la actual clase gobiernera busca manipular constantemente con el jueguito de las lealtades, las traiciones y demás ridiculeces. Pocas cosas son tan convenientes para un mal gobierno como que la gente permita convertir la política en un asunto de fe, de afectos prehechos y de lealtades impermeables a la exigencia de resultados. Es el paso buscado de transformar ciudadanos críticos en un rebaño adormecido y manso. Respétense a sí mismos, y no lo permitan.

Los millonarios del gobierno gritan y repiten que aquí lo único que importa son ellos y su placentera vida de poder, corrupción y riqueza. Ruegan lealtad para con sus chequeras, y que nos los abandonen, que ellos están viviendo muy bien. Usted, desde su penuria particular, piense que así no debería ser, que lo importante es usted, es su familia, es el país, y no la fortuna de los mandatarios de turno. Y piense también que el cambio de rumbo está en sus manos. Solo depende de usted, no de los gritos narcisistas e interesados de quienes disfrutan con una crisis que solo les beneficia a ellos.