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Ángel Oropeza

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Ángel Oropeza

El gobierno quiere ser psicólogo

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A pesar de su carácter científico, la psicología todavía tiene para algunas personas una cierta imagen asociada con lo misterioso y oscuro. Más allá del error, esto no tendría mayores consecuencias, salvo por el hecho de que tal imagen falsa es frecuentemente utilizada para fines políticos.

El terreno de lo “mágico” y la superchería es de recurrencia frecuente por parte de demagogos y charlatanes para sus negocios de dominación y engaño. Por eso la conocida fascinación de los explotadores por cierta seudoterminología psicológica, que adaptan a su gusto y terminan transformando en una jerga risible que no tiene nada de ciencia y sí mucho de burla para seducir a los distraídos y cándidos.

La tergiversación y manipulación de la ciencia psicológica ha sido siempre una costumbre de las tiranías. Perón, Pinochet, Somoza y Rios Montt, por nombrar solo cuatro representantes históricos del gorilismo latinoamericano, disfrutaban de calificar como insanos mentales a quienes se les oponían, y con frecuencia encarcelaban a adversarios políticos y defensores de los derechos humanos en instalaciones psiquiátricas que escondían su real función carcelaria.

También Chávez gustaba mucho de despachar la complejidad social recurriendo al expediente de “disociados”, “psicóticos” y “enfermos mentales” para etiquetar a quien no le aplaudiera, o simplemente no compartiera sus puntos de vista. Eran frecuentes sus referencias a la “guerra psicológica” en su contra, típica modalidad de las teorías de las conspiraciones, tan del agrado de las mentalidades primitivas.

En la URSS los que se oponían al gobierno no eran considerados adversarios, sino enfermos mentales. Se les recluía entonces en cárceles psiquiátricas para su “rehabilitación”. No eran presos políticos, sino trastornados. Esta práctica represiva bajo el disfraz de tratamientos psicológicos se hizo también muy frecuente en Cuba. Para el régimen castrista, las actividades de los disidentes obedecen por igual tanto a la manipulación por intereses externos como a su insania mental.

Ahora bien, ¿por qué la fascinación de los militaristas por esta engañosa manipulación de la psicología? Pues, simplemente porque constituye un mecanismo muy sutil de explotación, de justificación de su dominio, y muy útil para poner la culpa de lo que pasa siempre en los otros. No es casualidad que cuando los madurocabellistas –al igual que lo hacía siempre Chávez– tienen obligatoriamente que reconocer que algo falla, la estrategia es adjudicarle la culpa al pueblo, generalmente utilizando jerga seudopsicológica, tales como que “está manipulado” o es “víctima de los laboratorios psicológicos de confusión”. Al final, la jerga sirve para nunca cambiar las políticas de la oligarquía gobernante, pues quienes se le oponen nunca pueden tener la razón, ya que son locos, enfermos o, en el más bondadoso de los casos, víctimas ignorantes de la manipulación psicológica de unos malucos desconocidos.

Uno de los últimos episodios de esta estrategia de psicologización barata lo constituye la referencia de la empresa Hinterlaces al “peligro” que en las próximas elecciones parlamentarias el pueblo castigue al mal gobierno con lo que ellos bautizaron como “voto neurótico” o “voto histérico” (como si, además, neurosis e histeria fuesen conceptos intercambiables). De acuerdo con esta tesis, típica del razonar oficialista, si el voto popular favorece al gobierno, es producto de la madura conciencia del pueblo. Si ese mismo pueblo decide modificar sus lealtades y votar por otra opción, es un “voto neurótico”.

El país está cambiando. Dejemos que los burócratas del gobierno y sus voceros sigan jugando a una seudopsicología cazabobos, y no nos hagamos parte de su decadente show. El pueblo no está ni disociado, ni psicótico, ni es víctima de ninguna guerra psicológica. Lo que ocurrió es que el velo seductor demagógico con el que se tapaba la estrategia militarista de dominación se cayó, cual hoja de parra, y dejó al desnudo su precariedad.