• Caracas (Venezuela)

Andrés Volpe

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Andrés Volpe

Mucho ruido y pocas nueces

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Nicolás preside una dictadura de mucho ruido y pocas nueces. Esta expresión, sacada y traducida arbitrariamente por los modos castellanos desde la obra de William Shakespeare, desnuda al vociferante dictador que, frente a un insipiente grupo de pagados y forzados seguidores en Miraflores, hace una alharaca poco creíble de su poder.

Este triste y debilucho comunista trata de convencerse, por medio de amenazas a Estados Unidos, de que todavía tiene el sartén agarrado por el mango. Nada más trágico que este hombre haciendo el papel de dictador que nadie le toma en serio. ¿De verdad cree que así convence al país de su poder? Incluso resulta dudoso que a estas alturas él se coma su propio cuento. Tan inverosímil es esta estrategia que hay que atribuírselo a otro acto de circo, entre los muchos que el chavismo hace, para banalizar la realidad que aqueja al país.

No importa cuántos discursos haga el dictador mientras los problemas del país sigan presentes. Las colas para comprar alimentos, la subida indetenible del dólar, la disminución del poder adquisitivo del ciudadano, la inseguridad, la violencia institucionalizada, las torturas a los presos políticos, los guisos, los carteles soleados y la destrucción del futuro seguirán allí sacándole el pecho al verbo del monigote, dándole palo a su popularidad, forzándolo a la radicalización, diciéndole que se está quedando solo en su necedad de jugar al totalitarismo.

La verdad es que Nicolás poco poder tiene, porque ya poco apoyo tiene. Esto es cierto si se piensa que el poder es ser obedecido sin amenazar a los demás con el uso de la violencia. De lo contrario, ¿de qué se trata la democracia? Hannah Arendt, filósofa que seguramente se hubiese mofado de esta dictadura tropical, arguye que “políticamente hablando lo cierto es que la pérdida de poder se convierte en una tentación para reemplazar al poder por la violencia”. Nada más certero para estos tiempos en los que la revolución, al haber perdido su legitimidad frente al pueblo, se ha volcado a la violencia.

La dictadura se mantiene en pie gracias al terror que infunde la muerte. Eso es lo único que le queda a Nicolás, ir quitándole la vida a los demás, porque para solventar los problemas del país se ha confesado inútil, exponiendo así su brutalidad. El dictador solo sirve para matar a niños de 14 años que creen en las libertades que él desprecia. La violencia extingue al poder, porque el control que ejerce un criminal a través del cañón es barbarismo, no poder político.

Es así como el dictador se esmera en, de grito en grito, de tiro en tiro, ir infundiendo terror para ocultar, sin éxito alguno, la debilidad que aqueja a su régimen criminal. De seguir así, estará sordo para cuando tenga que escuchar el estallido del espectacular fracaso de la revolución que conduce, porque los problemas reales del país no se solucionan a punta de cañón ni se intimidan con gritos de hombre bruto.