• Caracas (Venezuela)

Andrés Volpe

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El chavismo: de una democracia protagónica a una dictadura de izquierda

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La dictadura que vive hoy en día el país es un producto imprevisto del descontento de la sociedad venezolana con la democracia representativa. Las instituciones creadas mediante un largo proceso de maduración de la democracia en Venezuela fueron finalmente puestas en prácticas y de manera continua luego de la celebración del Pacto de Puntofijo en Caracas. La garantía de celebrar elecciones libres y respetar los resultados, así como el apoyo mutuo entre los partidos para concretar la democracia representativa y liberal, fueron los objetivos principales del acuerdo. Fue un acuerdo civil para una sociedad que se sostendría sobre la civilidad de las instituciones liberales y prometía que una generación había comprendido el carácter esencial de la democracia para el progreso de las naciones.

Desafortunadamente, la democracia representativa fue desvirtuando hacia un sistema de gobierno en el cual las necesidades de la sociedad venezolana, en todos sus sectores, fueron desatendidas. Ello creó la noción de que las instituciones representativas respondían solo a los intereses de las élites gobernantes que naturalmente surgen en sistemas en los cuales la competencia entre los partidos por el poder se debilita y da paso a un duopolio político. Fue esta crisis, argumento que ya está solidificado en el imaginario colectivo venezolano, la que le dio la oportunidad a Hugo Chávez, un outsider del establishment, para presentar su modelo, para aquel entonces, de democracia directa y protagónica.

La propuesta de la democracia directa y protagónica fue la proposición que hacía falta en el escenario político venezolano, ya que se entendía como un mejoramiento de la democracia y no un desviamiento de ella. La idea de llevar la democracia a la gente para que ella misma fuera la que decidiera su propio destino o, menos poéticamente, para que ella misma decidiera sobre las políticas públicas que atenderían sus necesidades más apremiantes, era el sistema que socavaría a las élites que se habían consolidado en el poder. Al menos así iba la narrativa. De hecho, el movimiento hacia la democracia directa y protagónica se alineaba con los académicos de ciencias políticas que argumentaban, y todavía argumentan, en favor de nuevos modos de participación ciudadana ante el supuesto fracaso de la democracia representativa. Como reflejo de ello, son pocos los países democráticos que actualmente no cuentan con sistemas de participación directa, ya que los ciudadanos cada vez exigen más de sus gobiernos y esperan mayores vías de participación auspiciadas por estos.

Fue precisamente este fenómeno de la nueva conceptualización de las formas de participación ciudadana lo que permitió que Chávez fuera visto como un campeón de la democracia latinoamericana. Sobre todo, fue visto de esta manera, al tener un instrumento legal, la Constitución de 1999, que probaba sus intenciones de explorar y profundizar la instauración de la voluntad popular en los procesos de decision-making gubernamentales.

Así empezó, bajo este desiderátum, el desmantelamiento de la democracia representativa en Venezuela por medio del liderazgo de Chávez.  A causa de múltiples razones, pero, unas entre ellas, la debilidad de las instituciones democráticas del Estado venezolano, así como la incapacidad del pueblo de autogobernarse, fue que el gobierno chavista pudo utilizar los mecanismos de participación directa para instaurar una oclocracia. La voluntad popular fue entonces sinónimo de irracionalidad política, esa misma irracionalidad que ha conducido al país al estado deplorable en el que se encuentra. El éxito de Chávez fue, por lo tanto, el de consolidar una muchedumbre, entendida como una unidad de voluntad única, que reflejara en los resultados electorales, mediante mecanismos democráticos, la voluntad del Movimiento V República y, ahora, del Partido Socialista Unido de Venezuela.

Las consecuencias de tal ingeniería política pueden verse claramente.  El diseño chavista está orientado, no al fortalecimiento de la democracia, sino hacia la degradación moral de esta, ya que se ha fomentado la creencia, entre la muchedumbre, de que los esquemas liberales de democracia representativa son obsoletos e incapaces de atender las necesidades reales de los ciudadanos. Por eso, el chavismo promete instituciones participativas que engañan al crear la falsa expectativa de proveer soluciones inmediatas a problemas que requieren de planes especializados para la solución de las verdaderas causas que los ocasionan. La solución de los problemas reales del país no se logra solamente mediante el aumento de la participación ciudadana, ya que pocas veces son las localidades las que tienen las respuestas a los problemas nacionales, por cuanto su capacidad de análisis siempre está condicionada a su propia naturaleza local. Eso sin obviar que, incluso mediante referendos nacionales, la mayoría nacional puede equivocarse al elegir una solución que, por múltiples razones, pudo resultar más atractiva, pero poco eficaz al ser implementada.

Esta narrativa chavista ha fomentado una equivocada fe en las políticas públicas populistas que a largo plazo son insostenibles y, al perecer, empeorarán la condición de los ciudadanos que creen beneficiarse de ellas. La verdad de este argumento es comprobable al evaluar el impacto negativo producido por los esquemas comunales de autogestión, ya que han producido un gasto social abrumador para los escasos resultados arrojados, sin olvidar los fracasos históricos del modelo en otros países del mundo. En otras palabras, la articulación del poder popular para dar respuesta a las necesidades que deben ser resueltas por la administración pública ha resultado en un fracaso rotundo, ya que este supuesto empoderamiento solo ha dejado hambre y más pobreza a su paso.

La consolidación del poder popular ha significado la destrucción de la democracia liberal, independientemente de que sea representativa o directa, para dar paso a una dictadura de izquierda apoyada en una muchedumbre de voluntad única. Allí radica la perversión más cruel de la ingeniería chavista, ya que ha consolidado una dictadura por medio de las instituciones democráticas, dándole la oportunidad de perpetrar la destrucción de una sociedad bajo la bandera de la reivindicación social. El Estado comunal está reemplazando al Estado liberal, trayendo consigo nuevos esquemas de organización social y de concentración del poder, porque si bien es cierto que se predica el empoderamiento de la voluntad popular, el verdadero cometido es el de concentrar todo el poder político en la nueva élite unida bajo la sombra del PSUV.

Debido a esto, no resulta atrevido argumentar, una vez venido el fin del régimen, a favor de una democracia reformulada, en la cual los mecanismos participativos y directos sirvan de contrapeso a los modos representativos y viceversa. Ya que, el desdén hacia la democracia representativa llevó al país hacia una oclocracia que ha desvirtuado en una de las peores dictaduras de la historia, así como, de la misma manera, el estancamiento en un modelo puramente representativo, aparte de ser una vuelta al pasado, no haría justicia a las exigencias democráticas de la sociedad venezolana. Eso sí, la desarticulación del Estado comunal debe ser una prioridad en la política del país, ya que esta grotesca institucionalidad paralela solo ha formado parte de un esquema dirigido hacia el debilitamiento de las estructuras republicanas del Estado liberal y el derrumbe de la democracia como tal.

 

@andresvolpe