• Caracas (Venezuela)

Andrés Volpe

Al instante

Andrés Volpe

El caminante sobre el mar de nubes

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

The gods had condemned Sisyphus

to ceaselessly rolling a rock to the top of a mountain,

whence the stone would fall back of its own weight.

They had thought with some reason that

there is no more dreadful punishment

than futile and hopeless labor.

Albert Camus.

Cualquier ojo desprevenido que se encuentre enfrente de él podrá verlo claramente. Demanda la atención del observador más humilde, porque golpea de frente y fuerte, como los puños del Ávila a cualquier caraqueño que lo ve por primera vez, o al despertar cada mañana, o incluso a aquel extraño que en Caracas alce la vista y vea entonces la presencia del formidable cerro verde eterno que como un coloso nos ha visto vivir y morir y nos sobrevive cada vez. Es él el dueño primigenio del valle sagrado que con fiereza nos castiga y nos ama y se le ha llorado cuanto se le ha tenido que llorar y se le ha vivido cuanto se le ha tenido que vivir. ¿Cómo no vernos reflejados en él?

Pero volvamos al principio, a la pintura que golpea de frente y fuerte para poder ver al hombre que allí se encuentra. Nos da la espalda en su abrigo verde oscuro mientras sujetando un bastón contempla la inmensidad de las Elbsandsteingebirge, las montañas alemanas en Sajonia, y como toda obra de Caspar David Friedrich evoca una simbología esclarecedora atendiendo a la naturaleza del ser humano. El caminante dirige su vista en soledad hacia las montañas que asoman sus picos y siluetas entre un mar de nubes que lo embarga todo, extendiéndose hacia el horizonte infinito. Mira hacia lo profundo del abismo y, dándonos la espalda, nos invita a compartir su identidad y, a través de la metamorfosis, tener sus ojos y sentir el abismo, sentir el soplo cierto del viento en nuestro rostro, en nuestro pecho y extraer de él nuestro espíritu.

Friedrich Nietzsche, en su obra Más allá del bien y del mal, habla como este caminante y dice: “Cuando miras largo tiempo al abismo, el abismo mira también dentro de ti”, y comentario tan abstracto se traduce en la voz múltiple de la infinitud de las opiniones, pero el caminante quiere decir que la identidad es susceptible de ser perdida y por eso el venezolano del siglo pasado se extingue y cambia, porque de tanto mirar al abismo de los recientes años el venezolano se ha vuelto eso, un abismo profundo y ha formado parte de él para disolverse y ya no ser más. ¡Ah, pero es que la frase dicha es antecedida por “quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo”! ¿No se habría convertido Bolívar en un monstruo, tal como lo era Morillo, al decretar la exterminación de la raza de los españoles y canarios del territorio americano? ¿No somos nosotros monstruos también al ser hijos de Bolívar? ¿No nacimos nosotros los venezolanos como vegetación nutrida de la sangre de nuestros enemigos? El venezolano es un monstruo que nace bautizado luego de correr la sangre enemiga. 

De voltearse el caminante y enseñar su rostro nos veríamos reflejados en él y su rostro sería el nuestro, nos veríamos entre el miedo y el aislamiento, porque todos los venezolanos estamos al borde de un abismo contemplándolo y tentándonos a arrojarnos hacia lo profundo, porque ¿cómo pedir el sacrificio de la vida sin estar dispuesto a darla? Mejor la huida y caminar entre las nubes. ¿Qué es el país sino el abismo que nos mira de vuelta?

El historiador venezolano Elías Pino Iturrieta comentó en una charla dada en la plaza Altamira que, ante la crisis político-social en la que se vive diariamente, el individuo ha tornado hacia los libros de historia para encontrar sucesos y patrones que den explicaciones y respuestas, y así poder lograr el entendimiento necesario para vivir una vida en coherencia. Lo que se traduce en que el venezolano mira hacia atrás por primera vez para tratar de esclarecerse a sí mismo, entre los machetes y las montoneras, para encontrar que luego de tantos años de repúblicas y pendejos con delirios napoleónicos seguimos con machete en mano y de alpargatas metidos en la misma montonera, pero con diferentes rostros y diferentes nombres.

Cualquier ojo desprevenido que se encuentre enfrente de El caminante sobre el mar de nubes de Caspar David Friedrich, y que por carambola sea venezolano, podrá ver que el caminante se da media vuelta y, mientras le guiña el ojo junto con un ademán de la mano, lo invita a presenciar el abismo. Asómese para que se vea reflejado en la infinitud de rostros, de sangre, de años, de historia y pueda comprender que la lucha por el concepto “Venezuela” se pierde de vista más allá del horizonte y que la independencia no fue final sino comienzo de la construcción de ese concepto. Solo en el abismo profundo puede contemplarse el concepto de esperanza ciega o resignación consciente, ya que ellos son la consecuencia de entender que el hombre es Sísifo y la vida política consiste en soportar la repetición del trabajo fútil y desesperanzador que demanda la reconstrucción constante de un ideal venezolano.