• Caracas (Venezuela)

Andrés Hoyos

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Andrés Hoyos

Carta a Elías Pino Iturrieta

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Querido Elías:

Revisando por estos días los materiales del Festival Malpensante con la idea de revivirlo en 2015, tu nombre pasó dos o tres veces frente a mis ojos. Viniste a la versión de 2008 y te esforzaste entonces en responder una pregunta irrespetuosa para un historiador de fuste: “¿Es la historia también un asunto de poetas?”.

Sin embargo, no te escribo por eso, sino porque leí la “Carta abierta” que en estos días te dirigió desde prisión Leopoldo López. Te cuento que quedé estupefacto con su idea de convocar una asamblea constituyente en la Venezuela de hoy. Leopoldo es un líder carismático, lo que, como se sabe, con frecuencia quiere decir irreflexivo. ¿Entiende López que al intentar sepultar la Constitución de Chávez está pidiendo simple y llanamente la capitulación del régimen? O sea, los chavistas solo permitirán que se arroje el famoso “librito” de don Hugo a la basura cuando de ellos no quede ni el raspado. Antes lo intentarán todo –y quisiera enfatizar en ese todo– con tal de no ver a su caudillo humillado de semejante manera.

López no parece entender que las constituyentes exitosas se convocan al final de los procesos históricos, cuando un régimen ha sido no solo enterrado, sino velado durante largo tiempo y ha surgido un nuevo bloque hegemónico. En Chile, para poner un ejemplo obvio, todavía rige la Constitución que promulgó Pinochet en 1980, pese a que la Concertación gobernó 20 años, con la breve interrupción de Piñera. Y la recién reelegida Michelle Bachelet, que hizo campaña con la idea de que el país necesitaba dejar atrás el legado del dictador, ya dijo que ni siquiera ella se le mide a convocar una constituyente.

Uno de los problemas de la Constitución colombiana de 1991 fue justamente que se redactó en medio de la crisis brutal desatada por el asesinato de Luis Carlos Galán y demás magnicidios del momento. Sin embargo, las uvas estaban verdes y la Constitución ha resultado inestable y en ocasiones difícil de defender. No por otra razón ha padecido de una constante reformitis que delata sus problemas congénitos. En fin, ya se sabe lo difícil que es escarmentar en piel ajena y la carta de López lo confirma.

Desde lejos uno no entiende la impaciencia de la oposición venezolana. El tiempo les está dando la razón. El precio del petróleo va hacia abajo, lo que en muy corto plazo podría conducir a la quiebra del régimen. Hoy se ve con claridad cuán ridículo era pretender desarrollar una revolución estatista –porque ni siquiera era comunista–, basándose en la expectativa de que el más capitalista de los commodities, el petróleo, iba a tener precios altos para siempre. En semejante contexto la Constitución es lo de menos, pues por más sesgados que sean sus artículos o las interpretaciones que les den, ninguna carta resiste la potencial debacle electoral del partido en el poder. En otras palabras, hay que empezar por ganarles en forma inapelable unas elecciones.

¿Por qué no dejan que sea el propio Maduro, o quien se atreva a reemplazarlo, el que tenga que empezar a revesar los desatinos del chavismo, en vez de intentar un proceso constituyente que casi con seguridad unirá de forma férrea a sus partidarios? No tiene sentido, Elías querido. Incluso hay un peligro: que al unificar el chavismo en defensa de la Constitución de Chávez, simplemente le estén regalando votos para las elecciones parlamentarias que vienen.