• Caracas (Venezuela)

Andrés Guevara

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Dinero malvado

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No es casual que, como en tantas otras cosas, la prédica socialista esté imbuida de contradicciones en torno a la noción del dinero. Nuestro país no es la excepción. En Venezuela parece irradiarse una cultura contraria al dinero y a la creación de riqueza. Pero, al mismo tiempo, ello trae consigo una serie de conductas muy distintas a las que se buscan erradicar.

El guión es conocido. Políticos, intelectuales, profesores e incluso desde los altares se repite una y otra vez que la búsqueda del dinero, el lucro, la ganancia y el beneficio son manifestaciones reprochables de egoísmo y deben ser condenadas. Por el contrario, el ser humano, en aras de la consecución del bien común, debe renunciar a sus propios intereses y contribuir a la sociedad a través del propio sacrificio.

De este modo, un empresario, por ejemplo, debe pensar en los demás antes que en sí mismo. Las ganancias que produzca el empresario deben emplearse para ayudar a los más necesitados y a las personas estimadas como débiles por la sociedad. En caso contrario, el empresario yerra en su cometido y por lo tanto debe sufrir las consecuencias del desprecio y la ignominia.

Asombrosamente, el empresario y, de forma mucho más amplia, cualquier agente económico viola una y otra vez los postulados de los principios éticos colectivistas que, con denodado esfuerzo, la opinión pública intenta imponer en la mente de las personas.

En virtud de que los agentes económicos son rebeldes a la visión altruista del autosacrificio, se procede a ir más allá: regular a través del poder coactivo del Estado la conducta humana para garantizar un comportamiento que sea acorde con los fines ya mencionados del bien común y la paz social.

Secundado por la opinión pública que considera errada la búsqueda del propio beneficio, el Estado emite sin cesar regulaciones en todos los ámbitos de la acción humana. El caso venezolano es emblemático. Sin riesgo a equivocarnos, se pudiera afirmar que prácticamente no existe espacio de la vida humana que no contenga una norma emitida por el Estado que señale cómo debe comportarse el ser humano. Desde normas de conserjería, lineamientos para hacer tatuajes y los días de la semana en que las cantinas de los colegios pueden vender tequeños.

Pareciera que con semejante kilometraje de normas el asunto parece estar resuelto. Si ya existe una regulación que sancione la conducta deleznable, cualquier persona racional debería abstenerse de realizar conductas contrarias a la norma, so pena de incurrir en responsabilidades ante el Estado (amonestación administrativa, multa, prisión).

Sin embargo, la rebeldía ante la regulación persiste. Atónitos, tanto el Estado como la opinión pública lejos están de reconocer su error y se empecinan en reafirmar sus premisas. Al control fallido desarrollado por una regulación se le contrarresta con un control más estricto para normar la conducta al margen de la ley. Control sobre el control, control sobre el control, y así sucesivamente.

¿El resultado? Ya puede imaginarse: a mayor control, mayor incremento de los males que se buscan erradicar, con la consecuente erosión moral y desprecio a las instituciones que permiten la vida en sociedad que ello acarrea.

El socialismo es un terreno fértil para corromper al hombre. A diferencia de lo que sucede en sociedades abiertas y libres, la planificación centralizada de la vida individual a través del Estado –eje fundamental de las ideas socialistas– construye un ambiente en el cual procesos como el mercado negro, el saqueo, la golilla y cualquier conducta que permita el enriquecimiento fácil, van en desmedro de actividades que impliquen esfuerzo, mérito, trabajo basado en reglas claras conocidas por todos y no en el privilegio y la corrupción.  

En este ambiente, adicionalmente, se puede reafirmar un hecho esencial: la gente no renuncia a su apego por el dinero y la riqueza. Al contrario, precisamente porque el socialismo reduce el individuo a la pobreza y a solo preocuparse por su supervivencia, la consecución del dinero –por cualquier fin– se transforma en el alfa y el omega de la existencia. La dignidad se vende no ya por la avaricia y la codicia –males que el socialismo presuntamente enfrenta– sino para paliar, si acaso, el hambre del día.

Ante el escenario propuesto, se hace imperativo reflexionar sobre el papel que tiene la creación de riqueza en nuestras sociedades y las supuestas bondades del socialismo. Si no se cambia nuestra mentalidad en torno a este tema, la crisis que enfrentamos no solo se agravará sino que se extenderá en el tiempo con desastrosas consecuencias para todos.    

Twitter: @AndresFGuevaraB

andresfguevara@yahoo.com