• Caracas (Venezuela)

Andrés Cañizález

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Una travesía de 40 años

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Venezuela iniciaba el año 1975 en medio de “la danza de los millones”. Los ingresos petroleros entre 1973 y 1974, es decir, de un año a otro, se habían triplicado. Teniendo como pivote tal bonanza, el presidente Carlos Andrés Pérez consolidaba su imagen de líder continental. En aquel tiempo llamaba al resto de países latinoamericanos a la unidad regional, pues “desunidos no podremos enfrentar la injusticia de que somos víctimas”. CAP, como se le pasó a conocer, hace 40 años proponía la suspensión de sanciones a Cuba en el seno de la Organización de Estados Americanos (OEA), al tiempo que implementó un plan para el financiamiento de la producción cafetalera centroamericana, con el fin de aliviar el déficit comercial de esas naciones.

Para el lapso comprendido entre enero y septiembre de 1975, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) estableció un precio promedio de 10,12 dólares por barril para el crudo producido entre sus países miembros. La plataforma económica que ello representaba para el país la tradujo el gobierno de entonces en una inédita expansión del Estado a través de las figuras de las corporaciones (empresas estatales), con acción en los más variados sectores. Años más tarde se supo que estas corporaciones fueron verdaderos nidos de corrupción.

Desde la hoy extinta Cámara de Diputados, José Vicente Rangel fustigaba la corrupción, la catalogó de ese “enriquecimiento rápido aprovechando la circunstancial pasantía por el poder”.

El Congreso, por otra parte, sirvió de escenario para decisiones que cambiarían la vida nacional. Un año antes se aprobó la Ley de Nacionalización del Hierro, y en marzo de ese 1975 CAP introdujo la Ley para la Nacionalización del Petróleo, con apoyo unánime del país. En materia agraria se acumulaban fracasos: la zona de Turén, en Portuguesa, producía una tonelada de ajonjolí en 1956, en 1975 la misma se había reducido a la mitad. En nuestro país, antes de la guerra de independencia, había 11 millones de cabezas de ganado bovino, a mitad de la década de los setenta solo llegaba a 8 millones.

Con una política que marcaba clara distancia de Washington, pues Caracas había reestablecido relaciones con La Habana, Venezuela impulsó junto con México la creación del Sistema Económico Latinoamericano (SELA), una entidad que excluía a Estados Unidos y sumaba a Cuba.

En ese 1975, en tanto, en Venezuela se creaba el Consejo Nacional de la Cultura (Conac), con la idea de revertir lo que venía siendo una inversión minúscula y la dispersión de esfuerzos del Estado. Marta Colomina, por su parte, daba a conocer el primer capítulo de La celestina mecánica, con una fuerte crítica al papel de los medios en la representación de la mujer. Este estudio vendría a ser un clásico de la investigación comunicacional venezolana.

En ese contexto, un grupo de profesores y jóvenes profesionales, casi todos vinculados al mundo de la Universidad Católica Andrés Bello y del Centro Pellín (de la Compañía de Jesús), deciden crear un boletín, bastante modesto –aún para la época– y que llaman: Comunicación. Estudios venezolanos de comunicación. Perspectiva crítica y alternativa. 40 años se dicen fácil y rápido, pero, como bien nos recordaba hace unos años Antonio López Ortega, no se trata de poner el acento en el aniversario sino “en la dificultad que supone hacer una revista cultural en la Venezuela contemporánea”.

Con sus cuatro décadas, Comunicación es hoy una consolidada publicación, referencia latinoamericana en comunicación y cultura de masas, inserta en la Fundación Centro Gumilla, otra reconocida obra de los jesuitas en Venezuela. Se inscribe en lo que puede entenderse como un esfuerzo, no solo del equipo que la hace posible –y del cual me honra ser parte–, sino que se puede ubicar en esa tradición, que nos recuerda López Ortega, de una historia contemporánea del país signada por la existencia de revistas culturales. Se trata de una travesía.