• Caracas (Venezuela)

Andrés Cañizález

Al instante

La transición no es una autopista

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Con harta frecuencia se pronuncia la palabra transición en Venezuela, pero pocas veces se detienen en desmenuzar lo que implica realmente dicho proceso. En primer lugar, conviene aclarar que independientemente de la correlación de diputados que salga de las votaciones el 6-D, de cara a conformar una nueva Asamblea Nacional, en Venezuela se activará una transición. El deseo de cambio que manifiesta una mayoría de venezolanos no concluirá con el acto de votar en las elecciones parlamentarias. Al contrario, estamos en presencia –en realidad– de un primer paso dentro de una serie de reajustes y reacomodos en la vida político-institucional del país. Y todo eso no será como dice el dicho: coser y cantar. La transición, en definitiva, no es una autopista en la que se va a alta velocidad y en línea recta, con la vía despejada.

Cuando se revisan experiencias recientes, algunas de ellas en desarrollo como es el caso de Birmania, en realidad las transiciones son procesos sociopolíticos complicados que se asemejan a esa vieja carretera transandina, llena de tramos difíciles, angostos y a veces con curvas que parecen que te van a regresar al punto de origen. En la medida en que las transiciones son producto de la voluntad popular y no del decreto de un líder político, terminan siendo indetenibles, a menos que se les acalle con la fuerza de las armas y la represión como también ha sucedido en la historia reciente de otros países.

Las transiciones no borran de un plumazo al régimen anterior. Quienes vienen ocupando el poder de forma autoritaria, así se ve en la historia de Birmania, por ejemplo, siguen en el juego, no son borrados por completo y en general intentan mantener parcelas de poder. El punto de inflexión es el costo político que tiene la represión para esos regímenes, ya que cuando están consolidados pueden asumir medidas coercitivas y represivas con cierto éxito, pero en la medida en que se erosiona su legitimidad se les hace más difícil mantener un esquema de fuerza. Por ello se abren a acciones que impliquen compartir el poder.

Ya que los que están gobernando no desaparecen por arte de magia, las transiciones implican una alta capacidad de diálogo y negociación. Muchas veces esto ocurre de forma silenciosa, sin que aparezcan en una mesa firmando un tratado de paz las partes, pero tras bambalinas se producen negociaciones y se alcanzan acuerdos en ese reajuste político-institucional que conllevan las transiciones. Las sociedades deben entender que cualquier negociación de poder es una parte esencial de la vida política y que ello es lo deseable, ya que se descarta la opción de las armas, asunto en el cual el sector que no controle las fuerzas armadas suele llevar las de perder.

Las transiciones, si bien son procesos colectivos, ya que el progresivo reajuste del sistema político obedece a la voluntad popular, en general terminan arrojando rostros visibles como protagonistas. Se trata de líderes políticos que tienen capacidad de articular las acciones necesarias para nuclear a los suyos, de sentarse con el otro y tienen un discurso antirrevanchista que cala en la población. Nelson Mandela en Sudáfrica o Aung San Suu Kyi en Birmania son buenos ejemplos de liderazgos con inteligencia emocional, dando respuesta a lo que en cada momento requería el contexto país respectivo.

Las transiciones no se alcanzan solo con un acto de votación. No son asunto de un día. En realidad, estamos ante procesos que se suelen medir por años o incluso décadas. No es fácil, sin duda, pero también son procesos indetenibles, que resultan inevitables, siempre y cuando la respuesta por parte de quienes ejercen el poder no sea acallarlos con la represión. La transición, Venezuela, no es una autopista.