• Caracas (Venezuela)

Andrés Cañizález

Al instante

Las señales que los partidos no vieron

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El tema de la salud de nuestro sistema democrático ha sido abordado, de forma recurrente, en la revista SIC, que edita el Centro Gumilla. Cuando se revisan diferentes años, cambian los matices o énfasis, de acuerdo con el momento histórico, pero hay una línea que perdura en el tiempo. Se trata de la necesidad de que en nuestro país se consolide un modelo políticamente plural, económicamente justo y socialmente incluyente.

Hace casi cuatro décadas, en junio de 1978, en la edición 406 de SIC, el editorial de la revista comenzaba con la siguiente frase, a todas luces categórica: “No estamos seguros de que la realización de elecciones sea síntoma de democracia”. Se habían cumplido dos décadas para el modelo político de 1958 y ese año se celebrarían elecciones presidenciales. La realización de comicios periódicos simbolizaba nuestra vida en democracia. Aquello era insuficiente, y además se llamaba la atención sobre la cooptación del Estado venezolano que habían realizado grandes grupos económicos, surgidos a la sombra del primer gobierno de Carlos Andrés Pérez. En esa década se había entronizado el bipartidismo, con dominio de la guanábana de AD y Copei sobre la vida nacional, y en ese sentido el editorial resaltaba la necesidad de profundizar prácticas democráticas, más allá del voto.

Los 30 años del sistema democrático fueron para SIC, en junio de 1988, motivo de agudos análisis. Era tiempo suficiente para un balance de lo obtenido, y aún se estaba a tiempo para las rectificaciones. En un extenso trabajo de Arturo Sosa, para aquella edición de la revista, se insistía en esta caracterización de la coyuntura venezolana: se asistía al final del ciclo populista-rentista, y se proponía una reorientación, que implicaba una profundización democrática. Entre otros factores, se colocaba en discusión el papel sempiterno de una dirigencia partidista negada a los cambios y a su propia sustitución, el modelo demagógico-populista como única respuesta ante la crisis que se cocinaba al interior de nuestra sociedad en aquellos años. El artículo volvía sobre una reiterada sugerencia, por parte de la publicación en aquella década: la necesidad de ampliar y hacer efectivos los mecanismos para la participación popular en la toma de decisiones, especialmente en materia social. Alertaba SIC que después de un populismo fracasado en Venezuela, y sin válvulas democráticas, podría sobrevenir el autoritarismo.

Más cerca en el tiempo, pero igual de preocupantes para la salud democrática de Venezuela, eran los arreglos electorales, de cara a los comicios en los que finalmente terminaría imponiéndose Hugo Chávez. En una directa reflexión de José Virtuoso, en la edición 605 de SIC, correspondiente a junio de 1998, se criticaba a los dos principales partidos, AD y Copei, que en teoría habían cambiado, pero se trató solo de cosmética. Eso resultaba particularmente grave, la situación requería reinventarse, especialmente estos dos partidos, como canales de acción política para poder responder a una sociedad en crisis. La historia evidencia la improvisación y desconexión con el sentir popular. Copei apoyó primero a Irene Sáez y luego le retiró el apoyo; Luis Alfaro Ucero usó su control de la maquinaria para imponerse como abanderado de AD. Todo parecía reducirse a un asunto de estrategia electoral, cuando en realidad estaban otras cosas en juego. Cuando se acercaron las elecciones y el triunfo de Chávez se hacía inminente, los dos partidos en una suerte de voltereta desesperada, terminarían apoyando a Henrique Salas Römer. El resto de la historia es harto conocida.