• Caracas (Venezuela)

Andrés Cañizález

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20 de mayo: estado de decepción

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Son las 5:00 am, mientras madrugo para poder disfrutar de las dos horas en que el Internet funciona sin fallas (de 5 a 7 de la mañana), y así poder trabajar en lo que suelo hacer de seguimiento informativo y análisis nacional, pienso que este viernes 20 de mayo resulta un buen día para tener una dosis de patria y compartirla con quienes me leen.

Tenía programada para ese día una cita en un banco del Estado, a donde el propio Estado me obliga a ir cada vez que viajo al exterior para poder hacer uso de mis tarjetas de crédito. Este 20 de mayo cuando llegué al banco había una cola gigantesca. Programé una cita para el día en que cobran los “viejitos” su pensión. Es fácil saber cuando los pensionados, en Venezuela, les llega el día de cobrar: hacen largas colas, en algunos casos bajo el sol inclemente (como fue el caso de este 20 de mayo, en Barquisimeto). Me dediqué a interactuar y escuchar lo que se hablaba en la cola.

Escucho la conversación de dos señoras: En el barrio se están robando las bombonas de gas y hasta los bombillos ahorradores. Una ratifica lo que la otra dice: Antenoche me desperté y salí corriendo y pegando gritos al patio, porque había ruido, y yo pensaba que me estaban llevando las bombonas. Pero no, eran unos gatos. Gracias a Dios, concluye la otra. Ahora hasta las bombonas de gas –y los bombillos– son piezas que buscan los malandros.

Detrás de mí una señora aprieta el brazo de su hijo de cinco años. Mascullando le intenta transmitir la impotencia que le embarga: Julio, no tenemos plata ahorita para desayunar, después que salgamos del banco, cuando la abuela cobre la pensión te compro una empanada. El niño de unos mira con resignación la cola que le separa de su desayuno. Son las 9:30 y sólo dos horas después fue que esa señora sin dinero en su cartera pudo ingresar al banco, y –espero– comprarle la empanada a Julio.

Quienes estamos en la cola de un banco, por una u otra razón, no parecemos ser los que estamos en peores condiciones en esta Venezuela. Una señora con dos niños, francamente en harapos, recorre la cola de una punta a otra y nos va diciendo: mis hijos sólo comen mango, no tengo otra cosa que darles. La pobreza les viste de pies a cabeza, la madre y los dos niños tienen cara de estar pasando hambre.

Delante de mí, luego de largo tiempo de espera, una señora habla fuerte, como para que todos escuchen: Tengo 79 años y nunca pensé que en mi vejez me tocaría vivir esto. Por primera vez en mi vida tengo que estar mostrando la cédula y haciendo cola para poder comprar cuatro pendejadas de comida. La señora prosigue, no le habla a nadie en particular, sólo necesita desahogarse: Me acostumbraron desde chiquita a darle café a las visitas, y que yo sepa Venezuela producía café y azúcar, ahora a las visitas sólo se les puede dar agua, no tengo más nada.

Otra señora, un poco más adelante, le dice a la vecina de la cola: Yo gracias a Dios tengo una hija que vive en España y ella cada dos meses me manda las medicinas de la tensión. Aquí –en Venezuela– no se consiguieron más. La otra le responde: Qué bueno que usted tiene esa hija afuera, pero imagínese cómo estamos las que tenemos a todos los muchachos dentro de Venezuela.

Un señor que antes había comentado tener 70 años, el típico que habla fuerte en una cola o en una reunión, dice: Aquí es tiempo de cambiar de presidente, Maduro no dio la talla. En esta cola, frente a un banco del Estado, nadie defiende la opción de que el mandatario prosiga para hacer frente a la crisis. O salimos de Maduro o no nos quedará nada de país, dice. La gente asiente. Esto no se aguanta, remata la señora de 79 años.

Es un viernes 20 de mayo, justo una semana después de que el presidente Maduro anunciara su decreto de estado de excepción, puede ser que exista en el papel tal decreto, pero en realidad en Venezuela lo que está vigente es el estado de decepción.

@infocracia