• Caracas (Venezuela)

Andrés Cañizález

Al instante

¿Y quién dijo que iba a ser fácil?

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Vivimos días difíciles en Venezuela. Diría que son silenciosamente dramáticos. El descontento que recorre el país a lo largo y ancho no tiene eco televisivo, desde la pantalla chica y un importante aparato de propaganda se nos presenta una mentira tras otra. Se viven los últimos días de una era política, pero quienes están en posiciones de poder se aferran tercamente a este. Siempre ha sido así, salvo excepciones.

Nicolás Maduro se muestra confiado en que terminará su mandato en 2019, tan confiado (en su imagen mediática) como la que tenía en noviembre de 2015 cuando aseguraba que los candidatos a diputados de la revolución le darían un “revolcón” a los candidatos “de la derecha”. El revolcón, en verdad lo propinó el voto popular que mayoritariamente envió dos mensajes: rechazo a la gestión de Maduro y un voto de confianza a la unidad opositora. Ambos elementos no conviene perderlos de vista.

El título de este artículo proviene, justamente de un comentario que recibí después del 6 de diciembre, por quien se presenta como analista político. Palabras más palabras menos me aseguró que el chavismo se estaba desmoronando con esta derrota electoral y que ya los aviones estaban listos para sacar a Maduro, Cabello y otros altos jerarcas junto a sus familias. Este analista de panadería me increpaba por mi falta de visión, ya que justamente yo había escrito por aquellos días que el 6-D era apenas un hito (importante sin duda), pero que constituía en verdad solo el primer paso.

Entre papeles conservo igualmente la entrevista que le realizaron a un “intelectual”, quien aseveraba, por allá por 2006, que el chavismo era como una espinilla, solo te la sacas y ya se acabó.

Por mi parte, al contrario de estas visiones simplistas sobre lo que representa el chavismo (en tanto cultura política y en tanto proyecto de poder), desde hace varios años comparto la mirada de Tulio Hernández. Desmontar el chavismo, por vía democrática (no cabe otra opción), será un proceso complejo y seguramente prolongado. No hay, pues, una varita que por arte de magia nos coloque en el poschavismo en el corto plazo.

El 6-D es un hito, pero la lucha democrática venezolana requerirá de otros. Algunos serán electorales; otros, de movilizaciones populares para evidenciar el descontento y presionar por los cambios, otra arista igualmente importante es la presión internacional.

Les invito a que nos coloquemos en abril de 2015, hace exactamente un año. El poder electoral afín al chavismo mantuvo sin fecha definida las elecciones parlamentarias, y hubo que apelar a acciones de diverso calibre, y en variados ámbitos, para que estas elecciones finalmente se convocaran y se realizaran.  Funcionó la presión, y se fijó el calendario. Fueron elecciones sin duda desiguales, dado el claro ventajismo oficial, pero igualmente se triunfó.

La lucha democrática en Venezuela no cesó el 6-D. Al contrario, dejó en claro que el chavismo es hoy una minoría en términos electorales y un pequeño grupo apropiado de las instituciones públicas. Maduro no pondrá espontáneamente su cargo a la orden, no tiene ningún interés en resolver la crisis, solo persigue (junto a su entorno) conservar su actual estatus.

Si alguien pensó que este proceso iba a ser fácil es hora de que entienda que ya el cambio comenzó, pero no es un hecho mágico. Es un proceso que habrá que seguir construyendo. ¿En este momento qué toca? Desde mi punto de vista la tarea es activar los mecanismos que la Constitución prevé, como el referéndum revocatorio.

El Consejo Nacional Electoral (CNE) tampoco actuará diligentemente. El revocatorio solo se activará si de nuevo se repiten las acciones en diversos frentes, que consensuadas apunten a un mismo objetivo: lograr que el gobierno de Nicolás Maduro culmine anticipadamente a través del voto popular. No me cabe la menor duda de que solo en unidad podrá alcanzarse este objetivo.