• Caracas (Venezuela)

Andrés Cañizález

Al instante

El chavismo no ha muerto

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Estamos lejos de que el resultado electoral del 6 de diciembre haya significado el fin del chavismo, como algunos lo plantean. Lo ocurrido en las primeras semanas de este 2016, una vez que se asimiló la clara derrota política, evidencia que tendremos un chavismo aferrado al poder y la continuación de una acción política y discursiva dirigida a su base de apoyo. Hubo un cambio el 6 D, nadie lo duda, pero es solo el inicio de un proceso que puede llevarnos un largo tiempo hasta que se establezcan nuevamente en Venezuela reglas apegadas al Estado de Derecho y a los principios que dicta la propia Constitución.

La victoria de la Mesa de la Unidad Democrática, MUD, en diciembre constituye sin lugar a dudas un hito democrático de envergadura en Venezuela. Pero tendrán que ocurrir otros hitos, tanto electorales como de naturaleza política e institucional, para que efectivamente se logre limitar el manejo de poder que aún conserva el chavismo en nuestro país. El 6-D se reflejó en las urnas una nueva mayoría, sin embargo, discrepo de aquellos que creen que ya todo está hecho. Esa mayoría es por ahora una mayoría electoral, debe transformarse efectivamente en una nueva mayoría política, que sea consistente y comprometida en el mediano y largo plazo con los postulados de cambio que enarboló la MUD.

La acción del chavismo, en estas primeras de cambio, podría jugar a favor de la MUD. Los principales voceros, tales como Nicolás Maduro o Diosdado Cabello, no asumieron su cuota personal en la derrota y, al contrario, su discurso sigue orientado al sector más radical. Ese radicalismo discursivo, que no necesariamente se traduce en acciones políticas, abre juego para que la MUD se consolide como opción, siempre y cuando logre mantener una política de unidad en medio de la diversidad de criterios que hacen vida en su seno.

El chavismo, si nos guiamos por lo que ha ocurrido en los primeros días de enero, le habla a su base de apoyo duro. Es una estrategia, sin duda. Esa base del chavismo resteado representa entre 25% y 30% de los venezolanos que votan, y ello no es nada despreciable, especialmente cuando se ubica esa base de apoyo leal (por las razones que sean) incluso en medio de la más aguda crisis económica que el país ha vivido en décadas. El radicalismo discursivo de la cúpula del PSUV apunta a mantener cohesionado a ese sector aunque sea claramente minoritario en el contexto político actual.

El chavismo controla resortes institucionales y en particular al sistema judicial incluyendo a la todopoderosa Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ). La sola derrota electoral del chavismo el 6-D no implicó, como muchos ingenuamente creían, una desbandada entre quienes encabezan las instituciones y saltos automáticos de talanquera. Pero tampoco puede pasar por debajo de la mesa que el deseo de cambio también está presente en el mundo institucional, pese a la alineación chavista que exhiben los jerarcas. Un ejemplo de ello lo colocó sobre el tapete el jesuita Arturo Sosa cuando puso la lupa en este dato: en aquellas mesas en las que votaron solo militares la ventaja a favor de la MUD fue mayor que la media nacional (70-30).

Entendiendo que el chavismo no ha muerto, pero que está sin duda disminuido, el primer semestre de 2016 será momento clave para que la MUD defina estrategias. Antes que la salida anticipada de Maduro (obviamente en el marco de lo que plantea la Constitución) creo que la prioridad de reconversión institucional debe apuntar al Tribunal Supremo de Justicia (TSJ). No será fácil y el chavismo puede jugar duro, como lo acaba de demostrar con el caso de los diputados de la MUD del estado Amazonas, pero reconstituir al TSJ apegándose a la norma constitucional será un paso crucial para desmontar el poder chavista que pervive pese a la derrota electoral del 6-D.