• Caracas (Venezuela)

Andrés Cañizález

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La caricatura y el poder

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Lo digo directamente: es herencia de Hugo Chávez o resultado intrínseco de su mala gestión el desastre que se vive en el sector salud. No lo digo yo, solamente lo dice mucha gente y se escribe en diversos periódicos. Incluso algunos medios audiovisuales, solo algunos, hasta muestran imágenes de la tragedia nacional que se vive en hospitales públicos y también clínicas privadas. Escribo esto y con seguridad no causa escozor, no revuelve conciencias. La vida sigue. Muy diferente es cuando una caricatura, como la de Rayma, sintetiza en una imagen cómo el sector salud está en coma y eso lleve la firma del comandante Chávez.

La caricatura ha sido censurada históricamente. En Venezuela precisamente a los caricaturistas se les persiguió y encarceló con saña en el siglo XX. En este siglo se les censura, se les calla. O deberíamos decir se les intenta acallar. La constitución de redes sociales, teniendo como plataforma Internet, permiten que finalmente el mensaje se difunda. Pero en el fondo la lógica sigue siendo la misma, el poder puede tolerar la crítica escrita, pero no cuando la crítica se representa en una caricatura, cuando se caricaturiza al poder.

Una de las primeras señales que dio Hugo Chávez de que no iba a tolerar la crítica fue por allá por el año 2000. En una cadena nacional increpó al maestro Zapata: “¿Cuánto te pagaron, Zapata?”, le preguntó Chávez. El hombre de poder no concebía que la opinión del caricaturista fuese propia, sino que había sido comprada.

Zapata, Rayma o Edo así como tantos caricaturistas venezolanos no solo no tienen precio, y lo vienen demostrando con creces, sino que en verdad se conectan con la tradición venezolana en su campo. La caricatura es una suerte de contrapoder y no porque el caricaturista posea riquezas o domine al Estado; tiene el poder –enorme, por cierto– de caricaturizar, de ridiculizar, a aquellos que sí ejercen el poder. El hombre de poder se asume en un estrado diferente, ajeno o a salvo de la crítica pública. Y la caricatura no solo lo hace terrenal, sino que lo cuestiona de tú a tú. Por eso, desde mi punto de vista, a los caricaturistas siempre se les condena o se les censura, especialmente en los régimenes que se pretenden absolutos, eternos.

La salida de Rayma del diario El Universal, previa censura sobre su trabajo, evidencia al menos dos cosas. Este periódico, quien sea que lo haya comprado, fue comprado para no molestar al poder. Por esa razón, en primera instancia se enfilaron las acciones para vaciar las páginas de opinión de aquellos puntos de vista incómodos. La caricaturista, sin duda, simbolizaba esta opinión que incomodaba al poder, en la medida en que podía ridiculizarlo. Sale Rayma y quien sea que ocupe su lugar en las páginas de El Universal entrará sabiendo que no puede molestar al poder.

La segunda cosa que evidencia este despido de Rayma es que reina la autocensura. Como suele suceder, censurar un contenido potencia el mensaje que se iba a dar. Pasa a ser emblema de protestas, como se ve en algunos lugares; da la vuelta al mundo como le está dando. La caricatura ya deja de ser una más para pasar a ser un símbolo contra el autoritarismo.

@infocracia